[*ElPaso}– Miguel el de Angelina.

Carlos M. Padrón

A decir de mi hija Elena, la psicóloga, en El Paso pocos tienen identidad propia, pues la mayoría de las personas “son” de alguien, ya que abundan los nombres como Pancho el de Tajuya, Pepe el de la Exclusiva, Luisa la del Morro, Fernando el de Avelina, Toto el de Carmelina, Juan José el de Benigno, etc.

Creo que la explicación a esta curiosa costumbre nominativa es que, por muchos años, El Paso fue un pueblo de unos 4 mil habitantes, y ubicado, por no decir que aislado, en todo el centro de la mitad del medio de la isla de La Palma. Por lógica, la mayoría de los matrimonios eran entre vecinos del pueblo (lo cual podría servir tal vez para explicar el origen y alto índice de cierto tipo de mortalidad que viene ocurriendo allí desde hace años).

Por igual motivo, los pocos apellidos se multiplicaron y se tornaron repetitivos haciendo que su uso sirviera de poco para identificar a quienes los llevaban, y así, decir Antonio Martín resultaba mucho menos preciso que decir Toto el de Carmelina, pues éste era sólo uno mientras que Antonio Martín había varios.

Ese aislamiento contribuyó también a la formación de un léxico muy particular que ha caído en desuso y resulta ininteligible para los miembros de la generación actual, razón por la cual he decidido rescatarlo en lo posible y tal vez lo publique algún día.

También podría yo publicar algo de la biografía de Don Pedro Castillo —considerado el maestro por excelencia de El Paso— y del proceso de obtención de la seda natural, proceso que casi cae en el campo de lo fascinante. En uno de los pasos de tal proceso aparece una pequeña mariposa a la que, al igual que a las llamadas “de luz”, a los abejorros o a todo animalito volador de pequeño tamaño con cuerpo en forma de fuselaje de avión y con dos alas, los “magos” —léase campesinos incultos— llamaban ‘barboleto’.

El lector se preguntará cuál es la relación entre los nombres con “de”, Don Pedro Castillo y las pequeñas mariposas llamadas barboletos en léxico pasense. Allá voy.

En la escuela de Don Pedro Castillo, única existente para la época, se enseñaba a leer usando un silabario, o sea, un libro o cartilla en la que aparecía, por ejemplo, la figura de un martillo y debajo de ella su nombre descompuesto en sílabas, así:

(Figura de un martillo)
M-A-R: Mar
T-I….. : ti
L-L-O.: llo
MARTILLO

En presencia del profesor, en un caso como el del ejemplo el alumno debía mirar primero la figura y leer luego las cuatro líneas asegurándose de pronunciar correctamente la palabra de la línea final que correspondía al nombre de la figura que encabezaba la página.

Miguel el de Angelina, siendo apenas un muchacho, asistía a la escuela de Don Pedro Castillo y estaba aprendiendo a leer, pero entre las virtudes de Don Pedro no estaba la paciencia, y entre las de Miguel no estaba la lucidez mental, y este cóctel hizo explosión el día que Don Pedro le puso a Miguel, ante toda la clase, un examen personal de lectura.

Le presentó una página del silabario en la que se veía muy clara la figura de una hermosa mariposa, y debajo,

M-A; Ma
R-I..: ri
P-O.: po
S-A.: sa
MARIPOSA

Miguel leyó correctamente las cuatro primeras líneas, pero al llegar a la final, y a pesar de que en ella estaba escrito Mariposa, dijo BARBOLETO, pues ése era, para él, el nombre del animal que representaba la figura en la cabeza de la página.

La explosión de Don Pedro, maestro de los que aplicaba la regla de que “la letra, con sangre entra”, fue, como diríamos hoy, “de película”.

***

Estando ya Miguel en sus veintes, pasó por su casa Ramón, un vecino, que iba camino a otro barrio, y fue abordado por Angelina, la madre de Miguel, mientras éste, armado de unas largas tenazas de madera, arrancaba los tunos maduros que había en una tunera frente a la casa, y que era cuidada con mucho mimo. (Para quienes no sepan a qué llamamos en Canarias tunera y tunos —los frutos de la tunera—, adjunto foto).

Angelina le preguntó a Ramón si por fin había asistido a las fiestas de la Bajada de la Virgen, celebradas la semana anterior en Santa Cruz de La Palma y a las que Ramón había ido a pie atravesando la llamada Cumbre Nueva. A la respuesta afirmativa de Ramón siguió la pregunta de qué había encontrado de nuevo, a lo que, con toda segunda intención, Ramón respondió que muchas “flores de camino”, un eufemismo para excremento por deposiciones humanas, pues, a falta de baños, los caminantes hacían sus necesidades a la orilla del camino.

La carcajada de Angelina no se hizo esperar, y eso desató la curiosidad de Miguel que, haciendo un alto en su tarea, pregunto intrigado: “¿Qué son flores de camino?”.

Ante tal pregunta, tonta por demás en opinión de Angelina, ésta se rió aún más y le respondió “Mierda, Miguel”, lo cual desató las iras de Miguel, que se consideró insultado —pues ‘mierda’ era una respuesta grosera habitual a preguntas indiscretas a las que uno no quería contestar—, y enarbolando las tenazas la emprendió a golpes contra las tuneras llenas de frutos mientras gritaba “¡O me dices qué son flores de camino o te destrozo las tuneras!”.

Desesperada, Angelina gritaba una y otra vez, “¡¡Mierda, Miguel, mieeeerda!!” pero sólo conseguía que Miguel, como un Don Quijote contra los molinos de viento, arremetiera cada vez con más denuedo contra las preciadas tuneras.

***

Creo que fue el año 1989 cuando, de regreso a Venezuela después de terminar un trabajo en Londres, hice escala en Canarias y me fui a El Paso unos días. En mi obligado —y por demás agradable— tour de visitas incluí una a Angelina y Miguel, para entonces ya sesentón.

Cuando llegué a la puerta de su casa eran las 2 de la tarde de un día tan radiante que la luz casi hería los ojos, y el sol simplemente quemaba.

A esa hora y bajo tales condiciones, los más de los vecinos estaban haciendo siesta. Con el puño di tres golpes en la puerta, a medias entreabierta, de la casa de Angelina, y al rato oí ruido de pasos que se acercaban. Una mano abrió completamente la puerta y ante mí apareció Miguel —torso desnudo, descalzo y una toalla al hombro—, que se quedó mirándome con cara de póquer y sin decir palabra.

Yo, parado frente a la puerta en actitud muy formal, adrede guardé silencio por unos segundos enfrentando su mirada, y luego, con tono muy seco, le dije:

—¡Buenas noches!

Miguel no se inmutó. Siguió allí parado, mirándome inexpresivo, mudo y sin siquiera pestañear.

Angelina, que sí estaba haciendo la siesta, lógicamente preocupada porque después de escuchar los golpes en su puerta no oyó nada más, gritó desde su cama:

—¡Migueeel, ¿quién está ahí?!

Y Miguel, sin dejar de mirarme ni alterar su posición ni su actitud, contestó:

—Aquí hay un hombre que dice ‘buenas noches’.

—¿¡Cómo que buenas noches, Miguel, si son las dos de la tarde!?—fue la airada respuesta de Angelina, dicha con retintín de fastidio.

De inmediato escuché unos pasos apresurados y a los pocos segundos se presentó Angelina, que al verme puso cara de pascuas, me dio un gran abrazo y luego, volviéndose a Miguel, que había contemplado la escena sin acusar cambio alguno, le dijo en tono de reprimenda:

—Pero, ¿¡tú eres bobo!? ¿¡No ves que éste es Carlos Padrón!?

Y como si eso fuera el desenlace decepcionante de algún enigma, Miguel giró sobre sus talones, y con un sonoro,

—¡¡Déjame ir a lavarme las patas!!

se alejó y dio por cerrada la sesión, acabando así con mis esperanzas de una amena visita.

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