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[*ElPaso}-- Mujeres de vida alegre

Carlos M. Padrón

En los años ’50s, todavía las más de las casas de El Paso tenían animales domésticos —vacas, cabras, conejos, gallinas, cochinos, bestias de carga (caballo, mulo o burro, etc.—, corrales para ellos, y huertas en las que se cosechaban papas, maíz, hortalizas o pasto para el ganado.

En esas huertas, o en otros lugares más amplios en los que se sembraba pasto, se “estacaba” principalmente el ganado de leche —vacas o cabras— para que comieran todo lo que quisieran pero sólo hasta cierto punto, y para ello en una de sus patas se les colocaba un grillo desde el que partía una cadena más o menos larga que terminaba en una estaca (de aquí lo de “estacar”), o pieza de hierro larga y de punta aguzada, que se clavaba en la tierra con el fin de que el animal a ella sujeto sólo pudiera alejarse tanto como se lo permitiera el largo de la cadena, con lo cual se le podía limitar la cantidad de pasto a la que tuviera acceso.

Había áreas mayores que durante cierta época del año —y alternando con cultivos, las más de las veces de trigo o cebada— se destinaban a pasto y eran llamadas relvas. En éstas solía soltarse en las tardes el ganado, principalmente las vacas lecheras, para que pasaran la noche pastando a voluntad, y se las iba a buscar temprano a la mañana siguiente para ordeñarlas. A este régimen de permitir que el ganado comiera sólo hasta cierto punto (en las huertas) o tanto como quisiera (en la relva) se le llamaba “darle un verde” al ganado, pues verde era el pasto que en esos lugares les servía de alimento.

Esas casas tenían también, casi todas, un horno a leña generalmente ubicado en la cocina. El horno tenía forma de domo, con una chimenea que partía desde el tope del domo, y una puerta de unos 60 x 60 centímetros, ubicada a la altura de los hombros de una persona de estatura normal, altura a la que estaba también el piso del horno.

En una casa de este tipo vivía Julita, apodada La Cantona, una de las pocas mujeres “de vida alegre” que entonces había en el pueblo. Con ella vivía su madre, anciana frágil, famélica y diminuta que para nada comulgaba con el oficio de su hija, pero no tenía más opción que aguantarse.

***

Don Julián Lara, primo tercero mío —el antepasado común era mi tatarabuelo por línea paterna—, era un campesino nato, parco en palabras aunque muy acertado en las pocas que decía, que poseía el don de entenderse con los animales y amansar a los que tuvieran malas mañas. Sus “desplantes” o “salidas”, como allá se les decía a las respuestas inmediatas y sorpresivas por lo agresivas o cómicas, eran proverbiales.

También en los años 50, un pasense residente en Venezuela le regaló al pueblo de El Paso un reloj de cuatro caras para ser ubicado en lo alto de la torre de la iglesia, construida años atrás. El día que por fin lo montaron, el cura del pueblo se encontró con Don Julián y, para compartir su alegría, le preguntó:

—Don Julián, ¿qué le parece el reloj?.
—No me gusta.

El sorprendido cura volvió a preguntar:

—Pero, ¿por qué?
—Porque nunca me han gustado las personas de cuatro caras.

***

Un día, Julita La Cantona se pasó de la raya por enésima vez, y cuando supo que la Guardia Civil la buscaba para encerrarla, corrió hasta su casa, se metió en el horno de la cocina y desde allí le dijo a su atemorizada madre que si la delataba la estacaría en la huerta. Y acto seguido cerró tanto como pudo la puerta del horno y se acurrucó bien al fondo.

Al llegar a la casa de Julita, la temida Guardia Civil, que sabía que ella había entrado allí, le preguntó a la anciana dónde estaba su hija. La pobre señora, más que asustada, se limitó a contestar “Ah, ¡yo no sé!” mientras con un dedo señalaba hacia la puerta del horno.

Uno de los guardias abrió esa puerta, ordenó a La Cantona que saliera de inmediato, y ésta le dijo que lo haría pero si él miraba para otro lado, pues tendría que salir de culos y no llevaba puestas las pantaletas (bragas). Muerto de risa, según confesó después, el guardia aceptó la condición, Julita salió del horno y la Guardia Civil se la llevó presa.

Cuando al fin la liberaron, La Cantona se fue directamente a su casa, agarró por el brazo a su anciana madre y, sin más, la estacó en la huerta, frente a la casa, como si fuera una cabra, y allí la dejó hasta que la lógica y humanitaria intervención de terceros consiguió liberarla.

Enterado del caso, un vecino que en ese momento se cruzó en el camino con don Julián, le dijo:

—Don Julián, ¡qué cosas que ocurren, Don Julián! ¿¡Sabe usted que hoy La Cantona estacó a su madre en la huerta!?

Y Don Julián, sin inmutarse ni detener su marcha, contestó:

—Bien hecho, coño, ¡buena falta de un verde que tenía!

Esta expresión, al igual que algunas otras de origen similar, “hizo fortuna” en mi entorno, y así, cuando después de pasados más de dos años de roto mi matrimonio, terminó mi asignación de trabajo en Madrid y regresé a Caracas a comienzos de 1996, a mi hermana menor le llegó el chisme de que yo andaba haciendo vida social con una dama, y entre alegre y sorprendida le comentó a mi hermana mayor:

—María Celia, ¿tú sabes que Carlos está saliendo con una chica?

La simple respuesta de María Celia fue:

—Me parece muy bien, ¡buena falta de un verde que tenía!

***

Volvemos a los 50. Otra de estas mujeres de vida alegre era Layla aunque, a diferencia de La Cantona, se tomaba en serio el oficio para el que había sido cuidadosamente preparada por su madre quien usó a clientes como conejillos de indias para, en vivo y en directo, mostrarle a su entonces inexperta hija Layla qué había que hacer, cuándo y cómo.

La profesionalidad de Layla produjo réditos, y pasado algún tiempo comenzó a dar muestras visibles de un nivel de vida que por lo alto estaba muy lejos del que tuviera su madre o tenían otras damas del gremio.

Una vecina curiosa —para variar—, o tal vez envidiosa (¿?), encontró a Layla un día en la venta (abasto) de Don Vicente Pino y, ni corta ni perezosa, le preguntó abiertamente cómo hacía para vivir tan bien. La respuesta de Layla fue muy clara:

—Es que, bien administrada, la finca del medio da mucho.

2 Respuestas a [*ElPaso}-- Mujeres de vida alegre

  1. María Elena Veronese [Visitor]

    Carlos, los relatos muy buenos, las respuestas todas, absolutamente ingeniosas y brillantes.
    Saludos,

  2. Carlos M. Padrón [Member]

    Como corresponde a la gente de El Paso, Chiquitita.

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