[*Otros}– “Sueños de emigrantes”: Herminio Barrera Plasencia / Estela Hernández Rodríguez

Estela

En la calle Sergio Soto, en Cabaiguán, vivió Herminio Barrera Plasencia.

Cuando lo visité tenía más de noventa años, y con lucidez me habló de sus siete Islas y, sobre todo, de La Gomera de donde era oriundo.

El día de mi visita fue uno de sol radiante y bello cielo azul, y, como es natural, de mucho calor, un calor igual al de la acogida que me dieron Herminio y su gran familia.

En ocasiones las preguntas estaban de más, pues al comenzar a hablar sobre Canarias no teníamos para cuando acabar.

Herminio1

Herminio hablaba sobre su niñez, su familia y los juegos en los barrancos. Y yo no dejaba de escuchar ni un detalle; su conversación me hacía recordar siempre a mis ancestros.

Al escucharlo me preguntaba cómo era posible que después de tanto tiempo pudiera recordar esos pasajes, que, si no eran iguales, sí parecidos a los que ya me habían contado otros Canarios.

Eran hechos que siempre despertaban mi curiosidad a pesar de haber sucedido en épocas distantes en el tiempo pero en el mismo lugar: las Islas Canarias.

Contó Herminio que, siendo niño, allá en la Gomera le gustaba correr por los barrancos y entrar a las cuevas. Un día lo hizo a una de ellas y se adentró tanto que descubrió huesos humanos.

Fue tal el susto que le dio por correr y correr hasta llegar a su casa.

Más tarde se pudo comprobar que eran huesos pertenecientes a los primitivos habitantes, los llamados guanches que, hace cientos de años, poblaron esas islas y vivían en cuevas.

Sobre cómo llegó a Cuba, Herminio contó que había venido por embullo, pues isleños más viejos que él, y que ya estaban radicados en Cuba, al ir de visita a Canarias le contaban cosas agradables acerca del país que les había dado abrigo.

Hermino

“Así llegué a Cuba buscando un lugar donde radicarme —contaba—. Y hoy estoy contento de estar aquí, en mi segunda patria”.

Aquí, en Cuba, Herminio trabajó en las vegas de tabaco, por unas veinticinco zafras.

El isleño seguía contando: “Pasaron los años, hice una familia y estoy, como ves, en mi hogar, con mucha salud y contento de poder contarte pasajes de mis Islas Canarias, las que visité luego de más de setenta años de ausencia. Allí fui muy bien recibido por mis familiares que me hicieron una gran fiesta y me entregaron una placa con una bonita dedicatoria”.

Un recuerdo que Herminio y su familia atesoran en la sala de su casa.

Del silbo o silbido gomero

Este hombre siguió contándome de las costumbres de La Gomera, una de ellas los silbidos. El Silbo

Gomero, me dijo, es muy usado como una forma de comunicarse entre los pobladores, por el tipo de terrenos quebrados que hay en esa isla Canaria. A través del silbo, o silbido, se hacen llegar mensajes a las familias y, sobre todo, a los pastores, que son los que más usan esta forma de comunicación, muy frecuente en esa isla.

Contó que estando un día en su casa se formó un alboroto porque, a media mañana, en aquella loma donde vivían oyeron de pronto unos silbidos. Su padre, que los interpretó, dijo que anunciaban la llegada de una visita.

“Eran mis tíos que venían a estar unos días con nosotros —dijo Herminio—. Los recibimos con vino y queso de cabra. ¡Qué alegría era ver a la familia junta y contenta!”.

Así aprendí un poco más de esa costumbre.

Me reiteró Herminio que el silbo lo usan “para llamar a alguien, hacer alguna advertencia o transmitir mensajes alternativos o diferentes. Con este lenguaje, típico y autóctono de los gomeros, se puede mantener una conversación como si fuera por teléfono”.

También supe que esa costumbre, declarada patrimonio por la UNESCO, se ha agregado dentro del bloque de la enseñanza en las escuelas de la isla.

Tanto Herminio, como Victorino y su esposa, ya no están entre nosotros, pero siempre estarán en el recuerdo de aquéllos que los conocimos y aprendimos de sus experiencias y de las costumbres canarias.

La décima en los Canarios

En la vida de los Canarios hay una expresión cultural que no se puede dejar de destacar: La décima.

Y, casualmente, Herminio era un cultivador de esta manifestación artística legada por la influencia Canaria.

Se cuenta que estos emigrantes descargaban toda su añoranza a través de las décimas que cantaban por las noches, luego de terminadas sus labores.

Allí, en el portal de su modesto bohío, no pocos le cantaron a las Islas recordando lo dejado atrás: madre, padre y familia.

Una de las décimas cantadas por Herminio decía así:

Islas Canarias, vecinas
del continente africano,
notas del órgano hispano
hechas con letras latinas.

Tu guitarra cantarina
y el prominente acordeón,
endulzan cada montón
con la folía armoniosa
que canta la victoriosa
vida de tu población.

Sus ojos brillaban de ternura y dejaban escapar un poco de nostalgia; sus años no invalidaban la fortaleza devenida en su figura.

Así es la décima, siempre está presente donde hayan isleños y cubanos. Los Canarios con guitarra o timple en mano, y llanto o no en sus ojos, atraían así sus recuerdos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *