[*FP}– Barú, turismo de aventura: El reencuentro

21.03.08

Carlos M. Padrón

PARTE I

Allá por 1981, Chepina, cuya hija era aún bebé, contrató los servicios de Mariela, una joven colombiana, para que la ayudara en las labores domésticas, y sobre todo en el cuidado de la bebé, mientras ella, Chepina, trabajaba en IBM, y algunos años después, además de mantener ese trabajo, también estudiaba Mercadotecnia.

(Mariela Zúñiga)

En 1986 Mariela decidió regresar a Barú (Cartagena, Colombia), su pueblo natal, situado en lo que llaman una isla del Archipiélago del Rosario, frente a Cartagena, y digo “en lo que llaman” porque, como puede apreciarse en el mapa que sigue, Barú es una península.

Tal vez fue isla en los tiempos de la Colonia, pero siendo de bajo fondo el brazo de mar que la separaba del continente, los manglares ocuparon esa área, señalada en el mapa como Ciénaga Honda, y hoy día aparece como península. Esto es sólo una suposición de Chepina y mía, ya que no pudimos encontrar quien nos diera una mejor explicación a lo de isla.

Desde 1986 Chepina no volvió a ver a Mariela, pero mantenía hacia ella un permanente recuerdo y un gran afecto por lo mucho y bien que la había ayudado, y  de ahí que, cada vez más, expresara su deseo de ir a Cartagena y de allí a Barú a reencontrarse con Mariela.

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(Chepina y su hijo Henrique en 1981, el año en que Mariela entró en sus vidas)

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En febrero de 1998 estuve en Cartagena y supe cómo es su clima,… o al menos eso creí.

Por un problema de salud —tal vez innato en mí pero que se manifestó desde la primera vez que fui a una playa en Venezuela, y que en los años ’60s me diagnosticaron como variante de hiperventilación— el calor a nivel del mar, y el aire denso y preñado de humedad, me hacen sentir muy mal. Me siento alicaído, con dolor de cabeza, mareos, empapado de un sudor frío, y con una desesperante sensación de estar en un segundo plano, de que voy lento, cada vez más lento y alejado de la acción que a mi alrededor transcurre a una velocidad que yo, por más que me esfuerzo, no logro alcanzar porque, además, no puedo pensar bien, todo lo cual me pone irritable.

El único paliativo que contra esto he encontrado es fumarme un cigarro puro, recurso que descubrí en 1965 durante la boda de un amigo pasense que en la correspondiente celebración cumplió con el muy palmero ritual de distribuir cigarros puros entre los invitados varones.

En mi desesperación —pues la tal celebración tuvo lugar en San Felipe (Edo. Yaracuy, Venezuela) en una finca de cambures (plátanos) y con un para mí insoportable nivel de humedad y una alta temperatura a pesar de que fue en la noche— tomé un puro, lo encendí y, para no molestar con el humo a las asombradas personas que me acompañaban en la mesa y que jamás me habían visto fumar porque yo no era fumador, me interné entre las plantas de cambures, y después de unas diez chupadas al puro mi malestar desapareció como por arte de magia.

Barú y alrededores

Desde entonces, y aunque sigo sin ser fumador, cada vez que he viajado he llevado conmigo una dotación de cigarros puros comprados en La Palma (Canarias).

Unos 50 me duran más de dos años, pues evito tanto como puedo caer en la maldita combinación de calor + nivel de mar + mucha humedad, muy abundante en el trópico donde el común de los mortales ama la playa, que yo detesto. Amo las temperaturas de entre 15 y 20°C, y el aire ligero que suele encontrarse en lugares altos y montañosos, combinación que me permite ir totalmente vestido y un tanto abrigado, y sentirme así muy bien.

Y es que en materia de vestimenta no tengo términos medios: o estoy totalmente desnudo (para la práctica de deportes de cama, pues si es para dormir uso pijama de cuerpo entero) o estoy totalmente vestido. El andar semidesnudo, como suele andar la gente en las zonas de playa —si es que no andan disfrazados de mamarrachos, con shorts o bermudas, en chancletas o descalzos, y con el ombligo al aire— no va conmigo.

Para empeorar esta condición, sufro de alergia a los cambios de temperatura, y si en medio de un cuadro climático como el descrito se me ocurre despojarme de algo de ropa, de inmediato me resfrío. Por tanto, siempre ando con camiseta que me arrope bien la garganta, y a veces también con chaqueta.

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A pesar de mis temores al asunto climático y, como al fin y al cabo sobreviví a mi estada en Cartagena en 1998, decidí llevar a Chepina a Barú este mes de marzo, con motivo de su cumpleaños. El pasado diciembre compré los pasajes, y Chepina, por internet, reservó el hotel.

Para aumentar mis renuencias y suspicacias, ocurrió lo del problema entre Venezuela y Colombia, y con él aumentaron mis temores de perder tal vez los pasajes, y mis dudas sobre la posibilidad de viajar bajo riesgo de entrar a Colombia pero tener problemas para salir, de que los colombianos se mostraran hostiles hacia los venezolanos, etc. Pero el impasse se resolvió, y el sábado 15/03/2008 viajamos a Cartagena vía Bogotá.

La Cartagena que encontré ahora está más cuidada y hospitalaria que hace 10 años, pero también más cara, pues ha caído en esa plaga llamada turismo.

Legiones de barrenderos, uniformados y hasta con tapabocas, la mantienen relativamente limpia, y la cantidad de buhoneros que importunan a uno en las calles es sólo superada por la cantidad de taxis cuya tarifa básica, para un trayecto de apenas 10 a 15 minutos, es de 5.000 pesos (aproximadamente $2.00), mientras que un taxi de la parada del aeropuerto de Bogotá cobra 15.000 pesos por hora.

Un detalle no muy bueno para conservar al turismo es que, aunque el hotel que Chepina reservó se anunciaba como de 3 estrellas, con aire acondicionado y con precios propios de tal categoría, en realidad no llegaba ni a dos.

Si bien la habitación tenía baño privado —el colmo sería que no lo tuviera, en cuyo caso yo no me habría quedado en él— de la ducha, que era eléctrica, lo que salía era un menguado chorrito de agua apenas tibia y que caía verticalmente, con lo cual había que hacer cabriolas si uno no quería mojarse la cabeza.

Bidet no había, y la llave de agua caliente del lavamanos estaba de adorno, pues nada salía por ella, con lo cual opté por afeitarme, y sólo superficialmente, cada dos días, pues para darme una afeitada en regla necesito agua casi hirviendo. Si no es así, hasta me hago sangre en la cara, pues además de que mi piel es “delicagadita”, el vello de mi barba tiene consistencia de alambre y crece anárquico en todas direcciones.

Y como el espejo situado sobre el lavamanos no tenía luces a su alrededor, mi afeitada era casi adivinando, pues la única luz del baño estaba en el techo y provenía de una bombilla de apenas unos 40 vatios.

La cama de la habitación, que aunque dizque para dos personas no llegaba ni a tamaño queen, tenía una sola mesa de noche en la cual no había siquiera una lámpara.

La única luz de la habitación estaba en el techo, era de unos 60 vatios, y su interruptor quedaba a medio camino entre la cama y la salida de la habitación, por lo cual tuve que hacer uso de los recursos que siempre que viajo llevo en el por mis hijas bautizado “Bolso de Macyver”, y sobre la única silla que allí había, y que acerqué a mi lado de la cama a guisa de mesa de noche, coloqué una linterna para poder llegar sin tropiezos a la cama una vez apagada la ventiúnica luz, o para alumbrarme si necesitaba luego llegar al interruptor y no correr el riesgo de golpearme contra el filo del vidrio de una pequeña mesa ubicada justo debajo del interruptor y sobre la cual estaba el teléfono.

El aparato de aire acondicionado, que era del tipo llamado de ventana, caía en la categoría del llamado aire “acondisoplado” —muy frecuente en Europa— pues aunque colocado para que enfriara al máximo, yo dormía apenas cubierto con una sencilla sábana.

Como se ve, era una habitación “muy funcional”.

En lo tocante a seguridad, la puerta principal carecía de cerradura interna, de la cual carecía también la puerta que comunicaba con la habitación contigua y contra la que coloqué las maletas porque no tenía yo garantía de que no pudiera ser abierta desde esa habitación vecina. Así, si alguien intentaba entrar a la nuestra, la puerta tropezaría con las maletas y el consiguiente ruido nos alertaría.

Como se ve, era una habitación “muy segura”.

Si bien detesto los hoteles de lujo —los llamados de 5 estrellas— y las veces que en ellos estuve fue por decisión de IBM, me encantan los que en USA llaman “business hotels” (= hoteles para asuntos de negocios), que son tremendamente funcionales y que nunca he encontrado fuera de USA. Y creo que los moteles decentes, sobre todo ésos en los que uno puede estacionar el carro (coche) frente a la habitación, son una gran invención.

Sin embargo, aunque cabría suponer que las estrellas indicativas de la categoría de un hotel son válidas a nivel internacional, y que su valor representativo es el mismo en cualquier lado, no es así, pues ya supe que no lo son en Marrackech, y ahora averigüé que tampoco en Colombia.

Las dos última veces que he estado en Santa Cruz de Tenerife me he alojado en un apartotel cuyos apartamentos son para mí el ideal para vivir: un dormitorio grande con un closet de pared a pared, mueble gavetero con escritorio incorporado, TV, y una gruesa cortina que cubre totalmente el ventanal y permite oscuridad casi total; salón amoblado, también con TV, Internet, aire acondicionado, y mesa de trabajo; cocina bien equipada; y un baño con todas las piezas, repisas grandes y amplias, y una bañera grande con una regadera de la que fluye agua abundante a buena presión. Categoría de ese apartotel: 3 estrellas. Entonces, ¿de dónde salen las 3 estrellas del hotel de Cartagena?

Habiendo yo vivido en pensiones 5 años de mi vida (4 en Tenerife y 1 en Caracas), y habiéndome quedado como huésped en varias de ellas en diferentes ciudades de Venezuela mientras en los años ’60s trabajé en Olivetti, puedo asegurar que ese hotel, si dejamos de lado el baño privado, el teléfono y la TV, no pasa de ser una pensión glorificada, por lo cual, como la primera noche no pude casi dormir, las noches subsiguientes, y a pesar de la inseguridad, tuve que tomar doble dosis de somnífero.

Pero hay más. La Cartagena de marzo/2008 estaba también más calurosa que la de febrero/1998: a las 08:30 de la mañana los termómetros ubicados en las calles de la zona hotelera marcaban 32°C, la humedad era altísima, el sol era como para derretir las piedras, y yo me sentía desfallecer.

La noche del domingo 16 era tal el calor que busqué refugio en el único de los restaurantes, de los alrededores del hotel, que tenía aire acondicionado, sin importarme si la comida era buena, regular, mala, peor, barata o cara. Ha sido la única vez en mi vida que he deseado que el servicio de camareros fuera lento de verdad, que tardara lo más posible.

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Comentarios a Parte I

Comment from Adolfo Blanco [Visitor]
Time 21/03/2008 at

En este relato suenas casi casi como el Gabo… ¿Será por lo de Cartagena o porque pareciera que estás hablanco de Macondo…?

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Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 21/03/2008 at

Dudo que el Gabo pueda expresarse así de mal de su tierra, aunque a lo mejor sí coincido con él en mi apreciación de Barú.

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Comment from Roberto [Visitor]
Time 22/03/2008 at

Siento lo del hotel y demás pero tu relato es magnífico. !Espero la segunda parte!

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Comment from Carlos M. Padrón [Member]
Time 22/03/2008 at

Gracias, Roberto. Ya estoy trabajando en esa segunda parte.

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Comment from Maria Elena Veronese [Visitor]
Time 28/03/2008 at

Esto 100% de acuerdo contigo, he estado en Cartagena 3 veces (demasiadas para mi gusto), aunque me he alojado en hoteles creo que 3 estrellas, el calor es insoportable. Me encanta tu relato…

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PARTE II

Para iniciar el tour —para mí, zafari— a Barú, a las 08:00 de la mañana del domingo 16/03 nos recogió en el hotel un vehículo llamado “chiva” que es un autobús muy ancho, con asientos en filas transversales abiertas por sólo el costado derecho, y decorado con abalorios de todo tipo (espejitos, tablitas multicolores, cueros repujados, figuras de santos, y otros detalles igualmente cursis e inútiles),

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Apenas subir a la chiva fuimos acosados por los buhoneros que vendían lentes (gafas) de sol, gorras “de hasta 8 funciones”, collares, sortijas, etc., y que no paraban de hablar exponiendo las bondades de sus mercancías.

Para el momento, ya mis aprensiones habían aflorado, y empeoraron cuando en la segunda parada luego de salir de nuestro hotel escuchamos como Ingrid, nuestra guía para ese tour, mientras hablaba por radio, con no sé quién, dijo: “Sí, ya el Sr. Padrón y la Sra. Chepina están en la chiva”.

“¿Qué diablos está pasando aquí? —me pregunté con renovada suspicacia—. ¿A quién carajo le importa si ya estamos o no en este carromato?”

Cuando la chiva completó su periplo por no sé cuantos hoteles hasta que todos los puestos estuvieron ocupados, nos dejó en el puerto de Cartagena donde abordamos una lancha de dos motores fuera de borda y con capacidad para unos 60 pasajeros.

Nuestra lancha era de este tipo

Al abordar, nos obligaron a ponernos chalecos salvavidas,

La incipiente sonrisa por la proximidad a la meta que se divisa allá en el horizonte


La resignación

Y una vez recibido el permiso oficial, la lancha partió a full chola (toda pastilla) hacia la Isla del Encanto, un lugar netamente turístico al estilo moderno, que de isla no tiene nada, pues está donde termina la línea roja que parte desde la Bahía de Cartagena y que indica nuestro recorrido de ida. (En el de regresó entró por Bocachica, el estrecho junto al número 66).

Durante el trayecto, que tomó una hora, Ingrid —bilingüe y bien preparada— recitó su letanía, y yo, como siempre desde hace muchos años, volví a sentir lástima por quienes ejercen este trabajito que les obliga a repetir cada día la misma cantaleta, con los mismos chistes, advertencias, etc.

Ingrid impartiendo instrucciones

Lo último que a Chepina le habían dicho era que Mariela vendría desde Barú a reunirse con nosotros en Isla del Encanto, así que al llegar a ese lugar tomamos asiento y nos pusimos a esperar la llegada de Mariela.

Terminal turístico de Isla del Encanto visto desde el mar

De pronto alguien dijo: “Al Sr. Padrón y a la Sra. Chepina los buscan los de lancha que está en el muelle”, y al mirar hacia el muelle vimos una pequeña lancha con motor fuera de borda y dos hombres dentro de ella.

Al entusiasta “¡Vamos!”, que de inmediato me espetó Chepina, respondí, más suspicaz aún, que lo de la tal lancha no estaba en el programa, que ésta había salido de la nada, y que por qué teníamos que montarnos en una lancha cuyos ocupantes eran unos desconocidos que igual podrían ser de las FARC.

Pero Chepina se mostró muy confiada, y yo, víctima de la pesadez y lentitud de reflejos de la condición climática que me pone apático e incapaz de reaccionar normalmente, acepté, subí a la lanchita y nos sentamos en la tabla transversal del centro teniendo a nuestra espalda al piloto, y de frente a un hombre gordo con cara de pocos amigos.

La lanchita arrancó a full chola hacia mar abierto, y de pronto dobló a la izquierda, atravesó un estrecho paso entre macizos de manglares, se adentró en una laguna, y en menos de 5 minutos (tal vez menos, pero el susto hizo que me parecieran más) de haber salido de Isla del Encanto, llegamos a Barú, que desde el mar se vimos así:

Cuando, para mi tranquilidad, pusimos pie en “el muelle internacional de Barú”, uno de los

“Muelle internacional” de Barú

dos hombres le dijo a gritos a una niña que estaba en tierra firme que nos llevara donde Mariela —personaje que, como supimos luego, es como un ícono en esa zona, más que conocido de todos y responsable de los hechos que me pusieron suspicaz—, así que seguimos a la niña hasta que entramos en “downtown Barú” y poco después en la “Barú main street”.

Barú main street, con su “alta congestión” de tráfico automotor, como en todo el poblado,… en el que sólo hay alguna que otra moto

Y allí, bajo uno de los árboles, esperaba la tan buscada Mariela.

El abrazo entre ella y Chepina fue del tipo que cabe esperar después de 22 años sin verse.

Y Juanchito, el hijo de Mariela, quien lucía así cuando de pequeño vivió en casa de Chepina,

y que había expresado serias dudas acerca de que ésta fuera a Barú, al fin lo creyó cuando la vio allí y pudo abrazarla.

y posar luego a su lado para esta foto,

Y aquí, Chepina junto a Juancho, el marido de Mariela y padre de Juanchito,

Luego de todos los abrazos y presentaciones, otra foto con pose:

El almuerzo, a base de pescado fresco, fue en casa de Mariela y con bastantes vecinos congregados en el terraplén frente a esa casa, y en el exterior de las casas vecinas, atraídos, supongo, por la novedad de nuestra visita.

Camino hacia el “muelle internacional de Barú”, y muy cerca de éste, un niño almorzaba feliz sentado a horcajadas sobre el mostrador de un “restaurante 5 estrellas” que anuncia su menú en un gran cartel.

Y cuando una niña que estaba dentro del local se percató de que yo iba a tomarle una foto al niño, vino corriendo y se colocó junto a él.

A las 02:45 de la tarde abordamos, en el “muelle internacional de Barú”, esta lancha,

que, junto con Mariela, Juancho y Juanchito, nos llevó hasta Isla del Encanto desde donde a las 03:33 partimos, con mar picada y grandes saltos de la lancha, hacia la bahía de Cartagena, a la que llegamos, sanos y salvos —yo no lo podía creer— a las 04:30.

El domingo 16 de marzo de 2008 será recordado en los anales de la “metrópolis” de Barú como —parodiando a Woody Allen— “El día en que Chepina reencontró a Mariela”, y los baruleros (que éste es su gentilicio) recordarán también que Chepina llegó acompañada de un extraterrestre rubio y medio loco, pues sólo ese origen y condición puede tener —pensarán ellos— alguien que va al hirviente Barú vistiendo camiseta bajo una camisa de manga larga, pantalón de jean, y calzando sneakers (tenis) con medias gruesas y de caña alta hasta justo debajo de la rodilla.

Dejando de lado el sarcasmo, debo reconocer que la visita a Barú fue para mí como un viaje en el tiempo hacia una comunidad afroamericana de corte tribal que está a menos de 5 minutos en lancha desde un centro turístico del siglo XXI, y en la que todos parecen ser parientes en algún grado, y, por lo que vi, viven en paz y gracia de Dios, tienen abiertas siempre sus casas, y llevan una vida frugal con un mínimo de ropa y cero calzado, pues todos, tanto niños como adultos, andan descalzos.

El altruismo de esta gente tiene en Mariela un claro exponente, pues cuando hace años una de las mujeres del pueblo, que ni siquiera era pariente de Mariela, dio a luz a una niña, tuvo problemas después del parto, y al saber que iba a morir le pidió a Mariela que cuidara de su hija recién nacida.

Al morir la madre, Mariela —y no para liberarse de ninguna responsabilidad sino para cumplir con una— buscó al padre de la criatura y le preguntó qué se haría con la niña. El hombre contestó que él no la quería, que Mariela y Juancho la registraran como suya, y se la quedaran.

Y así se hizo, sin mayor preocupación, estoy seguro, acerca de cómo o con qué recursos criarían ellos a esa niña. Pero Nathalie, que así se llama, tiene hoy 9 años y es el amor de Juancho que anda con el seso sorbido por esa niñita, que aparece en esta foto junto a Mariela y a Chepina

Mariela está a cargo de un taller de decoración de pareos pintados a mano sobre telas de algodón, que patrocina la llamada Fundación Aviatur

Aquí se la ve trabajando en uno de esos pareos

Otras mujeres del pueblo trabajan también ahí,

Obsérvese el calzado, común a todos los baruleros

Y las niñas se acercan para ir aprendiendo de las mayores.

Aunque en Barú tienen, además del taller de pareos, iglesia, escuela y centro de salud con médico residente, seguro estoy de que, así como los baruleros nada supieron sobre la crisis entre Venezuela, Ecuador y Colombia, tampoco saben —ni les importa— de la crisis financiera internacional, la devaluación del dólar, la guerra de Irak, el calentamiento global (al cual, por cierto, poco contribuyen ellos) u otras tantas cosas que a nosotros nos llenan de preocupaciones renovadas día tras día.

Durante la hora que tomó el regreso a Cartagena, yo no podía dejar de pensar que el mundo sería un mejor lugar si hubiera muchos Barú. Pero, de acuerdo a algunos planes, lamentablemente le queda poco tiempo a su relativo paradisiaco aislamiento y a su pacífica condición social.

En favor de Cartagena debo decir que sentí envidia al palpar y comprobar lo mucho que los cartageneros quieren a su tierra —sin caer en el rancio nacionalismo de otros latinoamericanos—, y lo mucho que respetan y respaldan al Presidente de su país.

15 Respuestas a “[*FP}– Barú, turismo de aventura: El reencuentro

  1. Maria Elena Veronese [Visitor]

    Que bonito reencuentro, dile a Chepina que la felicito por su calidad humana. Me hiciste recordar que estuve en Bocachica, me impresionó la forma de vida que llevan, como se defienden y los felices que son, siempre sonrientes sin importar que ocurra… y no sienten calor…

  2. Chepina Pernia [Visitor]

    Carlos, gracias por hacer éste sueño realidad.

    Siempre quise hacer este viaje para volver a ver a Mariela y a su familia, y hacerles saber lo agradecida que estoy con ella, lo mucho que les quiero, y que tienen un lugar en mí corazón y en mi familia.

    También debo agradecerte el publicar los detalles de la aventura.

    Te quiero,
    Chepina

  3. Carlos M. Padrón [Member]

    Anjá, Chepinita, ¿y dónde dejas lo de “Una y no más, como El Alma de Tacande”?
    (-:

  4. Carlos M. Padrón [Member]

    Tienes razón en felicitarla, María Elena, pues al menos yo no he conocido a nadie —excepto mis hijas y Chepina, aunque, por supuesto, tiene que haber muchas personas así— que se haya interesado por la vida de alguna mujer de servicio que haya trabajado en su casa, y menos que se haya molestado en viajar a otro país para encontrarse con ella.

    Por lo que Chepina me ha contado, Mariela fue casi su brazo derecho, pues aparte de cuidar a sus dos hijos, en especial a la bebé, se ocupaba de la casa y hasta de comprar los comestibles y hacer luego la comida; y todo lo hacía bien, con dedicación y honestidad.

    Aún así, repito, hay que darle la razón a un primo mío que vive en El Paso y que cuando supo a qué habíamos ido a Colombia exclamó: “¡No lo puedo creer! Felicita a Chepina de mi parte porque ese gesto, muy poco común, habla muy bien de ella”.

    Así es mi Rabujita ….

  5. Adolfo Blanco [Visitor]

    Muy sabroso el relato. Felicitaciones. Nobleza obliga, Chepina.

  6. Albertina López [Visitor]

    Bello relato y un bello gesto de agradecimiento de Chepina, no encontramos a muchas personas así.

    No me extraña nada que al llegar a El Paso pude reconocer a Fernandito sin haberlo visto antes, pero con las descripciones de Carlos no me podía pelar.

    Albertina

  7. Chepina [Visitor]

    Gracias, Albertina, por lo que me corresponde.

    Carlos me ayudó a que esta demostración de cariño pudiera realizarse.

    Cariños,
    Chepina

  8. Zheta [Visitor]

    De alguna manera me trae a la memoria Macondo…

    Chepina, el aprecio es una de las tantas virtudes que tu tienes y agradezco tenerte como amiga. Que Dios te bendiga.

  9. María Elena

    ¡Qué bella experiencia y qué bello viaje! Y lo mejor de todo es que encontraste la esencia del viaje, que fue, por supuesto, su gente.

    Un abrazo,
    Mary

  10. La gratitud, una virtud valiosa, única y difícil de encontrar.

    Felicitaciones a la Sra. Chepina y al Sr. Padrón por medírsele a tan bonita y arriesgada aventura.

    Saludos desde España 🙂

  11. Aunque con sarcasmo latente, es un paraiso que muchos envidiarian.

  12. Willy, con o sin sarcasmo ERA un paraíso. Y digo que era porque si pusieron en práctica los planes que con Barú se tenían, ya dejó de serlo.

  13. Por casualidad entre en este blog, y me encuentro con un relato de un viaje a la costa de mi país y, específicamente, a un sitio al que los turistas no acceden por desconocimiento y por natural temor a lo desconocido. Pero lo más importante de esto es la descripción del SER que son Chepina y Mariela, almas puras y agradecidas con la vida y que Dios cruzó.

    Gracias. Una visión diferente de mi país.

  14. Gracias, Arturo, por su comentario, en el que me llamó la atención esa mención que usted hace a las “almas que Dios cruzó”, pues para mí es casi un deber buscar el rastro de las almas que se cruzaron en mi vida, y, de ser posible, reencontrarme con ellas.

    Ya eso lo declaré en Mi primer amor 47 años después, y acabo de ponerlo en práctica, por enésima vez, en un viaje que hice a mi tierra este pasado abril.

    Y seguiré haciéndolo mientras pueda, aunque hay personas que no entienden lo que califican de “extraña manía” mía.

  15. Me hizo llorar este relato. Muchas cosas hemos dejado en el pasado, y al leer esta historia me dieron ganas de ir otra vez a ver a mis amigos de infancia en mi Cartagena.

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