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Del baúl de los recuerdos: Un alfiler en África (4/5)

14 Noviembre, 2006 (06:59) | • De filósofo, poeta y... | 2 Visitas directas

Carlos M. Padrón

Una de las teorías de la Gramática Generativa, que no puede demostrarse pero que suena bastante lógica, postula que si, por ejemplo, fuera posible tomar a un grupo de ingleses que no tuvieran idioma alguno y se los dejara juntos en un medio aislado, terminarían “inventando” de nuevo el idioma inglés, pues existe una correspondencia total entre la idiosincrasia de un pueblo y la lengua que éste habla.

Tal vez sea por eso por lo que nunca, desde que yo era niño, me gustó el francés, un disgusto que no tiene basamento lógico alguno, como tampoco lo tienen mi aversión a las palmeras típicas de Los Ángeles (California) —y, por cierto, también del Norte de África—, y me atávico miedo a los aljibes o a los grandes embalses de agua a medio llenar. Si debo buscarle explicación a estos sentimientos de rechazo y miedo, sólo la encuentro en la reencarnación.

Durante los cinco primeros años de bachillerato tuve que estudiar y aprobar francés como materia o asignatura oficial, pero cada vez me molestaba más su grafía y mucho más su fonética al escucharlo en la radio (la fonética del profesor no era fiable). Por eso, cuando luego me dieron la opción de escoger lengua extranjera, ante la sorpresa de profesores y alumnos escogí el inglés y no quise saber nada más del francés. Y como en El Paso no había profesores de inglés, tuve que estudiarlo yo solo, y solamente por libros. Salí adelante con él, pero de ahí me vienen ciertos problemas que aún tengo para entenderlo hablado.

El caso es que —salvo excepciones, como en todo— ni los franceses en general ni lo francés me caen en gracia, ni yo le caigo en gracia a los franceses, pues algo hay en mí, o algo en ellos, que hace que apenas nos acerquemos se levante una especie de pared entre nosotros. Como resultado de esta extraña y mutua “empatía”, los únicos lugares públicos de los que en mi vida me han botado —aun estando yo acompañado, y no por haber hecho algo malo sino por el “horrendo pecado” de no hablar francés sino inglés y, para colmo, también español e italiano— han sido un restaurante de Quebec y dos de París.

Y como, según Murphy, estas cosas tan “buenas” tienden a repetirse, la pared se hizo presente apenas contesté en inglés a la primera pregunta, también en inglés, del empleado del Kenza que me hizo el checkin en ese hotel; y se consolidó cuando el tal empleado vio por mi pasaporte que mi lengua nativa era el español. A partir de ese momento, todos los que trabajan tras el mostrador del hotel decidieron hablarme solamente en francés aunque yo les hablara en inglés, y aunque, ante mis narices, hablaran en inglés a otros huéspedes, y me hablaron en inglés a mí cuando llegué. Tan grave fue la cosa que me sorprendí entendiendo a medias el francés hablado (no tengo mayor problema con el escrito) y hasta soltando alguna que otra lenguarada en ese idioma.

En este tan “agradable y simpático” ambiente logré desayunar en la mañana del sábado 31/12, molesto aún por el “dulce” despertar que me había deparado el almuecín electrónico, y hasta pude conseguir que, a las 9 de la mañana, un guía que hablaba francés y español me admitiera para un tour a la parte vieja de la ciudad, y que, como sólo tenía por clientes a una pareja de franceses que querían hacer el tour en su propio carro (coche) alquilado y en su propio idioma, me metió en el asiento trasero en compañía de la francesa, que aparentaba tener edad como para ser la madre de su compañero, y por petición de éste me impuso la condición de que en el tour se hablaría sólo en francés, lo cual tuve que aceptar porque no había de otra. Por suerte, como el guía era marroquí, hablaba un francés que me resultaba de fonética menos oscura que el de los franceses nativos y, por tanto, menos ininteligible.

A la hora de iniciado el tour no había visto nada que justificara lo que de verde y de jardín me habían dicho que tenía Marrakech. Parece que esa infundada fama viene de que allí está el Hotel La Almunia, el más lujoso y caro de África (una suite puede costar mil libras esterlinas por noche) y que tiene un gran campo de golf de lujuriante verdor. Para siquiera ver el hotel, que es espectacular, hay que ir con vestimenta formal.

El resto de la ciudad es seco, árido, polvoriento y monocromático, pues todas las edificaciones están pintadas del mismo color rojizo, que es también el de la tierra del lugar, porque, según explicó el guía, es el color que minimiza más los efectos nocivos de la reflexión de la radiante luz solar que hay durante todo el año, pero en particular en los meses de verano cuando la temperatura suele llegar a los 48°C.

Estando en las afueras de la zona urbana, en uno de los pocos lugares en que había un estanque con agua de regadío, pregunté al guía —que sí me aceptaba preguntas en español— si la nube que se veía sobre el centro de la ciudad era contaminación. Me dijo que no, que era polvo, pues en Marrakech hay muy pocas vías asfaltadas, pero muchos vehículos automotores y muchos animales.

Me llamaron mucho la atención las filigranas de yeso y, sobre todo, las en piedra que hay en los palacios de puro estilo árabe. Pero lo impresionante, apabullante y traumatizante fue el Zoco, que no es más que el mercado popular en el que, sin ningún orden, clasificación ni concierto, se vende de todo. Junto a una carnicería puede estar una joyería, más allá un dispensario de especias, una floristería, una ebanistería, una tienda de souvenirs, una mezquita, etc. El abigarramiento es total. Se mezclan todos los tipos humanos, con todas las usanzas en el vestir, con todos los colores, con todos los olores y con más lenguas que en Babel.

Las construcciones son de una o dos plantas, y las calles, si es que pueden llamarse así, son tan estrechas que, como apenas llueve, les han puesto techo hecho con tablas, hojas de palma u otros materiales, dejando aberturas espaciadas para que entre la luz. Y forman un entresijo tan enrevesado que, una vez dentro, celebré casi con fervor el haber entrado con un guía, pues de haberlo hecho solo aún estaría yo buscando la salida. Todas las callejuelas, estrechas y tortuosas, lucen iguales; no les vi nombres ni nada que las distinga entre sí, y la algarabía es tal que casi no se puede hablar y hasta ni pensar.

La fauna humana es tan variada que en cada esquina encuentra uno motivo para sorprenderse con ella. Y me impactó tanto, que al dar con un mendigo sentado en un lugar al que llegaba suficiente luz, le tomé una foto y seguí mi camino tras el guía y la pareja de franceses.

De pronto oí a mis espaldas unos gritos amenazadores aunque para mí ininteligibles, y noté como, de repente, la francesa dio media vuelta y corrió hacia algo o alguien que estaba detrás de mí. Me volví para ver adónde iba con tanta prisa y vi que, deteniéndose y abriendo sus brazos, interceptó a dos jóvenes que estaban ya a escasos dos metros de mi persona, y se puso a hablarles en francés mientras ellos gesticulaban alterados señalándome con intenciones poco amistosas. No sé qué les dijo, pero sí sé que les dio dinero y los dos se fueron refunfuñando, caminando de espaldas y amenazándome con los puños crispados.

Entonces la francesa se me acercó y, en correcto español (cosas como ésta son las que me encantan de ellos) me dijo que yo había violado la ley del lugar porque había fotografiado a un mendigo, y los jóvenes querían castigarme por eso. Cuando argumenté que nadie me había dicho que tal cosa estuviera prohibida, aceptó que yo tenía razón, no quiso que le reembolsara el dinero que les había dado a los exaltados marroquíes, y me advirtió que en Marruecos hay mucha gente que no quiere ser fotografiada y que, como uno no sabe quiénes son, lo prudente es no fotografiar a nadie.

Creo que es la primera buena acción que recibo de un francés, y cada vez que miro la foto del mendigo pienso que es tal vez la más valiosa, en función del riesgo asociado a ella, que de viajes tengo mis álbumes.

Comments

Comment from Manuel A. Gutierrez Vargas [Visitor]
Time 14/11/2006 at

Interesantísimo relato de tu experience en esa parte de la tierra. Lo explicas tan bien que me transporte allí. Por lo que he decidido jamas visitar esa zona. Salvo que represente un considerable beneficio economico, pocos días y noches con guía adecuado. Supongo que sigue en aumento los olores, temperatura y demas. Espero el quinto documental, para ver que fue lo que te gusto o disfrutaste mas…..

Comment from Carlos M. Padrón [Visitor]
Time 14/11/2006 at

Por lo que he podido ver, esa ciudad ha cambiado bastante, pues busqué “Hotel Kenza” en Internet y las fotos son de un hotel mucho mejor que el que me alojó hace 11 años; ahora sí tiene pinta de cuatro estrellas.

Cabe suponer que en el resto de la ciudad ha habido tambipen mejoras.

Comment from Ana Cristina Rodriguez [Visitor]
Time 14/11/2006 at

Me encanto tu narracion. Es impecable y llena de detalles. Cuando la lei pense que estaba visitando el lugar. Me recordo a Gabriel Garcia Marquez en “Doce cuentos Peregrinos”. Deberias pensar seriamente en escribir un libro.

Comment from Carlos M. Padrón [Visitor]
Time 14/11/2006 at

Gracias, Anacrís. Con la plata que te “ahorré” podrás viajar a otro sitio.

Para lo del libro tendré primero que buscar un argumento,… y luego una musa.

Comment from Lucy [Visitor]
Time 14/11/2006 at

Realmente estoy de acuerdo con Ana Cristina, deberías escribir un libro, son tan apasionantes tus escritos que le dejan a uno con ganas a más. Este, por entregas, me produce la misma sensación que la mejor novela que haya visto, que digo la misma! mejor mucho. Mejor porque además de tu forma de narrar tan explicita y sin caer en la pesadez, sé de tus andanzas que me interesa más que la de los personajes, de una novela, que ni conozco y encima me muestras retazos de una cultura.

Así que ¡a por el libro! que con tu bagaje y buen hacer no te faltaran temas, si no echa mano de tus memorias.
Un abrazo compadre.

Comment from Albertina [Visitor]
Time 15/11/2006 at

Estoy leyendo los artículos y me resultan muy interesantes, pero como son por entregas cada día busco el siguiente capítulo, logran cautivarme, al final te haré los comentarios.
Sigue adelante que estoy esperando la próxima entrega.

Albertina

Comment from CMP [Visitor]
Time 15/11/2006 at

Paciencia, Albertina, que sólo falta uno. Y espero tus comentarios después de ese uno.

Comment from José Quirantes [Visitor]
Time 10/12/2006 at

¿Como dices que no te gustan los franceses? No los conoces a todos. ¿Y las francesitas? ¿Que?

Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 10/12/2006 at

Pepe, se trata de una generalización. Además, dije que hay excepciones. Y si las francesitas me hablan en francés, como supongo que lo harían, paso.

Además, la fama que tienen no pasa de ser un lugar común, como el de que la champaña es exquisita (no la paso y, además, me hace daño), el whiskey la mejor bebida (tiene por sabor el olor de los nidos de cucarachas), y el caviar es una exquisitez (sabe a musgo).

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