Mi primer amor 47 años después, o la historia de Carlos-Mary
Carlos M. Padrón
En marzo de 1958 fui a aquella librería, en la Plaza Weyler de Santa Cruz de Tenerife, a comprar material de oficina.
Me atendió una muchacha delgada y vivaracha, y tan extrovertida para la época que comenzó a hacerme preguntas. Una de ellas fue si yo sabía qué era la Legión de María. No, yo no sabía.
“Es una organización —me dijo— que se dedica a obras benéficas y a promover el culto a la Virgen María. Yo soy miembro de esa organización y te invito a que asistas a la próxima reunión que será en el Colegio de las Dominicas, tal día a tal hora. Pregunta por mí porque yo te presentaré. Me llamo Nancy”.
Creo que a esa Nancy, cuyo apellido no recuerdo, la vi sólo un par de veces más, pero ella nunca supo, estoy seguro, lo mucho que este encuentro nuestro influyó en mi vida, pues fue uno de esos hechos que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron fugazmente por mi existencia pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible. Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida.
Lo del Colegio de las Dominicas me puso alerta de inmediato, pues sabía que era un colegio femenino, donde yo una vez había ido a visitar a una prima mía, y que, por tanto, en esa reunión de la tal Legión de María tenía que haber muchas jóvenes.
Entusiasmado con la idea, ya que yo estaba empeñado en conseguir novia, se lo dije a mi amigo Tirijo (un nick cariñoso por el que todos lo conocían y aún conocen), éste se lo dijo a su primo Alberto, y los tres nos presentamos el ‘Día D’ en la reunión que en el Colegio de las Dominicas de Santa Cruz de Tenerife celebraba ese grupo de la Legión de María tinerfeña.
Por supuesto, allí estaba Nancy —quien nos sirvió de presentadora a mí y a mis amigos, y me dio las gracias por haberlos llevado a ellos— y había muchas más muchachas, lindas algunas, otras no, pero todas con buena educación para su edad, pues cursaban los últimos años de bachillerato.
Estaban también una tal Rosa y su novio Pedro Quirós. Ambos eran miembros del grupo, y de inmediato procuraron estrechar lazos con nosotros para asegurar nuestra participación, pues en el grupo había muy pocos varones.
La superiora del colegio de las Dominicas, Sor Redención —a quien bauticé “Reden”— se entusiasmó con la presencia de Alberto porque él tenía edad para conducir y permiso legal para hacerlo, y las monjas no disponían en ese momento de un chofer para su camioneta. Pero como con Alberto estábamos Tirijo y yo —ése era el “paquete”—, “contratarlo” a él obligaba a cargar con nosotros, así que todos comenzamos a acompañar al grupo de muchachas, y los domingos íbamos con ellas en la camioneta, conducida por Alberto y vigilados por una monja, a alguna barriada a hacer labor social.
Aproveché esos viajes para estudiarlas en detalle y compartir luego opiniones con Tirijo y Alberto. Ya Alberto había hecho lo propio y le había puesto el ojo a Elena, mientras que yo, siempre atraído por las mujeres blancas, grandes, exuberantes y de cutis limpio y liso, se lo había puesto a Carmensa, un mujerón de rasgos ampulosos, como muestra esta foto, y casi de mi tamaño.

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En diciembre de 1958 la Legión de María anunció que su congreso anual para Tenerife se celebraría el domingo 21 de ese mes en La Laguna. Nosotros decidimos que ése era el día de abordar a nuestras elegidas, y a La Laguna nos fuimos todos. Al menos yo iba dispuesto a salir de allí con una “faiar”, como entre Tirijo y yo llamábamos genéricamente a las candidatas que nos gustaban para novias.
En el salón de la reunión nos las arreglamos para sentarnos en la fila detrás de donde estaban “nuestras” chicas, que siempre andaban juntas. En el receso las abordamos y a partir de ahí ya seguimos con ellas.
Desde el comienzo, Elena dio muestras de mucha madurez, y Carmensa de veleidosa, caprichosa e infantil, lo cual contrastaba con su aspecto, pues aparentaba ser la de más edad y por ello deduje que debía ser también la más madura de carácter.
Rosa y Pedro, que tenían vocación de casamenteros y que desde el primer día se dieron cuenta de nuestras intenciones de romances, viendo que ya habíamos dado el primer paso para materializarlas, se nos unieron, y así, en grupo, seguimos de ahí en adelante.
Al poco tiempo, Alberto y Elena iban viento en popa (de hecho, se casaron años después), y Carmensa y yo peleábamos por algún capricho suyo cada vez que salíamos, lo cual hizo que Elena interviniera y, en presencia de Rosa y con la ayuda de ésta, le dijera a Carmensa que no fuera niña y que se enseriara conmigo. Pero eso la puso peor en sus veleidades que ya eran vox populi dentro del grupo, y animaron a Pedro, que para entonces tenía casi 27 años y yo sólo 19, a darme consejos alegando que a su edad él era conocedor de cómo actuaban y pensaban las mujeres, y hasta se permitía dar explicaciones al resultado de mis anteriores romances.
Al anochecer, después de dejar a las chicas en sus casas —cuando lográbamos salir con ellas— Alberto, Tirijo, Pedro y yo nos encontrábamos en la Plaza Candelaria. Reuníamos varias sillas bajo una de las palmeras que en esa plaza había entonces —una en cuyo tronco alguien había esculpido la palabra PULPIONES (nunca supimos qué significaba)—, y montábamos lo que terminó siendo conocido como “El Tribunal de la Palmera de la Psicología”, o, para abreviar, La Palmera de la Psicología, de la cual, además de acusado, era yo el decano de la correspondiente disciplina que le daba vida, o sea, yo era el Decano en Psicología.
La misión de ese tribunal, comandado por Pedro en calidad de fiscal acusador y miembro de más edad, no era otra que tratar el llamado “Caso CAR-Padrón” (lo de CAR venía por CARmensa y CARlos) acusándome de la falta de armonía en mi relación con Carmensa, para lo cual Pedro se apoyaba en su supuesto conocimiento de la psique femenina, en que era novio de Rosa desde hacía años, en que por la edad que nos llevaba le sobraba experiencia para aconsejarnos, etc. Todo ello aumentaba mi curiosidad por saber por qué un hombre de 27 años pasaba buena parte de su tiempo social, además de con su novia, con tres muchachos de entre 19 y 20.
Yo, que ocupaba siempre el lugar del acusado —una silla pegada al tronco de la palmera, como muestra esta foto en la que Pedro me apunta con su dedo acusador—, tenía que defenderme solo, aunque a veces contaba con la tímda ayuda de Tirijo o la más sólida, pero muy ocasional, de Alberto quien, conociendo por Elena hechos de Carmensa que los demás ignorábamos, 
soltaba de vez en cuando algunos batacazos que desestabilizaban la posición acusadora de Pedro.
La zona de la plaza no era residencial, pero no faltó quien viniera a llamarnos la atención para que bajáramos el tono de nuestras acaloradas filípicas que a veces duraban hasta la 1 ó 2 de la mañana.
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Un día se enfermó Carmensa y le prescribieron que guardara cama, lo cual aprovechó Pedro para, en la siguiente sesión de La Palmera de la Psicología, hacerme la advertencia de que, si yo no iba a visitarla, eso pondría punto final a nuestra relación, y tal final sería culpa mía y sólo mía.
Con o sin su advertencia yo pensaba ir a verla, pues ya estaba más que prendado de ella, así que al siguiente domingo, 5 de abril de 1959, me armé de valor y por la tarde me dirigí a su casa, en la Calle Primo de Rivera número 30. Para mi sorpresa, me abrió la puerta una señora sonriente y muy amable, que me saludó por mi nombre, me condujo hasta la alcoba donde reposaba la enferma, y hasta se ausentó después discretamente. Era Doña Manuelita, la madre de Carmensa.
Si durante nuestros paseos Carmensa no paraba de hablar, ese día enrojeció cuando me vio (yo también me alteré al notar las curvas de su cuerpo bajo la sábana), y tuve que sacarle las palabras con gran esfuerzo, hasta que, cansado y angustiado por la tensión en el ambiente y por la sensación de estar importunándola, puse fin a la visita y me despedí. Doña Manuelita, igualmente amable, me acompañó hasta la puerta.
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Para mayo de 1959, cuando era evidente que me había enamorado de Carmensa, y que ella, en mi opinión, no iba a cambiar su actitud hacia mí, se me activaron los sentimientos producto de la frustración de una relación previa —de varios años atrás y que no cuenta porque, a diferencia de la actual, fue totalmente platónica— y que, en el caso de Carmensa, fueron premonitorios de infelices desenlaces que presentí a la vuelta de la esquina y, en medio de tal torbellino emocional, el 18/05/1959 escribí esto:
TIEMPO PASADO
El tiempo corre, se aleja,
y en su veloz transcurrir
tristes recuerdos nos deja;
trozos de la vida vieja
que se resiste a morir.Recuerdos que al revivir
nos hieren con su sabor
y duelen con un dolor
que nos mueve a sonreír.Y no podemos huir
de ese dulce padecer.
Mejor, pues, es comprender
y dentro del pasado gris
recordar como feliz
lo que feliz pudo ser.
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Un día, para añadir más condimento y variedad a los candentes debates que nos reunían bajo la palmera marcada ‘Pulpiones’ de la Plaza Candelaria, prescindí del término “Caso CAR-Padrón” y, para referirme al estado de mi relación con Carmensa, comencé a usar el nombre de un ser ideal llamado Carlos-Mary, supuestamente hijo mío y de ella, y pronto el nombre de Carlos-Mary era de uso continuo en las cada vez más acaloradas sesiones de La Palmera de la Psicología.
Así, si esa relación iba bien, Carlos-Mary gozaba de buena salud; si tenía algunos tropiezos menores, Carlos-Mary padecía un ligero quebranto; si el problema era mayor, Carlos-Mary estaba enfermo; si era grave, estaba en terapia intensiva, etc.
La figura se popularizó también entre Carmensa y sus amigas, y cuando se reunían, conocedoras éstas de los vaivenes de la relación de ella conmigo, le preguntaban con sorna sobre la salud de Carlos-Mary. Y acerca de ese “niño” inventaron rasgos de carácter, descripciones, detalles de su bautizo, etc. Y a La Palmera de la Psicología nos llegaban reportes completos de todo esto, bien por vía de Elena-Alberto o bien por vía de Rosa quien se había constituido, sin éxito alguno, en consejera sentimental de Carmensa, mientras que Pedro fungía como padrino y defensor de Carlos-Mary.
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Repuesta Carmensa de su enfermedad, reanudamos las salidas, pero todo siguió igual o peor, pues por cualquier nimiedad montaba en una rabieta; si estábamos en algún salón, lo abandonaba intempestivamente dando tremendo portazo; si yo le ofrecía hacer algo para aplacarla contestaba “¡No, no, no, no,….!” ad infinitum, aunque ella decía que sólo siete veces, etc. Así que a mediados de mayo/1959 la situación hizo crisis, Carlos-Mary entró en terapia intensiva y La Palmera de la Psicología se declaró en emergencia. De nada sirvieron los buenos oficios de Rosa y de Elena, pues Carmensa seguía alzada y sin querer verme, aunque tanto Rosa como Elena afirmaban que con esa actitud Carmensa quería disfrazar sus verdaderos sentimientos por mí,… y yo lo creí.
Como Carlos-Mary se nos moría, mis compañeros de La Palmera de la Psicología urdieron un plan de rescate que acepté con gusto.
“La subida al tren”, nombre que le dieron al plan, consistía en lo siguiente: el domingo 14 de junio de 1959 la Legión de María de Tenerife haría una excursión al Pico del Inglés, una cumbre bastante alta a cuya cima podía llegarse por carretera. Las muchachas del grupo habían confirmado su asistencia, así como los miembros de La Palmera de la Psicología. Como allí nos reuniríamos todos, Pedro sugeriría que nos subiéramos a una gran piedra que había en ese lugar, con el argumento de que era para que Tirijo, desde abajo, nos tomara una foto.
Al llegar sobre la piedra, yo me ubicaría detrás de Carmensa, aunque llevábamos tiempo sin hablarnos, y Pedro lo haría al lado de ambos, pero un poco más atrás que Carmensa. Y cuando estuviéramos concentrados esperando el disparo de la cámara, Pedro se movería y, como sin intención, tropezaría a Carmensa haciéndole perder el equilibrio,…. pero yo, ya preparado, la abrazaría desde atrás e impediría su caída. Después de eso era de esperar que vendría la reconciliación.
El plan funcionó y nos reconciliamos, con el consiguiente júbilo de todos los que allí estaban y habían seguido de una u otra forma los incidentes de nuestro culebrón. Después de la reconciliación nos tomaron esta foto estando ambos aún sobre la mencionada piedra:

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Ella era fanática del cine. Un día fuimos a ver la película “Sombras de traición” (sabrá Dios cuál era el título de la versión original), y su tema musical, que jamás he vuelto a escuchar y nada más sé de él, me resultó sugerente de una situación personal —primera vez que esto me ocurrió—, así que, de vuelta al Riduá, mi idioma secreto, le puse letra, y la canción resultante, dedicada a Carmensa, la titulé “Nir aco so” (Mírame así) en alusión a la mirada que ella tenía en la foto precedente, la de después de la reconciliación.
Al igual que con el “Bamana corito bana”, otra de mis “creaciones”, varios amigos —Pedro el primero— cantaban “Nir aco so” como loros, sin entender nada. Se la cantaban a Carmensa, y ella, para variar, montaba en cólera porque quería que le dijeran el significado, y se negaba a creer que ellos no lo supieran. Por supuesto, su orgullo no le permitía preguntármelo a mí, lo cual me divertía mucho.
Y así, con la agradable sensación de que al fin todo marchaba bien entre Carmensa y yo, en julio/1959 me fui de vacaciones a El Paso de lo más ilusionado —léase ciego— gracias a mi drogamoramiento por Carmensa.
Llevado por ese estado de ánimo, ya en El Paso, y en la misma casa donde ahora escribo esto, comencé a escribir un “poema” alusivo a Carlos-Mary que comenzó en tono ligero y jocoso, como era mi intención par todo él, y resultó muy cursi. Copio sólo el título y algunas de sus primeras estrofas, pero antes, y dentro de las líneas de ====, va la explicación de algunos términos que podrían resultar ininteligibles:
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— Sublimado. Mi tío-abuelo, Pedro Castillo, me había enseñado a preparar un fijador de pelo usando como ingredientes goma arábiga y sublimado. Un día, varios años antes de conocer a Carmensa, fui a una farmacia a comprarlos y el farmacéutico se alteró cuando le dije que yo no tenía receta para el sublimado, que era —y ese día lo supe— un veneno. Ante mi insistencia, argumentando que mi tío-abuelo había comprado eso muchas veces sin receta alguna, amenazó con llamar a la policía,… y como estábamos en los tiempos de Franco, me fui sin chistar y con las manos vacías. Ese farmacéutico era el padre de Carmensa, lo cual supe cuando comencé a salir con ella varios años después, y la historia (que tampoco Carmensa recordaba) era motivo de bromas entre nosotros.
— Chachi.- Equivalente al “cool” de hoy.
— Empollón.- Caletre, estudioso, nerd.
— Kayka.- Refresco de manzana muy popular en la época. Lo usábamos por lo de CArlos Y CARrmensa.
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CARLOS-MARY
– I –
¡Veintiuno de diciembre!
del año,… ¡importa poco!
Mas, para concretar,
del año cincuenta y ocho.En fecha tan señalada,
(u otra cosa cualquiera)
se inició la gestación
de este vástago quimera.Creció en la materna mente
cual idea espiritual.
Desarrolló lentamente,
con quietud y en forma tal
que ganó muy justamente
un epíteto elocuente:
Ser de razón ideal.Sufrió sin venir al mundo
crueles separaciones
que enterraron ilusiones
en el caos más profundo.Sufrió del golpe rotundo
de irrefutables razones,
y el demoler iracundo
de lógicas deducciones.Soportó filosofías
y cerebrales acciones.
Padeció psicologías
y la lucha de pasiones.También gozó de alegrías,
de risas y ensoñaciones,
y el latir de corazones
en locas algarabías.De soñadas correrías,
de amigables excursiones
y del dulzor de perdones
en inolvidables días.– II –
Se decidió su destino
en el contacto de manos
que sin remilgos humanos
hacen “La subida al tren”
en lugar bello y alpino,
y no dejan que su sino
sea quedarse en el andén.– III –
…/…
“Carlos-Mary será el nombre”,
dijo la mamá, y sucede
que el papá muy pronto accede
porque es complaciente hombre.Además, no le disgusta
tal compuesto apelativo.
Su distribución es justa
y el reparto equitativo.Lo de Carlos, por el padre;
y lo de Mary, al parecer,
debe de corresponder
a algún nombre de la madre.Pues se llama ella María
del Carmen. ¡Bello y bonito!,
largo, tal vez, un poquito,
y el decirlo no es ofensa
pues más bello todavía
es el nombre de Carmensa.– IV –
Carlos-Mary es, además,
la mezcla, a partes iguales,
de los bienes y los males
que poseen sus papás.Y nadie venga y se asombre
de herencia tan recta y bella,
que justamente por ella
le encaja al niño su nombre.Carlos-Mary heredó
de la persona paterna
todo aquello que creyó
cualidades sempiternas.Así, salió colorado,
de ojos verdes y pequeños,
pelo rubio, torvo ceño
y gesto malhumorado.Amante de la razón,
dado a la Filosofía,
“Decano en Psicología”
y en casos del corazón.Alto y más bien delgado,
romántico a su criterio,
siempre con algún misterio
y siempre sin sublimado.Y de su madre heredó,
al igual que de su papi,
todo lo que más chachi
para él consideró.Salió con lindos hoyuelos
a ambos lados de la boca,
que no indican desconsuelos
sino seriedad,… muy poca.Salió también empollón
y con alegre cariz.
Una pinta en la nariz
y sensible el corazón.En todo tiempo optimista,
con amor propio irascible,
distinguido a simple vista
y con caprichos terribles.Tan al cine aficionado
que en casi todos se mete.
Salió este niño, mimado,
cierra-puertas consumado
y ”¡No, no y no!”,.. hasta siete.…/…
– VI –
A bautizar al precoz
se deciden un buen día
los papás,
y de manera veloz
se arma la algarabía.…/…
No surgen dificultades
para el nombre del bebé.
“¡Carlos-Mary!”, dicen todos,
¡Carlos-Mary ha de ser!Carlos-Mary, pues, ya está;
y el bautizo concluyó.
Se brinda luego Kayká
y se canta “Nir aco so”.
Sin embargo, este poema cursi culminó con un epílogo que, en mi opinión, es de lo menos malo que en poesía he escrito. Fue el resultado de una especie de arrebato, de una inspiración momentánea —¿musa?— que días más tarde, cuando ya había yo terminado todo el resto del poema, me asaltó y se posesionó de mí porque tuve de pronto la certeza —la que me inspiró “Tiempo Pasado”, pero corregida y actualizada— de que la armonía entre Carmensa y yo, y el sentimiento tan dulce que por ella me embargaba, ése que suele ir asociado al primer amor, no durarían mucho, y que todo terminaría pronto aunque yo no quisiera.
– Epílogo –
¡Carlos-Mary! ¡Carlos-Mary!
¿cuánto tiempo vivirás?
Podrás durar meses, años,
siglos quizá si en engaños
no dejas roto tu ser.Y si mueres, ¿qué será
lo que te quite la vida?
¿los caprichos? ¿el orgullo? ¿las heridas?
¿el olvido? ¿amor propio? ¿la maldad?Tu padrino y defensor
dirá entonces que papá.
Tu padre dirá “El no amor”.
Y tu madre, ¿qué dirá?.Si tu mueres, Carlos-Mary,
morirán también contigo
meses llenos de ilusiones,
pletóricos de emociones
y de inocentes castigos.Sueños que de ti al abrigo
crecieron en noches tantas
como de ilusiones santas
fuiste tú musa y testigo.Proyectos, planes, canciones,
trozos de una juventud
que, niño, si mueres tú,
también morirán contigo!¡Carlos-Mary! ¡Carlos-Mary!
¿Vivirás?,… ¿no vivirás?.El Paso, 17 de julio de 1959.
Ilusionado, le mandé por correo el poema a Carmensa, pero cuando regresé a Santa Cruz de Tenerife no me hizo comentario alguno acerca de él, y poco tiempo después comenzó a comportarse peor que antes.
Y un día me llevé la gran sorpresa al enterarme de algo que hasta entonces no se me había ocurrido que fuera posible: Carmensa recién había cumplido los 15 el día 29 del pasado febrero (cuando el año era bisiesto, celebraba su cumpleaños el 1 de marzo). O sea, que cuando comencé a salir con ella tenía apenas 14 años mientras que otras compañeras de colegio suyas y de su grupo habitual tenían entre 16 a casi 18. Pero Carmensa había sido siempre una empollona, y en los estudios estaba adelantada con respecto a las de su edad, y diría que también en desarrollo físico.
Entonces entendí el por qué de su comportamiento. ¿Qué podía esperarse de una niña de esa edad? Todos los amigos quedaron igualmente sorprendidos, y yo, que era un Don Fulgencio, después de tranquilizarme me alejé de ella unos días para armar el plan de retirada que sólo consistió en usar su propia debilidad, o sea, decirle algo cuya respuesta yo sabía que iba a ser un tajante “¡Vete!” o un “¡No quiero verte más!”.
Ésta fue la primera vez que mi razón se impuso a mi drogamoramiento. Puse en práctica el plan y funcionó. Me fui y nunca más volví. La decisión había sido suya; yo sólo la respeté.
Pero desde entonces me quedó una especie de carga moral, como un remordimiento porque tal vez ella creía que, como nunca más volví, yo le guardaba rencor por la forma en que me había despachado, lo cual no era cierto. Yo sólo guardaba, junto a la convicción de que todo fue cosa de muchachos —y de niña en su caso—, el dulce recuerdo de un primer amor.
La Palmera de la Psicología continuó sus sesiones por un tiempo más, y cuando ya se hizo claro para sus otros miembros que Carlos-Mary había muerto, un día nos llegó, creo que por vía de Rosa, la noticia de que Carmensa había dicho ante el grupo de amigas que una vez más le reclamaron su comportamiento para conmigo, que si se casaba y tenía un hijo varón le pondría por nombre Carlos-Mary. Hoy sé que eso fue sólo un ardid que intentaron mis amigos para ver de conseguir que yo volviera a ella.
Después de la ruptura, sólo vi a Carmesa dos o tres veces, siempre de lejos y en eventos de la Legión de Maria. En 1961 emigré a Venezuela y no supe más de ella.
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En un viaje que hice a Canarias en el verano de 1980, le pregunté a Tirijo si sabía algo de Carmensa. Me dijo que la veía a veces en la puerta del colegio en el que ambos tenían a sus hijos, y que se había casado con un extranjero (alemán, creía él).
Como desde que me alejé de ella sentía yo la necesidad de disipar cualquier duda que pudiera tener acerca de mí, o creyera que yo tenía hacia ella, y librarme así de mi carga moral, me propuse encontrarla, hablarle, y que fuera mi actitud más que mis palabras la que hiciera evidente que yo no tenía nada en su contra. A familiares y amigos de Canarias les pedí, desde 1980 y en años subsiguientes, que trataran de averiguar dónde vivía, su número telefónico, su dirección e-mail o algo que me permitiera localizarla, pero no encontré ninguna pista,…. hasta el pasado mes de mayo cuando, por vía de Internet, me di a la tarea de buscar en las páginas blancas de Telefónica de España los apellidos de quienes yo recordaba que me habían conocido a mí, a Carmensa y a Carlos-Mary, y así di, tras muchas llamadas, con Pedro Quirós.
Después de reponerme de la enorme sorpresa que me causó el que apenas oírme hablar por teléfono exclamó “¡¡Carlos Padrón!!” a pesar de que la última vez que había oído mi voz fue en julio/1961 —su explicación fue que mi voz es inconfundible (!)—, comencé a preguntarle por su vida, los amigos comunes y, por fin, por Carmensa. Y, ¡bingo!: me dijo qué hacía ella y dónde podría encontrarla en Santa Cruz de Tenerife.
A partir de ese momento, el segundo objetivo de este mi viaje de julio/2006 a Canarias fue, después del de la celebración del cincuenta aniversario de la Odisea en La Caldera, encontrarme con Carmensa.
Así que alteré mi itinerario para hacer escala en Santa Cruz de Tenerife y quedarme allí unos días, y apenas al segundo de estancia en esa ciudad, el lunes 31/07/2006, me fui caminando hasta la tienda que, según Pedro, era de Carmensa.
Desde afuera y a través de las vidrieras revisé toda la parte pública del local y no vi en él ninguna mujer; sólo había un hombre, con apariencia de unos 60 años, que se paseaba de un lado a otro. Entré, saludé y le pregunté si allí trabajaba una tal Carmensa. “Sí, es mi esposa”, fue la breve respuesta, mientras con la mirada inquiría quién podría ser yo.
Pero no dispuesto a revelar antes de tiempo mi identidad me limité a explicar que ella y yo nos habíamos conocido hacía muchos años y que por eso me gustaría volver a verla. “¿Cómo podría yo lograr eso?”, le pegunté.
En un gesto de gran amabilidad, loable y que sinceramente le agradezco, el señor hizo una llamada telefónica y me dijo que su nieto le había informado de que Carmensa había ido al dentista. “Gracias, pero eso me deja igual. ¿Cómo puedo hacer para verla?”, pregunté de nuevo, y su respuesta, para mí más que sorprendente, fue darme el teléfono de su casa e indicarme que la llamara a mediodía.
Le di las gracias y me fui feliz porque veía ya cerca que los 26 años de búsqueda iban por fin a ser recompensados.
En el hotel aguardé impaciente a que fueran las 12,… pero entonces caí en cuenta de que “el mediodía” de allá no es el de Venezuela, o sea, no es a las 12m, así que dejé pasar una hora más y a las 13:15 hice la llamada crucial.
Me contestó una voz femenina que no me pareció propia de alguien de la edad actual de Carmensa, pero, aún así, a su pegunta de “¿Quién llama?” respondí que era de La Palmera de la Psicología.
Silencio al otro lado de la línea, y luego, con un tono que denotaba que había aparecido un poco de luz al final del túnel de un largo olvido, surgió la otra pregunta llena de curiosidad femenina:
—¿Quién eres?
—El padre de Carlos-Mary. ¿Me reconoces ahora?
—No.
—Soy Carlos Padrón.
Otro silencio, roto solamente después de unos segundos por la voz de ella que, en un esfuerzo por reactivar su memoria, murmuraba, casi como para sí, “Carlos Padrón,…. Carlos Padrón,..” Y, de pronto, el:
—¡Ahhhhhhh! Pero, muchacho, ¡¿y tú dónde estás?!
Después de algunas explicaciones propias de quienes no se han visto en muchos años, le dije de mi larga pesquisa iniciada en 1980, y que yo quería que nos viéramos. Pareció repasar mentalmente su agenda, y por fin dijo:
—Hoy ya no puedo, y mañana martes tampoco. Llámame el miércoles entre las 09:00 y las 09:30, y vamos a tomar un café. ¡Nos veremos muy arrugaditos!.
Cuando colgué temblaba yo como una hoja al viento. Me eché en la cama, y al analizar el por qué de tal reacción se me hizo claro, una vez más, cuán peligroso y frustrante es el drogamor, pues entendí que si bien en 1959 yo había estado enamorado de Carmensa hasta los tuétanos, ella no lo había estado de mí, y por eso no había recordado enseguida quién era Carlos Padrón ni qué había sido la Palmera de la Psicología, ni quién Carlos-Mary, etc. Y, por supuesto —algo que esperaba yo comprobar al día siguiente— tampoco recordaría la larga lista de detalles que sólo un drogamorado puede recordar —o, mejor dicho, no logra olvidar— aun cuando el drogamor haya pasado ya a mejor vida, como, a Dios gracias, ocurre siempre.
El miércoles 02/08/2006 a las 09:15 la llamé de nuevo. Su respuesta no me sorprendió en nada:
—Estoy liada limpiando la casa y ahora no puedo salir. ¿Por qué no nos vemos en la tienda esta tarde a las 7?
Para mí, perfecto. Ya me extrañaba esa cita a las 09:30,…. sin haber podido ir antes a la peluquería.
Y a las 7 en punto entré de nuevo en la tienda donde había estado dos días antes.
Allí se encontraba, de pie y siempre en movimiento, el mismo señor de ese día —o sea, el esposo de Carmensa—, y sentada tras un escritorio de tipo secretarial ubicado al fondo, en la esquina más lejana de la entrada, una mujer que se levantó cuando ya estaba yo dentro del local y que, por el aire impersonal y distante que irradiaba, en nada se me pareció a la Carmensa de mis enamorados recuerdos sino que más bien me recordó a una business woman.
Después del consiguiente abrazo y los dos besos que son de rigor por estos lados del mundo, nos sentamos a hablar, y al detallar yo con calma cada uno de los rasgos de su cara concluí que sí, que era ella, la misma que había sido mi primer amor allá por 1959… Pero 47 años no pasan en balde.
Sin embargo, tal como yo había supuesto, poco o nada de nuestra corta relación recordaba Carmensa, pero me alegró comprobar que dentro de ese poco no había nada contra mí, ni tampoco sospecha de rencor por mi parte, porque apenas si había siquiera espacio para recordar quién era yo; y dudo que lo hubiera para quien por años creí yo haber sido para ella. ¡Qué alivio!. Mi cuenta estaba saldada,… porque nunca hubo saldo pendiente.
Ante tal tipo de amnesia, no tenía objeto ponerse a evocar recuerdos que sólo para mí tenían significado y valor. Así que me abstuve de hablar de las salidas en grupo, de la excursión a Candelaria, de cómo lo pasamos las veces que fuimos al Cine Rex o al Víctor, de las películas que vimos (“Sombras de traición”, “Nacida en Marzo”, “Atrapa a un ladrón”, “Vértigo”, etc.), del “Nir aco so”, de mi visita a su casa, etc., y, desde luego, de Carlos-Mary. Simplemente, no había nada que recordar.
A guisa de explicación me dijo que tal vez tardé tanto en encontrarla porque ella había roto, desde hacía muchos años, todo contacto con la gente de la Legión de Maria. Otro alivio más para mí, pues siento lástima por la persona que olvida y deja de lado a quienes fueron compañeros de estudios o andanzas de juventud y que, lo acepte o no, algo influyeron en su vida.
Desenfundé mi laptop, les mostré las fotos de 1959 (su esposo se sorprendió de cómo lucía Carmensa a sus 15 años), las de mi familia, etc., y, cuando ya no tuve más que enseñar y sentí lo inútil e inconveniente de tratar de recordar, desenfundé entonces la cámara digital, pregunté si no les importaría que nos hiciéramos una foto. Dijo que no, salió de detrás del escritorio, y su esposo nos la tomó, lo cual también agradezco a él porque esta foto tiene para mí el valor del
testimonio gráfico que marca el final de 26 años de búsqueda, y que servirá para dejarme aún más claro —y tal vez ayudar a otros— que un primer amor es bueno como recuerdo pero que el drogamor es definitivamente peligroso y, por tanto, malo.
Al despedirme le entregué la tarjeta en que aparecen todas mis direcciones electrónicas y la de mi blog, del cual le hablé también. Le dije, además, que posiblemente publicaría en ese blog esto que ahora publico. Si se le ocurre entrar en él, tal vez baje la foto desde aquí.
Después de los dos besos, ahora de despedida y ya fuera de la tienda, di media vuelta y me alejé sin mirar hacia atrás pero sintiendo la satisfacción, no sólo de haber culminado con éxito una búsqueda que había durado 26 años, sino de haberle dejado claro a Carmensa que yo no le guardaba rencor. Y sintiendo también una cierta tristeza al comprobar que la ceguera del drogamor, producto del fogoso entusiasmo de un primer amor, no me había permitido entender lo poco que realmente fui yo para ella.
Y entre la satisfacción y la tristeza, mientras me alejaba musitaba para mis adentros,
Mejor, pues, es comprender
y dentro del pasado gris
recordar como feliz
lo que feliz pudo ser.
Comments
Comment from Manuel A. Gutiérrez V. [Visitor]
Time 21/08/2006 at
Estimado Carlos:
Uncantador relato histórico, compartiendo tus pasos en busqueda de aquel primer amor. Que nunca se olvida. Al igual que esos amigos de infancia y juventud.
Afortunadamente, los vivo, con nostalgia y alegria. Otras veces con tristeza por las cosas que ya no existen, solo en nuestros recuerdos, imborrables. Otras veces por el cambio que han experimentado nuestras amistades con el paso de los años.
Al regresar a mi tierra natal me he dedicado a visitar el barrio donde mi crie, donde mi inicie en la escuela y colegio (secundiaria). Lo disfruto caminando por las mismas aceras, calles, potreros, iglesia y parques donde pasaba días y noches. En estas caminatas me he vuelto a encontrar a muchos amigos, ex-comapañeros de estudios, bailes, equipos de futbol, serenatas, diabluras (sanas y sin daños a nadie), etc.
Asimismo a conocidos de esa epoca, la mayoria en fase de disfrutar el haberse convertido en ancianos, con quien comparto memorias, preguntas y comentarios de tal y cual… bellos momentos.
Para complementar este comentario, me encontre con mi amigo PEDRO QUIROS a quien vi en Caracas, Venezuela en 1971 como sub-gerente de ITT. Hoy en día ocupa el cargo de Vice-Presidente de la Cia. de Telefonos de Costa Rica (ICE) y Cia. Nacional de Fuerza y Luz. Que casualidad con el nombre de tu amigo.
Aun no encuentro a mi primer amor de juventud, Lina Ferreto. Me comentan que casó con un médico cubano y reside en La Habana desde hace mas de 35 años, pero que viene a pasar los fines de año a Costa Rica.
Gracias por tus relatos Carlos.
Sigue disfrutando de Las Canarias y encontrandote con tus recuerdos.
Manny
Comment from María Elena Veronese [Visitor]
Time 22/08/2006 at
Hola Carlos, disfrute de tu relato tanto que me pareció ver correr a Carlos-Mary, detrás de mi escritorio. Que de recuerdos tan hermosos tienes, hasta me vi caminando por Santa Cruz de Tenerife, que imaginación la mía!
Que bueno haberte conocido!
Felices vacaciones.
Un saludo
María Elena
Comment from Gisela Ortega [Visitor]
Time 22/08/2006 at
Es una bonita y hermosa historia, llena de atractivos, que desarrolla en una época donde los valores eran importantes en la vida. Y me gusta la parte donde el joven decide encontrar a su enamorada y tanto es así que no importaron lo años, la meta fue lograda, la ubicó, se encontraron y se fotografiaron.
Comment from Idania Martin [Visitor]
Time 23/08/2006 at
¡¡¡Qué historia!!! Cuando te visité hace más de un año, me di cuenta de que estabas, entre otras cosas, dedicado a la búsqueda de amistades de antaño… y ahora veo que de amores también. Suena interesante. Yo sólo tengo un problema (por ahora) para atar cabos que me quedaron sueltos en mi adolescencia. Fue en Cuba y no pienso visitarla mientras Fidel Castro esté vivo.
Está buena tu historia. Se la podías vender a Delia Fiallo para una buena telenovela.
Saludos, Idania.
Comment from CMP [Visitor]
Time 24/08/2006 at
Creo que somos mchos, Adolfo, los que tenemos historis de este corte.
Manny, ese Pedro Quirós es otro, puedes estar seguro.
Gracias, Chiquitita. Sabes que lo de cuando nos conocimos también lo recuerdo,… aunque sean recuerdos de otro tipo.
Y Gisela, ¿qués esperabas, además de la fotografía?
Bueno, Idania, cuando Fidel estire la pata, que espero sea pronto si es que no la estiró ya, tal vez puedas comenzar la búsqueda. Si necesitas asesoramiento, let me know!
Comment from Eduardo Garcia [Visitor]
Time 26/08/2006 at
Sin comentario, pero me gusto !!!
Comment from Alberto Lema S. [Visitor]
Time 29/08/2006 at
Carlos.
Eres un “Tremendo Storage” de anecdotas, recuerdos y paremos de contar, lo mejor es que si leo una sola linea, me tego que calar la historia completa!, eres un barbaro de la enigma y uno un “metido” de los buenos…,etc, increible Love History, sin consecuencias…
Abrazos y que disfrutes mucho por tu Terruño Querido!!, pero regresa…si aun estas en forma pa la pelea…
Alberto Lema
Comment from Ana T. Gomez [Visitor]
Time 05/09/2006 at
Carlos, me encanto este relato, se ve que no olvidas a las personas que han dejado huella en tu vida, lo cual demuestra que cuando das tu amistad es de corazon.
Saludos, Ana T.
Comment from CMP [Visitor]
Time 06/09/2006 at
Gracias, Anaté. Creo que estás en lo cierto.
Comment from Elena [Visitor]
Time 10/09/2006 at
Hola Carlos!!!
Fantástico tu relato, me siento Muy Identificada con él, tuve una experiencia semejante que después de 30 años, también busqué a ese Grana Amor de la juventud… el reencuentro fue Fantástico, y para mi muy significativo porque si reconocimos que ambos fuimos ese Amor de la juventud que todos recordamos, al venros si hubo un schok, pero hablamos como locos de todo, de nuestras familias, hijos y demás, también nos tomamos la foto, JAJAJA!!! si volvimos a venos antes de despedirnos, Algún día si quieres te cuento los detalles porque es largo el cuento, JAJAJA!!! casi una novela. Para mi lo bello de estas situaciones es atrevernos a VIVIRLAS!!! Gracias por tu página, Elena
Comment from Jesus [Visitor]
Time 21/09/2006 at
Para que agregar nada mas a lo ya dicho. Ademas de maravillosa memoria e increible habilidad para narrar, tambien tienes una facilidad tremenda para enseniar.
Un abrazo y gracias por el rato…
Comment from CMP [Visitor]
Time 21/09/2006 at
Gracias, Jesús X. A juzgar por la falta de la ‘ñ’ supongo que debes estar en USA o no querer (no me atrevo a decir ’saber’) habilitar esa letra en el teclado no español de tu PC. También supongo que eres JEZ,.. pero sólo supongo.
Comment from Fernando Camacho [Visitor]
Time 25/09/2006 at
Don Carlos:
Que iluso e inocente de mi parte cuando le recomendé que debería escribir. Ud. con su paciencia y cortesía de siempre nos devuelve relatos como este. Sin arrogancia, con mucha humanidad, y con una clara habilidad por mantener el suspenso. Al igual que Lema, no pude soltar la historia hasta su final feliz, sin consecuencias, relato de vida, con todos los ingredientes de una gran historia, simple como toda gran historia. Gracias por estos regalos de vida. Y por mostrarnos sin pudor uno de sus lados mas humanos: su persistencia y su búsqueda,incluso hasta la terquedad.
Comment from CMP [Visitor]
Time 25/09/2006 at
Gracias, Fernando. Agradezco eso de “mostrar sin pudor”, y cada vez me asombro más al percatarme de cuán pocos son los que han conocido o siquiera percibido ese lado de mi persona que, aunque no tenía cabida en la vida corporativa en la que ambos militamos por un tiempo, estuvo siempre conmigo, y sigue estándolo.
Creo que aciertas en lo de “terquedad”, pues me molestó tanto que un minúsculo poedazo de tierra como Tenerife no hubiera nadie que supiera darme fe de Carmensa, y que ni siquiera tuviera la iniciativa de buscar un medio de iniciar la búsqueda, que me propuse, seguramente por terquedad, dar con ella por mis propios medios. Y me alegro de haberlo hecho.
Comment from Hiran [Visitor]
Time 24/10/2006 at
Mi aprecio y respeto por ti se incrementan cuando leo este relato, y demuestran tu romanticismo y el valor de tu amistad …. un gran abraso
Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 24/10/2006 at
Muchas gracias, Hiran.
Comment from adrian [Visitor]
Time 22/06/2007 at
antes todo hola. buscaba informacion de la legion de maria en internet ya que pertenezco a este apostolado aqui en buenos aires y me encontre con tan magnifica historia,pues nada…me gusto, saludos , adrian.

Comment from Adolfo Blanco [Visitor]
Time 20/08/2006 at
Es curioso ver cómo las historias de juventud se repiten en aquellos que, sin ningún tipo de contacto en nuestras vidas de muchachos, pertenecimos, no obstante, a una generación que tuvo la suerte de disfrutar, aprender y vivir sumergidos en un ambiente familiar y en un círculo de amigos que constituye hoy día uno de nuestros mejores patrimonios.
Sí, yo también disfruté una historia parecida, aunque un tanto menos complicada. Agradecido por ayudarme a rememorarla.