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[SE}-- Enganchados a la droga

6 Octubre, 2009 (01:11) | • Sociedad y Economía | 22 Visitas directas

16/09/2009

Joana Bonet

Según varios experimentos, las ratas que reciben una dosis de cocaína en su jaula de laboratorio evidencian mayores respuestas neuromotoras que si la reciben en las jaulas donde duermen. Es una prueba más de cómo el contexto influye en la pulsión de un adicto.

Vittorio De Sica, por ejemplo, era muy susceptible a las luces del casino. Cuando las divisaba a lo lejos, enseguida sentía el aire sibilante de la ruleta y la felicidad de saber que la adrenalina lo convertiría en otro, el incorregible ludópata que solía pedirle a sus amigos: "Cuando vaya al cielo cuelguen de la fachada del casino un medallón de esos que diga "De Sica lo hizo": porque el casino de San Remo lo he pagado yo con los millones que he perdido en más de treinta años".

El cineasta se regodeaba en su adicción y la fue trampeando sin que lo destruyera físicamente, pero le obligó a seguir haciendo cine en lugar de retirarse a saborear la dulce gloria en una mecedora: el año en que murió rodó cuatro películas como actor y una como director, ya en franca decadencia.

El lugar físico y el mental se superponen en la vida del adicto, escudándose siempre en un detonante. Por ejemplo, no es difícil entender por qué la premio Nóbel de la Paz, Aung San Suu Kyi, que permanece prisionera en su casa, es adicta al chocolate. Sin teléfono ni Internet, la dama de Rangún madruga, medita y lee novelas policíacas como único entretenimiento. Pero, según informaba La Vanguardia con motivo de su nueva condena, estas labores a veces se interrumpen "por episodios de síndrome de abstinencia de chocolate a los que hace frente precipitándose sobre onzas de ese alimento".

Que la líder de la oposición birmana sólo sea adicta al chocolate, tras 14 años de encierro, resulta una auténtica hazaña. Un contraste espectacular frente al caso de Bernie Madoff cuando aún vivía en Park Avenue y fundía el dinero en aire. Según Sheryl Weinstein, una alta ejecutiva que fue su amante, la cama marcaba el contexto en el que necesitaba fumar porros porque era "un tipo aburrido" (también los fumaba con su esposa). Sí, Madoff, “colocado” para calmar la ansiedad de la gran estafa y representar el papel de amante. En los rascacielos y en los yates también se fuman porros.

Pero la debilidad humana saca sus garras en forma de dicho popular que la transforma en virtud: "No te fíes de aquél que no tenga ningún vicio". Claro que del hábito a la enfermedad hay un trecho. Las adicciones cotidianas suplen la ausencia del paraíso y se erigen como la ansiada recompensa. Desde la velocidad hasta la comida, las compras, el bronceado —tanorexia se llama al trastorno—, el gimnasio, los Red Bull, los somníferos, el gin-tonic, Internet o la BlackBerry (crackberry) son infinitas las vías de escape para que individuos con una constante sensación de mareo hallen una muleta a la que agarrarse.

Juan Echanove, por ejemplo, se confiesa adicto al Espidifen y lo toma como un caldo, disfrutando del granulado amargo que estalla en su lengua. Vicente Verdú, en cambio, compraba gelocatiles por kilos como la panacea para aliviar cargas existenciales, hasta que se decidió a visitar a un médico chino.

Existe otra adicción que hoy nos zarandea sutilmente: la virtualidad. Así lo resumía Jean Baudrillard: mediante la abolición de la distancia todo se vuelve indeterminable hasta el punto de confundir la existencia y su doble. Una existencia virtual vivida a través de la pantalla.

La Vanguardia

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