[*ElPaso}– ‘Dándole vueltas al viento’ / Poemas de Antonio Pino Pérez – Prólogo

Bajo este título, “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez» me propongo publicar en estas secciones del blog los poemas contenidos en el libro en referencia, obra de don Antonio Pino Pérez, Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso, Cruz de Beneficencia, dentista, escritor y poeta.

Adjunto foto de cómo recuerdo a ese hombre, corpulento y de verbo apasionado, que con su constante quehacer dejó honda huella en su pueblo natal, del que fue dos veces alcalde, y en todos los que le conocimos.

En esta primera entrega va el prólogo al libro en referencia, con nota previa de los tres hijos de don Antonio Pino. De ellos, Juan Antonio, amigo mío desde nuestra primera juventud (aparece, al igual que yo, en la foto que acompaña al artículo “Don Salvador Miralles Pérez. In Memoriam – Homenaje póstumo en El Paso“), me ha hecho llegar el material de esta publicación y de la que acerca de su padre he hecho ya (“Ni el rencor los nombra“) y me propongo hacer.

Muchas gracias, Juan Antonio. Si mal no recuerdo, la última vez que nos vimos fue hace 43 años (1964), pero espero que nos veamos —un poco más jóvenes, por supuesto— este próximo mes de junio.

Carlos M. Padrón

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Queridos amigos:

Decimos amigos porque los que se interesen por estas poesías son, en su mayoría, amigos palmeros y/o admiradores de nuestro padre, Antonio Pino Pérez.

Son muchas las personas que nos han pedido su libro “Dándole vueltas al viento”, hace tiempo editado y agotado.

Al Ayuntamiento de su pueblo, al que tanto sirvió, le hemos pedido una segunda edición, que se difumina con aplazamientos y promesas dudosas. Por eso lo ponemos a tu disposición por este maravilloso medio por el que a nuestro padre le hubiese gustado que volaran sus poemas. El libro tiene derechos de autor, que en su ausencia son nuestros y tenemos la plena conciencia de que él, nuestro padre, hubiese disfrutado poniéndolo a la disposición de todos.

María Lourdes, Juan Antonio, y Rosario Pino Capote.

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PRÓLOGO
A cargo de Pedro Hernández

Al libro “Dándole vueltas al viento”
Selección de poesías de Antonio Pino Pérez
Editado por el CENTRO DE LA CULTURA POPULAR CANARIA
Primera edición: Agosto de 1982

En las más o menos breves y precisas dimensiones de un prólogo —en este caso para un libro de versos de un vate palmero, Antonio Pino Pérez— tal vez me resulte difícil decir cuánto creo y pienso de este escritor amigo. Pero me complace el cometido de dar paso a un poético mundo que se nos muestra familiar, en el que es raro el tema que no aparece enmarcado en nuestros paisajes —de la isla o del alma— tiernamente coloreados de vida. No pretenderé, y claro está que sería vano el intento, hacer ni siquiera un somero estudio crítico de la obra de Antonio Pino, pero sí exponer la creencia de que, al menos mientras haya almas sensibles y andariegas que transiten por los soñados caminos de Machado —y las habrá siempre— no faltará quien le recuerde. Y los que antologicen a los poetas de las Islas no deben olvidarle.

Nació Antonio Pino Pérez en El Paso, un bellísimo pueblo con título de ciudad, término éste que no me gusta emplear porque, cuando menos, me sugiere la idea de terquedad en las trasnochadas urbanizaciones que, por desgracia, ya ensucian algunos inaguantables panoramas de diversos lugares palmeros.

El Paso es un encanto, un primoroso retazo de la Naturaleza, un regalo de Dios. En El Paso, metido en sus huertas, en sus jardines, en sus cumbres, integrado en la universal armonía de las cosas, el hombre se siente otro hombre. Fueron estos idílicos parajes, su luz, su aire, lo que marcó desde su infancia y para siempre a Antonio Pino. En plena juventud, como tantos canarios, pensó que el mundo era algo más que la paz paradisíaca y la belleza cósmica y también la melancolía de una isla que el mar aprisiona. Se sintió con alas y voló. Anduvo por América y Europa. Conoció muchas gentes. Tuvo contactos con figuras preeminentes de las letras y de las ciencias. Supo lo que era el mundo, en el que vivió con la impetuosidad y la fogosidad de sus años mozos. Volvió a la isla, su isla, porque era su destino. Auscultó el corazón de la tierra en que tenía sus raíces, y sintió de nuevo el latido de su corazón ilusionado de poeta. Tenía fe en él y en su energía —que a veces se le hacía generosa flexibilidad— para, sin doblegarse, vencer adversidades.

Por entonces le conocí, y nuestro mutuo afecto se mantuvo invariable hasta su tránsito. Charlar con él de temas literarios era una delicia. Luchaba como un aventurado idealista en la defensa de intereses públicos, acaso soñando, fuera de la realidad circundante y viviente, en un mundo romántico que había de traer reivindicaciones, engañosas o no, pero en las que creyó firmemente. Tal vez eran sueños que él, al fin poeta, pretendía vertebrar, para poder configurar realidades que nos acercaran a un mejor destino. Y ya no quiso apartarse nunca más de su vieja Benahoare [1].

En el campo de las Letras, no cesó de bregar, sobre todo en la prensa diaria, firmando artículos con su nombre o con pseudónimo, en los que trató variados temas, principalmente relacionados con problemas insulares. Como poeta, su producción es importante. La recopilación hecha en este libro es sólo una muestra de su quehacer, pues habrá que recobrar, de entre sus papeles y de periódicos y revistas en que se hallan dispersas, otras composiciones que están ausentes en estas páginas. Y tampoco hay que olvidar que sólo dio a la publicidad una parte de lo escrito.

En sus versos, rítmicos y sonoros, se encuentran perspectivas y cuadros psicológicos que pudiéramos encuadrar en las corrientes realistas de su primera época, a la que siguió fiel. Y él puede ser uno más para corroborar cuanto se nos ha dicho respecto a que “toda poesía hecha en Canarias estuvo sostenida por sus modelos españoles”, si bien, en este caso, habría que agregar, como matización de algo perceptible en algunos de sus trabajo, que el poeta vivió parte de su juventud en la América hispana, donde, en las postrimerías del XIX, dominó el realismo que había imperado en la literatura narrativa francesa.

La melodiosa fluidez, la sencillez y colorido, la vigorosa línea expresiva, sus cambiantes panoramas —en los que la palabra se hace luz y sombra, sima o altura, pincelada de amor a nuestra tierra visión emocional, vuelo sinfónico—, su simplificación de temas, su técnica, que tal vez llamaríamos impresionista, todo puede contribuir a afirmarnos en la creencia de que Antonio Pino no pasará inadvertido, y figurará, de pleno derecho, entre los poetas de las Islas, aunque bien conocida es la costumbre de nuestros antologistas e historiadores de la literatura canaria de eliminar en sus libros a los poetas palmeros. Que sepamos, sólo José Quintana, que en su interesante y amplia obra “96 poetas de las Islas Canarias” habla del gran valor que representa la aportación palmense, muy original en la poesía canaria, al acervo cultural isleño, no se olvida de citar a Antonio Pino, nuestro poeta.

La poesía de Pino tiene derivaciones de la más relevante lírica canaria de su tiempo. En ella se perciben sonoras ráfagas que nos traen ecos de Gutiérrez Albelo. Es poesía humana, cuajada de ternura, alguna vez truncada por aletazos en los que se descubre, con insobornable firmeza, un anhelo de libertad. En el devenir de sus días, él —que vivía a compás de las viejas y de las novísimas oleadas poéticas, de los movimientos literarios y de las evoluciones creadoras, incluso más allá de los ámbitos nacionales— sintió y escribió con optimismo, sin pararse a pensar en “nuestra adversa circunstancia de marginación y aislamiento”, citada por Sebastián de la Nuez en un magistral estudio sobre la poesía canaria contemporánea.

¿Pero es que existe para los poetas esa adversidad? El académico José María de Cossío habló una vez de la incuestionable vocación y valía poética y la españolidad de los hombres de nuestras islas. “Es una parcela de la sensibilidad española —decía— que en el campo de la poesía cobra proporciones extraordinarias por la cantidad y por la calidad”. Y aún añadía que las alusiones geográficas o costumbristas de estos poetas son “el medio de asomarse a lo universal”. Alguien ha querido ver en los acentos intimistas de Pino unas señaladas limitaciones que no existen. Lógico es que, en la mayoría de los poetas canarios, prevalezca fundamentalmente, junto a las personales querencias, el tema de las Islas, pero no puede negarse que ambas cosas son plenamente universales en sentimientos y calidades, aunque aliente y aniden en el “a-isla-miento” que nos señalara Unamuno. Las noches de rosas blancas que dejan un luminoso aroma sobre el alma, de que también hablara el maestro, se deshojaban para nuestro poeta, más que en el mar, tierra adentro, en las tardes doradas de Aridane, y en las cumbres y en las nubes de su vida isleña.

En la sinfonía de sus poemas evocó al aurita mundo prehispánico, con sus moradores y sus héroes de leyenda, entre arboledas, tierras volcánicas y “cabocos”. Penetró en lo que llamaríamos la primigenia y estoica filosofía de nuestros aborígenes, anhelando descubrir el alma de la raza. Vibraron las notas líricas en la percepción de los hechos históricos, en los cantos descriptivos de la geografía insular. Todo lo entretejió de recuerdos nacidos de su mundo introspectivo, en el que oyó “el inefable rumor que sólo los poetas escuchan”. Sus versos, más de una vez, nos llevaban a las atinadas palabras del erudito crítico Pérez Minik, cuando, al ofrecer una visión panorámica de nuestra poesía, dice que parece inclinarse “hacia una inteligibilidad de la Naturaleza y del hombre como paisaje; y a este paisaje y a este hombre quiso acercarnos con sus poemas Antonio Pino, aunque a veces sintiera el desconsuelo de ver baldíos sus deseos. Pero él sabía lo que, un día, con exacta palabra, expresó García Cabrera: “Siempre pueden quedar soterradas parcelas de soledades, los entresijos sordomudos de su intimidad, a los que todavía no han podido poner a flote los signos del lenguaje”. Peregrino de sueños y artífice de palabras, las emplea con grácil elegancia, con la armonía rubeniana de que sabe mirar al propio tiempo a la tierra y al cielo. Padrón Acosta escribe de un antiguo vate palmero, que era “lírico adorador de todo lo que su isla encierra”, y en él priva “el amor a lo brillante, que tanto caracteriza a los hijos de La Palma. Lo mismo puede aducirse respecto a Pino, aunque ya no se enciendan, como entonces, las bengalas de la retórica del ochocientos, y alguna vez sus rumbos le inclinen hacia nuevas formas innovadoras que le atraen.

Ignacio Aldecoa nos dijo que llegar a La Palma era tocar la linde del paraíso. Y nos recordó que “la isla se llama de San Miguel de La Palma. Nombre de arcángel combatiente y nombre de planta del paraíso”. Antonio Pino no lo olvidó nunca. Combatió y cantó. Su temperamento, a veces impetuoso, solía deshacerse en la elegancia alada de sus declamaciones, en las que revelaba las torturas de su espíritu o la serenidad que le conformaba y elevaba. Los que bien le conocimos sabemos del cabal retrato que hizo de sí mismo en su bello soneto “Soy”.

Remozador de valores humanos, en confusos días de incontrolables exaltaciones públicas, supo contener los desbordamientos con su palabra, y recobrar la paz. En la paz cultivó con gran cariño, como el poeta del Caribe, la rosa blanca de la amistad sincera. Y volvieron a nacer sus poemas con hálitos campestres, frescura de altas cubres, fragante aroma de égloga, blancas caricias de brumas y de brisas, nieve de almendros y sombra de pinares; mientras, más alejados de los temas cotidianos, brotaban otros que despiertan hondas meditaciones y se alzan en sutiles imágenes. Ya no hay temor de que se pierda en los dédalos incomprensibles de abstractas ideas, pues sólo piensa en valores trascendentes, de los que pueden dar sentía a una vida. Esta temática lo eleva en sus alientos místicos y en su fe. Y fulge en los versos, con desnuda piedad, su religioso espíritu.

Los años fueron aminorando energías, depurando lirismos, difuminando estampas de otros días. Llegó el dolor, con su cortejo de signos misteriosos. Se sentía el poeta en su vital plenitud, cuando pronto vio como, irremediablemente, la vida se le iba. Y nos dijo adiós, en unos versos. El acorde final. Pero ya no eran aquellos tornasolados endecasílabos de ayer, sino otros de serena amargura, de resignada conformidad, de cristiano y definitivo balance. La idea de la muerte le enturbia las palabras, si bien sigue lúcido y alto el pensamiento:

Examina paciente cuanto hiciste,
cuanto no hiciste y pudiste hacer.
Y mesúrate bien en lo que fuiste
porque hacia atrás ya no podrás volver.

Prepárate a morir. Muere sin pena
si tu deber has cumplido al pasar,
y de entregas y amores está llena
esa vida fugaz que va a expirar.

Ahora, Rosario —hija del poeta, inteligente, buena, que sigue adorando y admirando a su padre— ha recogido una parte del hermoso legado que a todos nos dejó él, y se ha dispuesto a publicar el libro que tienes en tus manos. A ella le debo el grato encargo, que sólo justifica la amistad, de prologarlo. Adéntrate en sus páginas, lector, y serás uno más en creer que nunca faltarán estos versos, y que sustenten, con auríferos soportes, la noble arquitectura de sus estrofas.

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[1] NotaCMP.- Benahoare es el nombre que los guanches (aborígenes) de La Palma daban a su isla.

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