[*FP}– Accidentados viajes aéreos con Dynamic y Delta. Versión ampliada

17-10-2016

Carlos M. Padrón

El tal apagón informático que cuenta el artículo que copio abajo lo sufrimos en carne propia Chepina y yo.

Fue cuando el pasado agosto viajamos a California a conocer a mi tercer nieto, nacido en junio.

Pero, antes de hablar de ese sufrido incidente, respeto la cronología y contaré el que sufrí en marzo de este año cuando en Dynamic Airlines quise regresar desde Fort Lauderdale a Caracas.

La salida de ese vuelo, que era el 2D0405, estaba pautada para el 20 de marzo a las 12:30, pero muy temprano ese día recibí de Dynamic un e-mail donde se me decía que la salida de mi vuelo sería a las 17:00 y que yo debía estar en el aeropuerto tres horas antes, o sea, a las 14:00.

Mi hija Alicia me dejó en el aeropuerto de Fort Lauderdale a las 13:45 y me extrañó que en el counter de Dynamics no hubiera nadie. Pregunté a personal del counter vecino y me dijeron que el vuelo 2D0405 había salido a las 13:30.

Mientras totalmente confundido quedé parado en el sitio, junto a mis maletas —pues, para colmo, viajé con dos, y pesadas— y pensando qué podría yo hacer, llegaron al counter dos hombres. Uno resultó ser un pasajero que, al igual que yo, había sido dejado en tierra por ese vuelo, y el otro resultó ser el gerente de Dynamic en Fort Lauderdale quien, al saber que también yo había sido dejado en tierra, me preguntó si yo había recibido un e-mail de Dynamic anunciando cambio de horario del vuelo. Le dije que sí y se lo mostré, lo cual dejó perplejo al buen hombre, de nombre Juan Bon, porque quien lo acompañaba le había mostrado ya el mismo e-mail y el Sr. Bon —quien, a pesar de ser el gerente de Dynamic, no había recibido notificación alguna al respecto—, quería corroboración.

Mientras usando su celular el Sr. Bon se comunicaba, según dijo, con el “cuartel general” de Dynamic, llegaron 15 pasajeros más que también habían recibido el mismo e-mail. Muchos montaron en cólera contra el Sr. Bon como cabeza visible de Dynamic Airlines, pero este señor está hecho de un material que pocas veces, por decir ninguna, vi en una persona: sin perder compostura en ningún momento, manejó con cordura todas las protestas, ataques y hasta ofensas personales que le endilgaron algunos pasajeros.

Nos dijo que nos mandaría, sin costo para nosotros, al hotel Bonaventure Resort Weston, y así lo hizo usando taxis del aeropuerto y, en mi caso, fue una joven dama cubana empleada de Dynamics, de nombre Jeannette (ignoro si ella escribe así su nombre) quien me ayudó a llevar al taxi una de mis dos maletas.

Antes de que saliéramos hacia el hotel, el Sr. Bon nos preguntó si alguien tenía un número de teléfono local que él pudiera usar para mantenernos al tanto de cambios en el plan de salida hacia Caracas. Resultó ser que sólo yo tenía un número local, pues es por casos así, urgencias y demás, por lo que sólo uso smartphones desbloqueados y con doble SIM card (que han de ser chinos), y apenas llegar a USA había yo comprado una SIM local. Los otros pasajeros tenían smartphones de marcas rutilantes pero no desbloqueados y que sólo podían acceder a internet si conseguían pegarse a Wi-Fi.

El check-in en el Bonaventure Resort Weston tomó bastante tiempo, y tuve la mala suerte de que la habitación que me asignaron estuviera en un edificio bastante alejado de la recepción central, por lo que tuve que arrastrar mis dos maletas por sendas que poco tenían de fáciles para ese fin.

A las 19:00 del día 21 recibí llamada del Sr. Bon pidiendo que estuviéramos listos en el lobby para partir, a las 19:45, en un autobús que él mandaría al hotel. Pasé el mensaje a todos los demás pasajeros, todos hicimos check-out, y a las 20:00 salimos rumbo al aeropuerto, facturamos nuestras maletas, pasamos inmigración y el calvario de seguridad, y ya en la puerta de salida del vuelo nos dijeron que éste había sido retrasado para salir a las 23:00, motivo por el cual nos dieron unos vales para comprar la cena en alguno de los puestos de comida que había en el aeropuerto.

A las 23:45 comenzó el abordaje. Cuando me encontraba yo entre los pasajeros que en la manga de entrada estábamos a punto de ingresar al avión, el Sr. Bon, que se había parado al frente de la fila de pasajeros, detuvo nuestra entrada, y todos los que estábamos cerca de él pudimos escuchar cómo alguien gritaba, desde dentro del avión, “Esto no sirve, ¡ninguna de las dos computadoras funciona!”.

El buen Sr. Bon, sin perder su compostura, nos hizo regresar a la terminal, explicó que por fallas técnicas el vuelo no podría salir, dijo que nos mandaría de nuevo al hotel y pidió que levantaran la mano quienes quisieran que les devolvieran el equipaje que había sido facturado. Nueva oleada de protestas y agresiones verbales de algunos pasajeros exaltados contra el Sr. Bon.

Yo estuve entre los que levantaron la mano, pues no quise arriesgarme a tener que quedarme varias noches más en un hotel sin tener lo necesario (pijama, pasta de dientes, útiles para afeitarme, etc.). Como todo eso estaba en una de mis dos maletas, pedí que me devolvieran sólo ésa para evitar pasar por el trance de cargar con las dos, pero la respuesta que me dieron fue que no: que las dos o ninguna. Así que de nuevo la Srta. Jeannette me ayudó llevando una de mis maletas hasta la buseta que a las 02:00 de la madrugada del día 22 nos dejó de nuevo en el Bonaventure Resort Weston.

Esta vez la cola para hacer check-in fue mucho más larga, pues a los 17 pasajeros del primer fiasco se habían unido más dejados en tierra por otros vuelos de Dynamic, hasta un total de 70. Por suerte, y en vista de la hora que era, los encargados del check-in nos dieron preferencia a los pasajeros de tercera edad, pero, aún así, después de arrastrar mis dos benditas maletas por los accidentados senderos hasta el edificio en el que estaba la habitación que me asignaron, entré en ella a las 04:37 de la madrugada del 22 de marzo.

A los 08:30 de ese día me levanté, aseé y dejé listo el equipaje, por si acaso nos avisaran de urgencia, y mientras casi todos los 70 pasajeros desayunábamos en el comedor del hotel recibí llamada del Sr. Bon pidiendo que a las 10:45 estuviéramos listos en el lobby porque nos mandaría un autobús que saldría del hotel a las 11:00.

Así ocurrió, y, luego de facturar de nuevo mis dos maletas, pasar inmigración, hacer el maldito strip-tease en seguridad y demás, procedimos a abordar el avión, y mientras hacíamos cola para eso, el Sr. Jon Bono se me acercó, me pidió el boarding pass, pegado al cual estaba el ticket de mi maleta, y sobre él estampó una firma y un sello dándome un upgrade a business class. Tal vez fue su forma de agradecerme el haberle servido de contacto con los demás pasajeros.

Al entrar al avión, la sobrecargo pidió ver mi boarding pass y me indicó dónde, en clase turista, estaba mi asiento. Le dije que, por favor, se fijara en que me habían dado un upgrade. Puso mala cara y me dijo que fuera a mi asiento de turista, que ya luego ella vería. Y a ese asiento fui.

Al rato vi que al avión subió Jeannette, me acerqué a ella, le entregué el boarding pass y le conté que la sobrecargo había ignorado el upgrade. Jeannette me pidió que la siguiera a la clase business, que estaba casi toda vacía, en el boarding pass tachó el número de asiento en turística y con su letra escribió 2A, que fue el asiento que en business me asignó. Luego se acercó a la sobrecargo, que aún seguía en la entrada del avión, le mostró lo que había hecho y se fue.

A as 15:00 del día 22 salimos por fin hacia Caracas en el vuelo Dynamic 2D405, y a mitad del vuelo caí en cuenta de que el boarding pass no me había sido devuelto y que, como pegado a él estaba el ticket de mi maleta, yo tendría problemas en la aduana de Maiquetía si no presentaba ese ticket.

Más que preocupado le pregunté a la sobrecargo, y ella negó que tuviera mi boarding pass; es más, dijo que nunca lo había visto, lo cual no era cierto porque yo sí había visto cuando Jeannette se lo mostró, pero por algún motivo no le caí simpático a esa dama, así que me resigné a contar con suerte al tratar de pasar mi maleta por la aduana, y decidí intentar dormir un poco ya que poco había dormido la noche anterior.

Poco después alguien me despertó tocándome en el hombro. Era una de las aeromozas que se limitó a entregarme el boarding pass al que estaba pegado el ticket de mi maleta, mientras decía que lo habían encontrado en el piso del avión.

A las 17:00 aterrizó en Maiquetía el vuelo Dynamic 2D405 y, sin problemas, porque mostré el correspondiente ticket, pude pasar por aduana mi maleta.

Días después, recuperado ya del estropicio físico y emocional, envié a Dynamic un e-mail de felicitación para el Sr. Jon Bon y la Srta. Jeannette. Ignoro si lo hicieron llegar a los interesados.

Y ahora, voy con lo del “apagón informático” de Delta, del que habla el artículo que copio abajo. Las comillas son porque mi creencia es que la causa de ese apagón fue hackeo.

El plan de Chepina y mío era volar el 09 de agosto desde Oakland a Atlanta, llegando a Atlanta el día 10. Luego Atlanta-Miami, para desde Miami tomar el mismo día 10 en la tarde el vuelo 1515 de Santa Bárbara a Caracas.

Pero temprano el 09 de agosto recibí de Delta un e-mail anunciando que nuestro vuelo había sido cancelado, y que llamáramos a un cierto número telefónico para hacer otro plan de vuelo. Esto, por causa del apagón, por supuesto.

Como era de esperar, comunicarse con este número fue misión imposible, pero mi hija Elena pudo comunicarse con gente de Delta en el aeropuerto de Oakland y le dijeron que, si nos apurábamos, tal vez podríamos abordar un vuelo desde Oakland a Los Ángeles para seguir luego hacia Miami.

A toda prisa subimos al carro de mi yerno que, viajando al límite de velocidad, nos dejó a las 18:00 en el aeropuerto de Oakland. Facturamos las maletas, y al momento de querer pasar inmigración, nos mandaron a hablar con una muchacha para validar nuestras identidades porque —¡ver para creer!— los nombres que aparecían en nuestros pasaportes incluían el segundo apellido, el cual no aparecía en los boarding passes.

El tiempo que ahí perdimos, sumado al del maldito chequeo de seguridad, fue suficiente para que al llegar al counter de Delta nos dijeran que ya el vuelo a Los Ángeles había salido. Al explicarle a la empleada que nos atendió que nuestra urgencia era llegar a tiempo a Miami para no perder el vuelo a Caracas, porque si lo perdíamos, siendo como era temporada alta, no se sabía cuándo conseguiríamos otro, nos dio un pase para que un autobús nos llevara gratis al aeropuerto de San Francisco desde donde, al menos eso dijo, podríamos conseguir un vuelo a Miami.

Por suerte, en ese aeropuerto no hicieron el chequeo de los segundos apellidos, pero tampoco nos consiguieron para ir a Miami ningún vuelo que nos sirviera, ante lo cual nos mandaron a Detroit desde donde, según nos dijeron, sí conseguiríamos el vuelo a Miami. Sin embargo, según el horario que nos dieron, el tiempo para hacer trasbordo en Detroit era muy corto, pero, como todos los vuelos de Delta estaban retrasados, pensamos que sí podríamos abordar el de Detroit-Miami.

Error, pues cuando llegamos al counter de salida de ese vuelo a Miami, el único empleado Delta que allí había nos dijo, casi enfadado, que el vuelo a Miami ya se había ido porque —o tonto o caradura debía ser aquel tipo— los vuelos de Delta siempre salían a tiempo.

Preocupados porque ahora no sabíamos dónde estaban nuestras maletas que habían volado con nosotros desde San Francisco a Detroit, nos dirigimos a un counter de Delta donde había un par de empleadas, y ahí se armó la de San Quintín porque, sin bien nos consiguieron cupo para un vuelo a Atlanta en la esperanza de que desde allí consiguiéramos uno a Miami que llegara a tiempo para abordar el Santa Bárbara Miami-Caracas, no quisieron dar respuestas sobre el paradero o destino de nuestras maletas ni responsabilizarse por ellas, lo cual colmó nuestra ya inexistente paciencia, y cuando Chepina se enfrentó a la más arrogante de las empleadas Delta y apuntándole a la cara con el dedo índice le dijo “This is Delta fault!” (¡Es culpa de Delta!), la mujer reaccionó como una mapanares (tal parece que eso de que les apunten con un dedo es como mentarles la madre) y en venganza quiso mandar como equipaje de bodega el roller de Chepina.

Por suerte, en ese momento llegó al counter un señor mayor que tenía pinta de ser uno de los tripulantes del avión en el que deberíamos volar a Atlanta. El señor calmó los ánimos de las exaltadas empleadas, éstas devolvieron a Chepina su roller y cuando acompañados por el tripulante entrábamos al avión, el señor trató de calmarnos diciéndonos que nuestras maletas aparecerían. Luego quedó claro que por ignorancia de algo clave había afirmado en falso.

Al llegar a Atlanta corrimos hacia el counter del vuelo que nos habían asignado en Detroit, y se nos dijo que ese vuelo estaba retrasado (como todos, menos el de Detroit-Miami, ¡claro!), y que nuestra única opción era salir corriendo hacia la puerta de abordaje de un vuelo Delta que en cuestión de minutos saldría para Miami. Que sí en él había un par de puestos libres, seguro que nos los darían.

Así lo hicimos, y por suerte conseguimos llegar a Miami en ese vuelo, pero ya tan cerca de la hora de salida del Santa Bárbara hacia Caracas, que mientras Chepina fue a hacer check-in en el counter de Santa Bárbara —sin maletas, por supuesto—, yo fui al área de recogida de equipajes a presentar el reclamo por las maletas que no habían llegado.

En ese área habían acordonado un sector sólo para equipajes llegados por Delta; dentro de ese sector, que estaba a cargo de una señora septuagenaria, había no menos de 100 bultos, y fuera de él otros tantos pasajeros que, muy tranquilos, se limitaban a señalar lo que decían que era suyo, y la señora se los entrega sin más. Siempre me ha llamado la atención la sangre de horchata de la que, en casos así, hacen gala los gringos.

Como aquello iba a tomar horas, por señas logré que la señora, molesta por mi insistencia, viniera hasta mí. Le expliqué, con boarding passes en mano, lo de nuestra odisea y la necesidad de que yo reportara YA la pérdida de nuestras maletas porque si pasaba más tiempo en eso perdería el vuelo a Caracas.

Para mi consternación, la señora me dijo que ella no creía que, cuando esas maletas llegaran a Miami, Delta aceptara mandarlas a Caracas con Santa Bárbara porque entre esas dos aerolíneas no había el necesario acuerdo de equipajes (eso era lo que el tripulante no sabía), pero que ella iba a consultar con su superiora.

Se fue a la trastienda, escuché cómo contaba a otra dama los detalles de nuestro caso, y esa otra dama dijo que la pérdida de las maletas era responsabilidad de Delta y que, por tanto, cuando llegaran a Miami tenían que enviarlas a  Orlando, luego a Atlanta y luego a Caracas en el primer vuelo Delta con destino a Maiquetía.

Más tranquilo subí al counter de Santa Bárbara a dar la cara con mi pasaporte y recibir mi boarding pass, y, aunque extenuados, pasamos inmigración y el calvario de seguridad, y logramos abordar el vuelo 1520 de Santa Bárbara hacia Caracas, vuelo que llegó a Maiquetía a las 20:00 del miércoles 10 de agosto.

Entramos en casa a las 21:30, después de unas 27 horas de continuo ajetreo, disgustos e incertidumbre, durante las cuales no pudimos ni comer ni dormir bien, y ni siquiera cepillarnos los dientes.

Más que preocupados por el paradero de nuestras maletas, el jueves 11 fuimos a la oficina principal de Delta en Caracas a reportar el caso. Allí nos atendió una dama —nada menos que de nombre Cecilia Hernández— quien trató de calmarnos y prometió avisarme por teléfono cuando supiera algo del caso. A su pregunta de si podía llamarme tarde en la noche le dije que me llamara a la hora que fuera.

Y a las 22:30 del sábado 13 me llamo Cecilia Hernández y me dijo que ya nuestras maletas estaban en Maiquetía; que fuéramos a recogerlas el domingo en la mañana pero no antes de las 10:30.

Con todas las reservas del caso nos fuimos a Maiquetía siguiendo esas instrucciones y, ¡oh, sorpresa!, luego de casi una hora de espera preñada de dudas, nos dieron nuestras maletas. A las 11:45 de ese domingo entramos a casa con ellas. Aunque las habían abierto, no faltaba nada.

Como he dicho aquí varias veces, los tiempos en que viajar era un placer son ya historia. Tal vez tenga razón mi hermana que dice que viajar conmigo es garantía de alguna trapisonda.

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13 OCT 2016

Sandro Pozzi

El apagón informático costó 100 millones de dólares a Delta Air Lines

El incidente del pasado 08 de agosto provocó que el beneficio neto de Delta se redujera así a 1.260 millones en el tercer trimestre. La aerolínea sufrió además una caída del 6% en los ingresos, hasta los 10.480 millones, tras de registrar un descenso del 4% en la facturación por asiento, que se dobla en el corredor Atlántico.

Delta tardó cinco horas en recuperar el sistema informático central en Atlanta, pero eso no impidió que los vuelos que tuvo que cancelar se fueran amontonando conforme avanzaba la jornada del pasado 8 de agosto. El corte provocó que quedaran en tierra cerca de 1.000 vuelos en 24 horas, y otro millar en los días sucesivos. La compañía tuvo que restituir el precio del billete a los clientes afectados.

El beneficio operativo de la aerolínea estadounidense se redujo casi un 6% en el trimestre que se cerró en septiembre. En parte se debió al coste derivado de la suspensión masiva de vuelos por el apagón informático. También jugó en su contra el tipo de cambio con el yen japonés. Además, la compañía está en proceso de moderar el incremento de la capacidad para ajustarse a la demanda.

Delta espera una caída de hasta el 5% en la cifra de negocio para final de año. Las grandes aerolíneas convencionales llevan varios trimestres registrando un descenso en la facturación por asiento pese a que el precio del combustible esté más barato que hace dos años. Las perspectivas para 2017 son cautas, por la persistencia de la debilidad económica y la volatilidad del combustible.

Fuente

4 Respuestas a “[*FP}– Accidentados viajes aéreos con Dynamic y Delta. Versión ampliada

  1. Jaime Tejeiro

    Si en algo sirve mi experiencia de viajar en aviones, es en que aprendí que cuando por algún motivo te envían a un hotel, debes solicitar siempre que te devuelvan tu equipaje. Porque en dos ocasiones en las cuales viví ese desagradable trago, cuando por fin pude volar, mi equipaje estaba conmigo en ese vuelo. Sin embargo, en una ocasión, todas las maletas de los colegas que no pidieron que se las devolvieran antes de ir al hotel, fueron enviadas por otro vuelo aunque al destino correcto; y en otra ocasión, las de algunos pasajeros fueron enviadas en vuelos cuyo destino no era el correcto.

    Por tanto, aunque resulte incómodo, de ser posible el equipaje debe estar siempre con uno.

  2. Estela Hernández

    ¡Qué odisea! Qué mal momento, y no queda otro remedio que seguir el viaje. Pero, bueno, lo importante es que llegaron a su destino, y que pudieron, al final de todo, tener de nuevo sus equipajes.

  3. Adolfo Blanco

    Carlos, conociendo tu carácter, no se como no explotaste en algún momento. También tengo mi cuentito.

    Regresando de Miami el 2 de mayo fuimos al aeropuerto de Fort Lauderdale para embarcar hacia Caracas en el vuelo de Dynamic que salía a las 12:45pm. Al llegar ya había un grupo de pasajeros comentando algo con caras sufridas. El cuento corto fue que el vuelo no había llegado la noche anterior debido a que el gobierno venezolano no había tramitado el permiso de aterrizaje de entrada en USA.

    Por cierto, el mismo señor (o uno muy parecido) fue el encargado de manejar la situación muy hábil y amablemente, y terminó enviándonos al aeropuerto de Miami a tomar un vuelo de Santa Bárbara que salía a las 12 de la noche y terminó saliendo dos horas después. En el siguiente viaje a Miami nos fuimos y regresamos con American.

  4. Adolfo, no exploté porque, de tanto seguir, y por tantos años, las órdenes médicas al respecto, ya he medio aprendido a contenerme antes de correr el triesgo de un ACV. En este caso, habida cuenta de cómo es la línea Dynamic, ya iba yo prevenido. Lo de Delta sí me hizo daño porque fueron casi dos días completos de angustias, incertidumbre y engaños, sin poder ni comer decentemente y ni siquiera sin poder tampoco cepillarnos los dientes. Cuando por fin recuperamos las maletas estuve mal por casi una semana.

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