[Cur}– La misteriosa afinidad entre la mujer y los felinos

NotaCMP.- Pues me quedo con la prosa. Y de las mujeres que conozco, son muchas más las que aman a los perros que las que aman a los gatos.

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22 NOV 2016

Juan Arias

Vuelve a resucitar la discusión sobre la preferencia de las mujeres por los felinos, que también establece que los hombres optan por los perros.

Los gatos se entenderían además mejor con las mujeres, y los perros con los varones.

Ignoro si algunos estudios que las universidades realizan sobre el tema poseen o no valor científico. Hay quien recurre para explicarlo a que los perros, desde tiempos lejanos, fueron usados por los hombres para la caza, y los gatos estaban en casa, cerca de la mujer.

¿Sólo eso?

Lo que es cierto es que, desde hace más de cinco mil años, ningún otro animal fue tan divinizado y asociado al misterio y a la mujer como el gato. Aún hoy se discute en psicología sobre la simbología del gato asociado a la mujer.

Nos seguimos preguntando por qué los gatos se relacionan con la independencia, y los perros con la sumisión. Ello haría que los perros sean siempre amados y los gatos, divinizados desde hace siglos, pero también execrados y malditos.

¿Cómo la mujer?

Ningún animal ha tenido una trayectoria tan tortuosa en sus simbolismos, miedos y atracciones como el felino. En Egipto hacía el papel de la divinidad, personalizada en la figura de la egipcia Bastet, la diosa gata mujer, que protegía la felicidad de las personas. Quizás por ello el gato sea uno de los pocos animales nunca nombrados en la Biblia.

En la India, simbolizaba la sabiduría, donde la gata era la diosa sabia, reina de la fertilidad. La Iglesia, más tarde, satanizó a los felinos al mismo tiempo que presentó a la mujer como tropiezo contra la virtud, y más fácilmente poseída por los demonios que los hombres.

En los siglos sombríos de la Edad Media, los gatos, por la influencia de la Iglesia, pasaron a ser el símbolo de lo demoníaco y de la maldad.

¿Cómo la mujer?

Fueron perseguidos, desollados vivos, quemados en las hogueras, junto con las mujeres.

Fue el Papa Inocencio VIII quien en 1484 lanzó la primera persecución contra los gatos, y fueron sacrificados a millones. La venganza de aquella matanza y de aquella locura religiosa fue en parte la llegada de la peste negra a Europa, que diezmó a su población, transmitida en realidad por las ratas, que además proliferaron con la desaparición de sus cazadores.

De inocente, aquel Papa, culpable de la masacre de los gatos que ya habían sido divinos en otras religiones y culturas, tenía sólo el nombre. Estaba enfermo y, por miedo a tener que dejar el papado a los cardenales que suspiraban por verle morir para sustituirle, intentó curarse con leche humana, mamando de una joven nodriza y exigiendo transfusiones de sangre de niños.

Todo inútil. Aquel Papa se fue sin ser llorado.

¿Maldición de los gatos y de las mujeres?

Hoy, avergonzado de aquel antecesor suyo, el Papa Francisco ha hecho diversas declaraciones a favor de los gatos: “Son los animales más inteligentes. Siempre me gustaron y conversaba con ellos”, le dijo a un periodista francés que le preguntó si también él consideraba a que los gatos eran demonios.

El gran artista Leonardo da Vinci llegó a considerar al gato como la “mejor obra de arte”. La más bella.

Verdad o no que las mujeres de hoy sigan prefiriendo a los felinos como en los tiempos antiguos en que eran vistos como dioses, lo cierto es que, a través de tantas vicisitudes, el gato, desde la más remota antigüedad, fue visto como más cercano al universo femenino.

Cleopatra se pintaba imitando la línea curva de los ojos de una gata. De este animal se dice que no tiene, ni en las horas del sueño, una postura que no refleje elegancia.

La escritora italiana Camila Cederna escribió que “es el gato, como la mujer, quien escoge a la persona, no al revés”.

Castigadas históricamente a ser dependientes de los hombres, las mujeres, como aparece en la literatura, vieron quizás en la libertad de los gatos un sueño secreto contra su forzada dependencia del varón.

Los gatos no necesitan nombre; no sirve llamarles. Vienen cuando quieren, como escribió en su diario Margarite Jourcernar. Ellos deciden siempre lo que quieren hacer.

Los gatos aman estar limpios, son curiosos, independientes, solitarios, tiernos y salvajes a la vez. ¿Como la mujer?

Son desconfiados. Prefieren la soledad. Comedidos en sus afectos, sinuosos hasta el punto de que no les gusta caminar en línea recta. Bordean con tacto y delicadeza los objetos. Son silenciosos y deciden cuándo recibir o dar afecto. Es difícil dominarles y de nada sirve reñirles. Te miran, se dan la vuelta y siguen su camino.

Nunca resultan obvios ni evidentes. Poseen un toque de indiferencia.

Son introspectivos y sensibles, aristocráticos y agudos.

Los gatos son difíciles de entender. Hay que saber interpretarles.

Esconden una parte de su misterio ancestral. Y un bocado de su instinto salvaje. ¿Se parecen a la mujer?

¿Entienden nuestro lenguaje? Mi gata Nana, sí. Puedo contarlo porque tengo como testigo a mi mujer. La gata, una callejera, tiene la costumbre de acurrucarse en mis piernas mientras leo o veo la televisión.

Durante unos días prefirió dormir en un sillón a unos metros de distancia. Una de esas noches, mientras Nana dormía profundamente, le dije a mi mujer: “¡Qué raro que Nana ya no viene a estar conmigo!”. No pasó un segundo de tiempo. Abrió los ojos, me miró, dio un salto y vino a colocarse, en mis piernas. Mi mujer se quedó incrédula.

Los gatos son así. Inútil que queramos entenderlos demasiado. ¿Cómo la mujer?

¿Son pequeños dioses o demonios? ¿O son simplemente felinos, que no es poco?

Leer un gato es muy diferente de leer un perro. El gato es un texto que se esquiva, se esconde entre dos auroras, en la frontera entre lo mágico y lo irreal. El gato es sinuoso, su texto es suave, es poesía, nunca se deja coger por entero. El gato es resbaladizo, vive en las entrelineas.

Para leer un perro no son necesarias gafas especiales: su texto está escrito con mayúsculas, dice claro lo que piensa y a lo que vino. El perro es prosa, el gato es poesía.

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