[*FP}– Origen y evolución de mi «patología»

11-05-2011

Carlos M. Padrón

Desde que en abril de 1950, y en el estanque de la plaza de la catedral de La Laguna (Tenerife), vi por primera vez un pato, quedé fascinado por este animal al que, como niño que entonces era yo, califiqué de “gallina que nada”.

Y prácticamente me acerqué a ese estanque casi todas las veces que desde aquel día fui a La Laguna, que fueron muchas.

Ya en Venezuela, en mis viajes por el interior del país y en los varios que hice a otros países, dondequiera que encontré patos me detuve a contemplarlos.

En febrero de 1976, con mi entonces mujer y nuestras dos hijas, me mudé a la casa en que aún vivo, en La Trinidad (Caracas), y sorpresivamente un tío materno de mis hijas, que vivía con nosotros, les trajo de regalo dos patos pequeños, totalmente blancos, que me crearon un problema de logística, pues si bien podía ponerlos en el pequeño cerro de la parte posterior y montañosa del jardín de la casa, no veía yo forma de facilitarles el agua para ellos tan necesaria.

Poco a poco, y a medida que crecían los que para entonces supe que posiblemente eran patos de raza Pekín, fui acondicionándoles el lugar siguiendo los consejos que encontré en los manuales guía que compraba yo en mis frecuentes viajes a EEUU.

Por estos manuales supe acerca de las características de los huevos de pato y de sus ventajas sobre los de gallina, en especial si éstos eran comprados en un mercado o a los buhoneros que solían venderlos en Caracas en la calle, a veces a pleno sol, y sin refrigeración alguna.

Y el día que en el cerro de la casa apareció uno de esos huevos y me lo comí frito, decidí que traería a mi casa más patas.

Pero antes de que ese huevo apareciera noté repetidas veces que uno de los dos patos fungía como macho y cubría al otro, que en realidad resultó ser “otra”, y que fue la que puso el huevo al que siguieron muchos más.

Una detallada observación me hizo notar que el supuesto pato macho no tenía pene, o sea, que era también hembra, y que los hechos daban la razón a lo que acerca de estos casos decían los mencionados manuales: si se tienen sólo patas, una de ellas terminará fungiendo como macho, cubrirá a las patas como tal, y no pondrá huevos.

Ante esto recorrí los puestos que en el mercado de Quinta Crespo o de Coche, ambos en Caracas, vendían aves para matar, y en uno de ellos compré tres patos Pekín adultos y los puse en casa junto con la hembra que fungía como tal y con la otra que lo hacía como macho y que, si bien a la llegada de un verdadero macho dejó de hacerlo, nunca recuperó las funciones de su sexo, no al menos en lo de postura de huevos.

Me hice cliente asiduo de estos puestos y de los que vendían polluelos de pato, también en el mercado de Quinta Crespo o de Coche y, aplicando las guías para tratar de averiguar el sexo de esos polluelos, analicé docenas de ellos y me traje a casa los que creí hembras.

Con el tiempo, mi acierto en la escogencia llegó casi al 80% y así me hice con una docena de patas.

En uno de mis viajes al mercado de Coche descubrí que tenían a la venta una pequeña incubadora para un solo huevo.

La compré, leí bien las instrucciones de uso, la monté en una mesa de lo que entonces era la biblioteca que yo tenía en mi casa, metí en la incubadora un huevo que, dada la activa presencia del pato macho, supuse fertilizado y, cuando ya sentí que el polluelo iba a nacer, corrí emocionado hasta el colegio en que estaban mis hijas y, luego de pedir permiso, me las traje a la casa para que presenciaran el fausto acontecimiento que, además, filmé con una de aquellas cámaras que usaban película Súper-8.

clip_image004

Un patito a punto de nacer. Si se le ayuda, será un inútil que seguramente morirá pronto.

Y ese nacimiento fue lo que me decidió a profundizar en la cría de patos, animales que los chinos consideran cósmicos.

Estos animales son muy voraces y, por supuesto, defecan mucho. Y, tal vez por lo mucho que comen, las hembras son auténticas máquinas de poner huevos, por lo que en casa dejamos casi de comprar huevos de gallina, y todos consumíamos los de pato porque, aunque de sabor ligeramente diferente, eran mayores, más nutritivos y, sobre todo, indudablemente frescos.

Con el tiempo, y por los mismo motivos de escapismo que ya conté antes, en el mencionado cerro —que originalmente era un talud con un declive de 45° en el que muy poco podía hacerse— hice construir tres terrazas, cada una con superficie plana y completadas con tierra fértil, y acondicioné sólo para los patos la más baja de ellas, en la que, con la ayuda de un cuñado —el esposo de mi hermana mayor— que era maestro de obras, construí un estanque con facilidad para verter en la cloaca pública el agua sucia y llenarlo con limpia, y al lado una caseta acondicionada con un largo nido con capacidad para acomodar simultáneamente a varias patas.

Como los llamados “Patos de Padrón” se hicieron populares en IBM, a uno de los muchos compañeros que me preguntó por ellos le conté de las andanzas patunas y de que a algunos les había puesto nombre, como Langaruto.

clip_image006

El famoso Langaruto frente a la caseta principal adosado a la cual estaba el estanque.

Al escuchar esto, María Elena Veronese, quien había trabajado conmigo en la sucursal de la que fui gerente, preparó y me entregó esta lista de nombres sugeridos, que enseguida puse en práctica, y a la que luego contribuyeron con más nombres (los escritos a mano) familiares y amigos.

clip_image008

Lista dr nombres sugeridos para mis patos. Los tachados o con asterisco fueron asignados.

Y por esto de mi “patología”, no fue de extrañar que en el kickoff de 1977 se me obsequiara un pato como parte chistosa del premio al que me había hecho acreedor.

clip_image010

Milagro Micó, el pato “criollo”, y Carlos M. Padrón.

Milagro Micó fue la encargada de entregarme el pato, y creo que también quien “parió” (aunque estaba encinta) la idea de dármelo.

Lo que Milagro no sabía es que el pato que escogió era de la raza que en Venezuela llaman “criolla”, que se caracterizan por ser muy grandes, feotes, que escapan volando si no se les cortan a tiempo las plumas guía, y cuyas hembras son poco ponedoras y no muy buenas madres.

De hecho, ese pato escapó de casa, volando, algo así como un mes después de que me lo dieron.

Allá por comienzos de los ’80s mi hija Alicia, que es amante de los animales, gustaba de jugar con los perros y dar de comer a los patos,

clip_image012

Alicia Padrón llama a los patos para darles comida, mientras Sam (el Labrador amarillo) y Mencey (el Kuvasz blanco) juegan en el jardín.

clip_image014

Varios de los patos descansan bajo los árboles en el lado izquierdo del área reservada para ellos.

Con el tiempo, además de la faceta práctica de los huevos descubrí que la contemplación de la forma en que los patos usaban a veces el estanque era para mí fuente de tranquilidad y sosiego.

clip_image016

Los Pekín en el estanque; los de otra raza, aparte o fuera. ¿Discriminación racial?

Sobre todo al atardecer gustaban de dejarse flotar sobre el agua manteniendo escondida la cabeza bajo una de las alas, como si durmieran, mientras la brisa que rizaba la superficie del estanque y de su plumaje mecía lentamente sus cuerpos.

Y también descubrí que la manada era para el macho un harén en el que una de las patas era su favorita y las otras eran meros objetos sexuales.

La diferencia de trato era también fuente de relax, pues cuando el macho quería cubrir a una que no fuera su favorita se le echaba encima sin previo aviso —a veces en el estanque, pero las más de las veces fuera de él— y la cubría si miramientos, mientras la pata “agraciada” y las demás gritaban asustadas.

Pero el relax no estaba en el cubrimiento de esas patas sino en el de la favorita.

Cuando ésta estaba sola en el estanque, flotando a la deriva, el macho entraba, y entre ambos comenzaba una especie de danza que los ponía a nadar lentamente en círculos por un rato.

Luego, llegado un momento que nunca pude anticipar, el círculo descrito por el nado del macho comenzaba a estrecharse, y ambos, macho y hembra, movían sus cabezas de arriba hacia abajo como si asintieran.

Y cuando al fin el estrechamiento de su círculo ponía al macho en contacto con su favorita, la montaba con delicadeza —aunque sujetándose fuertemente con su pico al cuello de ella—, no había aspaviento alguno de parte de la manada y, una vez que terminaba el apareamiento, se daban ambos unos tremendos chapuzones graznando de jolgorio.

Animado por lo que acerca de patos leía yo, y lo que me contaban los criadores de estos animales con los que hablé en diferentes lugares de EEUU, compré en ese país un par de incubadoras electrónicas con capacidad para 36 huevos cada una —una la traje yo, y la otra me la trajo el amigo exIBMista Reinaldo Perdomo—, y con la producción sacada de ellas hubo un momento en que, entre polluelos, adolescentes y adultos, tuve en mi casa 42 patos, cada grupo en su lugar individual. Para esa fecha ya había ganado yo fama de “patólogo”. 🙂

Luego de colocar en la pata derecha de cada pata (parece redundancia, ¿no?) una anilla con un número, puse en práctica un sistema de control que me permitía saber cuántos huevos podía yo esperar encontrar cada mañana, pues las patas ponen preferiblemente en la madrugada.

Como eran entre 20 a 30 huevos cada día y, por supuesto, no podía usarlos todos en casa, opté por vender en IBM el excedente, casi siempre a Daulah López, una compañera de trabajo cuya entonces pequeña hija se crió, según lo que su madre me contaba, con una dieta en la que abundaron los huevos de pato.

Un día noté que la cantidad de huevos encontrados en la mañana en los nidos de la caseta junto al estanque era menor que el resultado de la palpación hecha a las patas la noche anterior, y disminuía cada día.

Fue mi cuñado, el maestro de obras, quien descubrió el motivo cuando al quitar de los nidos la viruta que los cubría encontró un túnel que desembocaba bajo ellos.

Siguiéndole la ruta descubrimos que el túnel nacía en el cerro de la casa vecina a la mía.

Echamos dentro del túnel algunos huevos inyectados con veneno para ratas, y tapamos su boca con cemento mezclado con trozos de vidrio de botellas a fin de que si el intruso quería abrir de nuevo la salida del túnel se cortara las patas con esos vidrios.

La producción de huevos volvió a coincidir con el forecast, y, días después, mi vecino, a quien yo había alertado al respecto, me llamó para mostrarme el cuerpo sin vida de un enorme rabí-pelao —especie de rata gigante, astuto y repulsivo, que abunda en Venezuela— que yacía muerto en su cerro, cerca de donde nacía el túnel.

clip_image018

Rabí-pelao

Cuando los nidos de la caseta junto al estanque resultaron insuficientes, mi cuñado construyó, bajo la escalera de subida de la primera a la segunda terraza, una casita de dos pisos con nidos en cada uno y con una rampa que permitía a las patas el acceso al piso de arriba.

La producción de huevos llegó a ser una prioridad para con mis patos, y cuando descubrí que la raza más ponedora es la llamada Khaki Campbell, me puse a averiguar dónde en EEUU podía yo conseguir huevos Khaki Campbell fertilizados, y logré ubicar una granja que, a petición del comprador, los enviaba por courier a cualquier parte de EEUU.

Para asistir en febrero de 1985 a un curso en Chicago me llevé, por supuesto, un buen abrigo. A mitad de la semana que duró el curso me comuniqué por teléfono con el dueño de la granja mencionada y le pedí que a casa de Fernando Lacoste, exIBMista y buen amigo que vivía en Miami, me enviara, bien protegidos, 36 huevos de Khaki Campbell.

Por supuesto, antes de esa llamada ya contaba yo con la conformidad de Fernando.

Terminado el curso volé a Tampa, y allí, donde para entonces vivían varios amigos exIBMistas, Patricia Palacios, esposa de Javier Palacios (uno de tales amigos) tuvo la amabilidad de coser, cerrándolas, las bocas de las mangas de mi abrigo, pues ya en Tampa y Miami no iba yo a necesitarlo.

Al llegar a Miami recogí en casa de Fernando Lacoste la caja con los 36 huevos de Khaki Campbell, me fui a un supermercado y compré tres docenas de huevos de gallina de los más grandes que encontré, cada docena en su respectivo cartón, en los cuales reemplacé con huevos Khaki Campbell los comprados en el supermercado.

Metí en una manga de mi abrigo dos de los cartones, y en la otra uno (total, 36 huevos) para traerlos a Caracas camuflados de esta forma.

Pero como en mi manera de ser no tiene lugar el desperdicio, sentí que sería casi un crimen echar a la basura los 36 huevos de gallina comprados en el supermercado, así que no se me ocurrió mejor cosa que ponerlos todos en una de las bolsas plásticas de ese supermercado y colocarme a la puerta de salida de éste en espera de que apareciera algún cliente empujando un carrito que indicara que había hecho una compra de viandas.

El primer cliente que con tales características salió fue una señora cubana que venía acompañada por quien parecía ser una amiga. Las detuve, y mostrándole a la cubana la bolsa con los huevos, le dije:

—Señora, ¿usted querría estos huevos?

Para mi consternación, la señora se sonrojó, miró a su compañera y luego a mí, y con acento airado exclamó:

—¡Ay, Dios mío! ¡¡Las cosas que una tiene que oír!!

Y, sin más, reinició la marcha con su carrito, de forma tan violenta que me habría atropellado si no me aparto.

El asombro me dejó clavado en el sitio, boquiabierto y con la bolsa de los huevos aún alzada, mientras, sin entender qué había hecho yo de malo, miraba incrédulo a la señora que se alejaba taconeando de una forma que denotaba que todavía estaba molesta.

Aún mantenía yo tan ridícula posición cuando se me acercó un señor, también cubano y que, según deduje, había observado lo que me había ocurrido con la señora. Conteniendo la risa a duras penas, el señor me preguntó qué había pasado.

Para que entendiera bien mi consternación le eché completo el cuento de los huevos fertilizados, los recién comprados en el mercado, y el cambio que yo había hecho. Y, como prueba de esto último, le enseñé el ticket de compra y los cartones llenos con unos huevos que, por su color, no podían haber sido comprados en aquel supermercado.

Cuando terminé mi relato y presentación de pruebas, el señor, riendo ya abiertamente, me dijo

—Amigo, ¡es que a las mujeres no hay quien las entienda! Deme usted los huevos que yo los acepto con muchos gusto.

Se los di, además de darle también las gracias, y puse tumbo al aeropuerto.

El vuelo salió a tiempo, y, mientras duró, mantuve sobre mí el abrigo con el precioso y frágil cargamento.

En la aduana de Caracas no tuve problema alguno pues, tal y como yo había supuesto, regresando de EEUU en pleno invierno a nadie le extrañaría que un viajero trajera en su brazo un abrigo bien doblado.

Apenas llegar a mi casa dejé en reposo por 24 horas los 36 huevos, que es lo indicado para ellos después de un viaje, y al día siguiente los puse en una de las incubadoras electrónicas.

El resultado, también dentro de las previsiones, fue que, durante los días 13 y 14 de marzo de 1985, de los 36 huevos salieron sólo 5 patitos, pues era de esperar que la mayor parte de los huevos sufrieran daños por el ajetreo de los viajes, sobre todo del que los trajo hasta Miami, y por los cambios de temperatura.

Esos cinco Khaki Campbell crecieron, y oficialmente fueron bautizados con los nombres de quienes ayudaron a que fuera posible que nacieran en Venezuela.

Aquí, en la participación oficial que del bautizo preparé para los interesados, están los nombres de los patos y de sus padrinos/madrinas:

clip_image020

Dos de las Khaki Campbell hicieron historia, pues Ibémita batió el record de mis patas ponedoras porque llegó a poner 340 huevos en un año, y Trapicia fue adoptada como mascota por mi hija Alicia, a quien seguía a todos lados, como un perrito, o se echaba a sus pies cuando mi hija se sentaba a estudiar.

Tal vez por eso, Trapicia perdió algunas de sus habilidades patunas y murió al no poder poner un huevo que resultó demasiado grande para ella.

clip_image022

Patos Pekin y Khaki Campbell.

La gente del Departamento de Comunicaciones de IBM de Venezuela que, entre otras actividades, editaba Dimensión, la revista interna de la compañía, supo de mi hobby patuno y en el número del primer trimestre de 1985 publicó al respecto este reportaje que he partido en trozos para, escaneando cada uno por separado, facilitar su lectura.

Las fotos son parte del reportaje y venían intercaladas entre los textos. Las explicaciones bajo todas ellas, excepto una, las añadí yo a efectos de este post.

(Comienzo del reportaje)

clip_image024

clip_image026

clip_image028

clip_image030

clip_image032

clip_image002

La segunda incubadora que tuve. La traje de USA

clip_image034

clip_image036

clip_image038

clip_image040

clip_image042

clip_image044

Patos adultos, de varias razas, en el patio frente a la caseta de postura.

clip_image046

clip_image048

Con mi hija menor, Elena Padrón, y varios polluelos de Khaki Campbell.

clip_image050

(Fin del reportaje publicado en Dimensión)

clip_image052

Carlos M. Padrón poniendo algunos polluelos de Khaki Campbell en la estación de crecimiento.

Cuando en junio de 1993 IBM me mandó a España en asignación de trabajo por dos años, llevé a un zoo todos los patos que entonces tenía excepto el casal de esta foto:

clip_image054

El último casal

Al regresar de España decidí remodelar mi casa, y eso implicaba salir de todos los patos.

Vendí las incubadoras y demás implementos patunos, llevé a un zoo aquel último casal que había dejado en casa cuando me fui a España, y así puse fin a un hobby que me entretuvo durante 17 años, y que hoy, 14 años después de haberlo dejado, aún lo añoro.

41 Respuestas a “[*FP}– Origen y evolución de mi «patología»

  1. Leonardo Masina

    Vaya, Carlos, no conocía esta faceta tuya.

    Leyendo tu relato y lo de ponerles nombre, me vino a la mente el chiste de aquél que había tenido 5 patitos y les había puesto de nombre: PATA, PETA, PITA, POTA y LULÚ.

  2. Eduardo Garcia

    Excelente. ¡¡¡¡Gracias por compartir tu patología!!!
    EG

  3. Luis Herrera

    Amigo, buen amigo, qué menos que, al ver tu titulado “Origen y evolución de mi patología” apresurarme a la lectura de un contenido que yo esperaba revelador del estudio de alguna posible enfermedad tuya que antes o ahora te aquejara.

    Caray, ¡y qué relato tan bonito nos encontramos!

  4. Adolfo Blanco

    Una historia bien simpática y admirable.

  5. O sea, que no sabías que yo era patólogo. |Vaya amigos que tengo!

  6. De nada,Eduardo. Cuando necesites un patólogo, ya sabes…

  7. Pues ya ves, amigo Luis, que esta “patología” mía lejos de enfermarme me tranquilizaba,

  8. Gracias, Adolfo.

  9. Lily Taboada

    Siempre supe de tu “patologia”, e inclusive en vida de Jaime conocimos algunos en tu casa.

  10. Pues mayor mérito para ti, Lily, porque para entonces, 1977, estaba yo apenas comenzando el desarrollo de ese hobby.

  11. Ana María Padrón

    Me acuerdo como si fuera hoy, y ¡qué ricos son los huevos de pato!
    Hasta la tesis de 5to. año, de Marithé, ¡¡¡fue con esos patos!!!

  12. Manuel A. Gutiérrez

    Desconocía tu afición por los patos y patas. Después de disfrutar de este agradable e histórico relato, no me queda mas que felicitarte y decirte que de ahora en adelante serás el Patólogo de mi preferiencia.

  13. ¿¡Cómo es la cosa!? ¿Y qué pretendía demostrar esa tesis patuna?

  14. Gracias, Guty. Ten en cuenta que JF es cliente también. 🙂

  15. Precioso relato, Carlos. Recuerdo que estando contigo y Chepina en la Laguna de Barlovento me comentaste el tema, pero nunca imaginé la realidad del asunto, porque sí que fue intenso y maravilloso.

  16. Rogelio Brito

    Desde luego que me acuerdo. Estuve un par de veces en tu casa viendo los patos, peo en la misma casa tenías otro hobby, que le voy a llamar “musicòlogo”: un gran salón con aproximadamente un millón de dólares en cornetas y cuanto equipo de sonido existìa en la època.

    Tenía una gran butaca-cama en el centro con los controles. Desde luego, estaba blindado para que el ruido no molestara afuera a los patos, y, finalmente —y que también comenzó como un hobby— está el blog, por el que te llamaremos “bloguero” y que hoy, al menos yo, es lo primero que busco cada día cuando abro la máquina.

    Gracias Carlos. Te felicito y recibe un fuerte abrazo.
    Rogelio.

    P.D.: Sí, un poco forzado, pero todavìa me queda algo de memoria.

  17. Cuando leí el titular pensé en una enfermedad………

    Me ha encantado toda tu historia patológica. Me gustan mucho los patos desde siempre y, en una ocasión, tuve uno que me seguía a todas partes. La cosa terminó cuando el pato creció demasiado y me hicieron regalarlo. La verdad que este hecho me dolió mucho.

  18. Leonardo Masina

    Felicitaciones, Carlos. Con este artículo te aseguro que no has “metido la pata”…
    Parece que has cosechado un rotundo éxito de lectores.

    Con artículos y relatos a nivel personal y vivencias personales, como éste y los que se han publicado en torno a historias, anécdotas y personas de IBM, la participación e intervención de los lectores ha sido siempre muy elevada.

    Ya sabes cuál es la solución. A continuar por este camino.

  19. ¿Y qué esperaba, que no creciera?

    Ya me imagino lo que te dolería. Sólo tengo que pensar en que a mi hija Alicia la hubieran obligado a regalar a Trapicia.

  20. Pues sí, Leo, no esperaba yo que mis “difuntos” patos provocaran tantos comentarios. Ha sido una agradable sorpresa.

  21. Gracias, Rogelio; ya veo que tienes buena memoria pero no muy buena capaciad de cálculo, pues en lo de los dólares se te fue la mano. ¡Lástima que no sea cierto! 🙂

  22. Alberto Lema S.

    Carlos, que buenas anécdotas de la época, hay que tener amor patuno para tanto trabajo y paciencia en el desarrollo del hobby “patológico”.

    Dime, al irte a España en tu asignación de IBM, ¿los llevaste de paseo al famoso Rest. El Palmar, allí en Colinas de Bello Monte detrás de Sears —o Maxis en esa época— para una famosísima degustación del Pato Pekinés, que aún es su especialidad? Porque de huevos estarías como la cubana del supermercado en Miami, ¡muy satisfecho!

    Saludos,
    Alberto

  23. No, don ALS, los llevé a La Lagunita. Y el último casal, a un zoo que había en El Hatillo.

  24. Hola, Carlos. No sabes qué de recuerdos me trajo tu historia.

    Pues sí, te diré que Daulah Isabel se crió con los huevos de tus patos; tanto así que, al sol de hoy, ya toda una mujer, lo recuerda, y sólo come la yema de los huevos, que en los de patos era realmente especial. Igual de especial para hacer con ellos tortas. ¡Qué de recuerdos tan especiales!

    Gracias por mantenernos, a través de tu blog, recordando épocas tan buenas.

    ¡Un abrazo!

  25. Gracias, Daulah.

    Aunque no la conozco, mis saludos a tu hija. También las mías recuerdan, con “boca hecha agua”, los huevos de pato y lo que con ellos se hacía, en especial las tortas,… aunue mis nietos parecen no estar muy concencidos de las bondades de tales huevos..

    ¡Tiempos, tiempos!

  26. Me puse a leer tu post creyendo que estabas enfermo, y me dio gusto comprobar que tu patología viene de pato y no de pathos. Vaya historia….. y un alivio.

  27. Pues, Carmen, no eres la única persona que creyó eso, aunque lo puse porque en la IBM de aquella época muchos compañeros me decían, en broma, que yo era patólogo.

  28. José Hennig

    Carlos, empecé a leer esto, en medio de una asignación importante, con la sola intención de saber de qué se trataba y luego regresar a leerlo, pues la verdad es que el título me parecía extraño, y en eso coincido con Carmen y Charo, y resultó que no pude parar hasta que lo terminé.

    Lo disfruté mucho y, aunque en la época sabía de tu “patologia” ya no me acordaba de ella.

  29. Bueno, José, espero no haberte estropeado o la importancia de la asignación o la asignación misma. A tí te interesó el relato y a mí me ha asombrado que a tanta gente le haya ocurrido lo mismo.

    Gracias a todos.

  30. Gustavo Cabezas

    Le felicito. Vengo siguiendo su blog hace poco tiempo, soy (investigador social) y me han interesado sus publicaciones antiguas. Lo leo más o menos a prisa, pero este artículo lo he leído dos veces. Gracias por compartirlo.

  31. Muchas gracias, Sr. Cabezas. Espero que lea Padronel más a menudo.

  32. Elena Quesada

    ¡¡¡Excelente Carlos!!! Soy testigo de esos huevos. Mis hijos lo comían a diario. Disfrute mucho tu articulo. Un abrazote

  33. Gracias, Elena. Y saludos a tus hijos.

  34. Me encantó su relato, Sr. Padron. Lo felicito.

  35. Gracias, Eugenia.

  36. Me encantó leer esto, papi.

    Unos de los recuerdos más lindos que tengo de mi infancia es el de cuidar y ayudarte a criar patos. Me encantaba llegar del colegio directo a tu oficina a chequear las incubadoras, poner anillos en las patas de los patos pequeños, y cuidar a los más chiquiticos que estaban en la jaula con un bombillo para darles calor.

    “Pati” fue muy especial para mí, y el bond de un pato con uno es fuerte, muy parecido al de un perro.

    Les he contado todos estos cuentos a mis hijos muchas veces, y Alexandra dice que soy una “suertuda” por haber tenido 40 patos en la casa. 🙂

    xo

  37. Gracias, hija; también yo los echo de menos.

    Esos animalitos tan especiales me traían paz de espíritu cuando me pasaba largos ratos viéndolos abandonarse en el agua con la cabeza oculta bajo un ala.

  38. Buen día, Sr. Carlos.

    Soy un principiante en esto de la cría de aves, y en especial estoy interesado en los patos Campbell, por su capacidad de producción. Si está en su posibilidad quisiera que me orientara sobre dónde puedo adquirirlos y qué clase de cuidados son más oportunos.

    Soy venezolano y vivo en Anzoátegui.

  39. Hola, Herbert. No creo que en Venezuela consigas esos patos; al menos no los había originales cuando yo me dedicaba a eso como hobby. Por tanto, la solución que se me ocurre es traer de USA, a mano y con mucho cuidado, huevos fertilizados como ofrecen en esta página.

    El vendedor de esta otra está en Florida, así que habría que ir en carro desde Miami hasta allá.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *