[MS}-- Todo sobre el Alzheimer (11/14): Tratamiento
Hoy por hoy no existe ningún tratamiento que pueda curar la enfermedad de Alzheimer.
La enfermedad progresa de forma más o menos rápida, hacia un deterioro severo que precisa de ayuda para todas las actividades básicas. Sin embargo en algunas personas, en las fases temprana y media de la enfermedad, medicamentos como los inhibidores de la colinesterasa pueden prevenir el empeoramiento de algunos síntomas durante un tiempo limitado.
Dentro de los inhibidores de la colinesterasa están la tacrina (Cognex), donepezilo (Aricept), rivastigmine (Exelon) o galantamine (Reminyl). También se ha usado como tratamiento específico la memantina (Axura, Ebixa) o la selegilina entre otros.
Tacrina es un inhibidor de la colinesterasa que consigue el aumento de los niveles cerebrales de acetilcolina. Estudios han demostrado que su consumo produce una mejoría en la valoración que los cuidadores hacen del nivel funcional del paciente, y también se asocia a menor deterioro cognitivo a los 2 años.
La respuesta se da en el 10-20% de los pacientes, un porcentaje que puede parecer pequeño, pero que resulta esperanzador cuando existen pocas alternativas.
Los efectos secundarios que produce son nauseas, vómitos y diarrea. Además, puede ser hepatotóxico, por lo que hay que hacer análisis para ver si ha afectado al hígado, y, en ese caso, reducir la dosis.
No parece que ofrezca beneficios en las fases avanzadas de la enfermedad, y por este motivo en nuestro país no está autorizado su uso en estos estadios. Los efectos secundarios, especialmente el daño al hígado, han ido reduciendo su uso, e incluso en países comoFrancia se indicó, en el año 2000, la retirada progresiva; se mantenía el tratamiento en pacientes que no habían presentado toxicidad y habían respondido al mismo, pero no se introducía en nuevos pacientes. En nuestro país la actitud tomada es similar: los pacientes que con el tratamiento hayan ido bien, los mantienen, pero no suele indicarse a nuevos pacientes.
Los otros inhibidores tienen menos efectos secundarios, por lo que su uso está más extendido en la actualidad. El donezepilo (Aricept), la rivastigmina (Exelon, Prometax) o la galantamina (Reminyl), son todos fármacos que mejoran algo la memoria, los síntomas de carácter psicológico y conductual, y el cumplimento de las actividades de la vida diaria. Además pueden mejorar la memoria, la conducta y el funcionamiento cotidiano en pacientes en fase moderadamente grave, o grave.
Si un fármaco no se tolera si podría tolerarse otro de la misma familia, por lo que puede probarse a cambiarlos. Siempre que se dé un nuevo medicamento la dosis se deberá ir aumentando progresivamente mientras se comprueba si los pacientes lo toleran o si existen efectos secundarios.
Si embargo, si un fármaco es ineficaz, es poco probable que otro de la misma familia sea útil, por lo que no tendría sentido cambiar cuando es un problema de ineficacia.
La memantina actúa evitando la muerte neuronal. El nombre comercial de este medicamento es Akatinol. Ha sido aprobada para su uso en la Unión Europea, para casos graves y moderadamente graves, por su capacidad para frenar la progresión.
Los estudios demostraron que los enfermos que tomaban este fármaco mejoraban en su capacidad para realizar las actividades de cada día, tenían más iniciativa, participaban más en las reuniones familiares, rebajaron su nivel de dependencia del cuidador, y mejoraron algo sus funciones cognitivas. Además, el fármaco se tolera bien. Se está estudiando su posible utilidad en casos menos avanzados.
Algunos autores creen que la combinación de los anticolinesterásicos (donepezilo) con la memantina en enfermos en fase moderadamente grave y grave, es mejor que darlos por separado, sin que por ello se aumenten los efectos secundarios.
La Selegilina, a dosis de 5 mg dos veces al día, ha demostrado eficacia en producir un cierto retraso en la evolución de la enfermedad, retrasando la necesidad de ingresar a los pacientes en centros de asistencia, aunque ellos no han demostrado mejoras en el plano cognitivo.
Existen muchas líneas de investigación abiertas en relación con el tratamiento de esta enfermedad. Algunos estudios han demostrado que los anti-inflamatorios no esteroideos (como la aspirina) parecen frenar su progresión, sin embargom con los datos disponibles en la actualidad no se pueden obtener conclusiones definitivas, y no hay argumentos suficientes como para recomendarlos, pues no se sabe cuánto tiempo deberían tomarse, a qué dosis, qué personas podrían beneficiarse más, o si los riesgos de tomarlo superan a los beneficios potenciales.
También hay trabajos que han relacionado los antioxidantes (vitamina E) con el retraso en la progresión de la enfermedad, y los estrógenos también parecían tener un efecto protector.
Otros trabajos han visto que el tratamiento para reducir los niveles de colesterol en sangre, especialmente las estatinas, pueden proteger de la Enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, ninguno de los estudios es definitivo, y existen datos a favor y en contra de su utilidad.
Por otro lado, existen tratamientos que ayudan a controlar los síntomas psicológicos y conductuales que aparecen con esta enfermedad, mejorando la calidad de vida de los pacientes y su relación con el medio.
La depresión aparece con frecuencia en las fases iniciales de la enfermedad y puede responder a tratamiento antidepresivo. También deben controlarse otros síntomas, como el insomnio, la agitación o las alucinaciones, para lo que se usan neurolépticos o benzodiacepinas. La ansiedad puede requerir el uso de ansiolíticos, siendo preferibles los de acción corta.
Hay que recordar que los pacientes que reciben múltiples tratamientos pueden tener síntomas derivados de los mismos o de la interacción de unos con otros, por lo que debe recurrirse sólo a los fármacos cuando vayan a aportar beneficios, y se evitará su consumo excesivo.
La alimentación artificial es uno de los tratamientos que a veces se plantea en estos enfermos: la sonda nasogástrica (un tubo que va de la nariz al estómago y por el que se pueden meter alimentos, líquidos y fármacos) puede ser una alternativa para pacientes que no pueden comer, que se atragantan con frecuencia, o que se niegan a colaborar.
Su aplicación debe depender de la voluntad de la familia, del consejo del médico, y, si se pudiera, de los deseos que hubiera expresado previamente el paciente.
Es muy importante valorar el riesgo y el beneficio. El objetivo ha de ser mejorar el estado del enfermo en procesos reversibles que requieren aporte calórico que no se puede administrar por otra vía. Pero cuando el paciente está muy mal, la alimentación no siempre vale la pena. Es importante decidir entonces qué es lo mejor para el paciente, pues no alargar el proceso de la muerte es una decisión dura pero, en muchas ocasiones, necesaria de tomar.
Un último aspecto que no debe olvidarse es el tratamiento paliativo. A menudo, el progresivo deterioro del enfermo hace cuestionarnos si se deben seguir tomando medidas diagnósticas o terapéuticas, o si son desproporcionadas teniendo en cuenta el riesgo que corren los pacientes al ser sometidos a ellas, frente al beneficio que obtienen.
La medicina paliativa pretende dar al paciente calidad de vida y bienestar, y evitar las medidas que pueden disminuirla. Su filosofía está en intentar curar lo que se pueda, pero cuando no se puede se debe calmar, y, si no se puede calmar, se debe consolar.
Optar por los cuidados paliativos significa afrontar la enfermedad y la muerte de manera n
atural. Muchos pacientes dejan de beneficiarse de un intento curativo del tratamiento y, sin embargo, se benefician de los cuidados paliativos: reducir el dolor, favorecer el descanso. Un testamento vital puede ayudar a tomar las decisiones: los pacientes pueden reflejar lo que espera que se haga con su enfermedad, y hasta qué momento.
Por lo general se considera que un enfermo entra en fase terminal cuando su calidad de vida es tan mala que lo importante deja de ser vivir el mayor tiempo posible y pasa a ser vivir el tiempo que sea pero con el menor sufrimiento. En estos momentos, cuando lo que importa es, sobre todo, la calidad de vida y no la cantidad de vida, la medicina paliativa tiene un papel primordial en el manejo de los enfermos.
La mayoría de los enfermos fallecen en el hospital, aún cuando, si pudieran elegir, preferirían hacerlo en su domicilio. La vida moderna ha cambiado la forma de cuidar a los enfermos, y muchos familiares se asustan del hecho de la muerte. Cada día existen más redes de atención sociosanitaria (ayuda a domicilio, sistemas de teleasistencia, asociaciones de enfermos y voluntarios) que apoyan a las familias en el cuidado del enfermo para que éste pueda estar en casa hasta el final.
Para ello es imprescindible que los cuidadores quieran y puedan cuidar en esta última fase.
Fuente: El Mundo
