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[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: (3/8) Manuel Fierro Sotomayor, y la independencia de Venezuela

MANUEL FIERRO SOTOMAYOR
(1752-1828)

El oficio que de parte de Miyares entregó Fierro a Monteverde, fechado en Puerto Cabello el 26 de julio, decía: “Mi carácter es, por fortuna mía, bastante pacífico para desear que estas desagradables ocurrencias terminen del modo que conviene al servicio del Rey, a la tranquilidad de estas provincias y al honor de entrambos, y a fin de que así pueda conseguir sin estrépito, sin escándalo público y sin dilaciones perjudiciales, he comisionado al coronel don Manuel Fierro para que, entregándole este oficio, pueda enterar a usted de los sentimientos que me animan y ser nuestro iris de paz”.

Asi, provisto de los pliegos de instrucciones necesarias, llegó Fierro a Caracas el 2 de agosto, y allí, auxiliado por el Arzobispo de la Diócesis y el Marqués de Casa-León, procuró cortar las diferencias que existían entre Monteverde y Miyares, haciendo comprender al primero que podía ocasionar a la nación graves perjuicios la desunión de ambos jefes.

De estas conferencias no pudo sacar resultado positivo alguno, y sí la convicción de la existencia del oculto complot que se fraguaba y las consecuencias funestas que de él iban a resultar. En el oficio con que Monteverde respondió a Miyares decía: “En esta virtud, después de haber conferenciado detenidamente con el coronel don Manuel Fierro, a quien V. S. destinó a este efecto, estoy convencido de que es indispensable insistir en mi anterior insinuación”.

De regreso a Puerto Cabello, dio cuenta a Miyares de lo infructuoso de su comisión, y así como Monteverde había creído que las reflexiones de Fierro para que entregara el mando a Miyares habían nacido más de su inclinación a este General que del escándalo que causaría la separación de la Provincia de la autoridad del Jefe nombrado por el Supremo Gobierno de España, así también Miyares creyó que Fierro no había llenado
cumplidamente su cometido por ser pariente, aunque lejano, de Monteverde. ¡Desesperada y dolorosa situación!

Miyares dispuso inmediatamente su salida para Coro, y con fecha 13 de agosto pasó oficio a Fierro ordenándole que se quedase en Caracas a las órdenes de Monteverde. Resentido Fierro de la conducta de su General hacia él, contestole dicho oficio el mismo día con otro, enviado desde Puerto Cabello, que decía: “Respecto de que V. S. considera el que en obsequio del servicio me quede en esta plaza a la disposición del Comandante en Jefe, don Domingo de Monteverde, obedezco a V. S. con la seguridad del acierto; pero en atención de que tengo entendido está despachada mi solicitud de retiro a las Islas Canarias, y que la postración en que me tiene el achaque que padezco no me permite ocupaciones activas, aguardaré que V. S. me comunique aquella gracia y solicitar mi pasaporte para efectuarlo”.

Miyares accedió a los deseos de Fierro, y, en cumplimiento de su deber como caballero, le remitió, en oficio de 10 de septiembre, su Real Despacho de Brigadier de los Reales Ejércitos, y le participaba su agregación de Coronel con el sueldo de reglamento, al Estado Mayor de la plaza de Santa Cruz de Tenerife, tan satisfactoria noticia la comunicó el nuevo brigadier a Monteverde, manifestando que pasaría personalmente a presentarle su Real Despacho tan pronto como se lo permitiera su quebrantada salud.

Pronto estuvo en estado de hacer el viaje, y el 20 de octubre 1egó a Caracas con objeto de arreglar y poner en orden los cuantiosos bienes que aquí había heredado de su tío don José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz, y se impuso, con sorpresa, de que las proclamas de Monteverde publicadas en los días 2, 3 y 5 de agosto ofreciendo a los caraqueños un completo olvido de lo pasado, no se habían cumplido, antes, por el contrario, se estaban haciendo multitud de prisiones.

No quería que estos habitantes, entre quienes había vivido trece años, le confundiesen con aquellos violadores. Y dada la circunstancia de que había sido expulsado de Caracas el 19 de abril de 1810, y podían creer que venía para ejercer crueles venganzas, aceleró el arreglo de sus asuntos con objeto de regresar a Canarias cuanto antes. Pero Monteverde no se lo permitió, disponiendo que, en atención a la falta de jefes y oficiales que había en Caracas, continuase aquí a sus órdenes.

Este mandato contrarió mucho a Fierro, porque, viendo por una parte el clamor general del vecindario, de que se faltaba a lo capitulado, y por la otra la discordia que mediaba entre las autoridades, algunas de las cuales influirían poderosamente en el ánimo de Monteverde para que usara el rigor con el pueblo, llegando a hacerse sospechosas a éste aquellas personas que opinaban de distinto modo, y mirándose como un crimen el visitar a los patriotas y tener trato con ellos, estaría expuesto el honor militar de Fierro por ser partidario de la conciliación y de la paz. Sin embargo, en fuerza de aquella orden superior, fue preciso quedarse en Caracas a las órdenes de Monteverde y arrastrar las consecuencias de los acontecimientos que se preparaban.

El 29 de noviembre se publicó la Constitución Política de la Monarquía por el Estado Militar, el 2 de diciembre lo hizo el Cabildo, v el 3 fue la función en la Iglesia, y en estos mismos días dio parte el Comandante Militar de La Victoria, de que allí se tramaba llevar a cabo para la Nochebuena una conspiración en contra del Gobierno.

Esta noticia inquietó mucho a Monteverde y le sugirió la idea de celebrar una junta para tomar las medidas de seguridad oportunas. Esta junta la formaban Monteverde; don Femando Monteverde, tío de don Domingo; Fierro; don Gonzalo María de Orea, comerciante; don Antonio Gómez, médico; fray Juan José García, de la Orden de Predicadores; don Vicente Linares; don Juan Esteban Echezuría; don Pedro de la Mata; don Jaime Bolet; don Juan Manuel Tejada; don Manuel Rubín; don Pedro Benito Vidal, Oidor; don Antonio Tiscar, Oficial de Marina; el Marqués de Casa-León; don Luis Escalona; doctor José Manuel Oropesa, abogado asesor; los presbíteros, doctor don Juan Antonio Rojas Queipo, y doctor don Manuel Vicente de
Maya; y don Manuel Linares.

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