[SE}– Agua en Marte: de los canales de Lowell a los torrentes salinos

12 noviembre 2016

Javier Yanes

No existe vida sin agua; al menos no como los humanos la conocemos y la entendemos.

Cuando en el siglo XIX comenzó a hablarse de los “marcianos” como nuestros probables vecinos cósmicos más cercanos, era necesario situarlos en un mundo con agua. Por suerte, los datos disponibles jugaban a favor: la presencia de casquetes polares en Marte se conocía desde las observaciones de Cassini y Huygens dos siglos antes, y en 1784 William Herschel aventuraba la existencia de océanos y de una atmósfera “modesta”, lo que daría a sus habitantes “una situación en muchos aspectos similar a la nuestra”.

Impresión artística de Marte hace cuatro mil millones de años. Crédito: ESO/M. Kornmesser/N. Risinger

En 1877, el italiano Giovanni Schiaparelli dibujó un mapa de Marte mostrando mares y canales. A la imaginación humana le costó poco poblar aquella geografía con seres inteligentes capaces de construir obras de ingeniería: la primera especulación de que aquellos canales podían ser artificiales fue publicada por el francés Camille Flammarion, primero en su novela Uranie (1889), y después en su ensayo “La planète Mars et ses conditions d’habitabilité” (1892). Flammarion concibió la idea de un planeta desertizado, irrigado gracias a una red de canales.

El ensayo de Flammarion llegó a manos de un aficionado a la astronomía, un bostoniano acaudalado llamado Percival Lowell (13 de marzo de 1855 – 12 de noviembre de 1916) que había viajado extensamente por el Lejano Oriente. Después de leer a Flammarion, Lowell regresaba a su país en 1893 con el propósito de dedicar el resto de su vida a la astronomía. Al año siguiente fundaba su propio observatorio en Flagstaff, en el remoto territorio de Arizona.

La existencia de canales en Marte

Lowell no sólo tenía una idea, y dinero para financiarla; tenía además un don para la divulgación que para el actual director del Observatorio Lowell, Jeffrey Hall, le convertía en “el Carl Sagan de su época”, dice a OpenMind. El bostoniano se convirtió en el campeón de la teoría de los canales, que desarrolló y acompañó de sus propios dibujos en tres libros, Mars (1895), Mars and Its Canals (1906) y Mars As the Abode of Life (1908).

Los canales de Marte que imaginó y dibujó Percival Lowell. Crédito: Wikimedia Commons

A menudo se cita un error de traducción como origen de la idea de los canales. Schiaparelli empleó la palabra italiana canali que no distingue entre estructuras naturales y artificiales, como sí hacen los términos ingleses channels y canals. Sin embargo, para Hall, “Lowell no estaba confundido”. “Schiaparelli pensó que veía canales (channels), pero Lowell pensó que no eran tales, sino canales (canals) de origen inteligente”.

Según el director del observatorio, Lowell sostenía la idea de que existía una civilización marciana, y por tanto los canales eran parte de su teoría; “sólo una hipótesis genuina que resultó ser incorrecta”.

La idea de Lowell prendió entre el público. Mientras, otros científicos aseguraban que Marte era demasiado frío y seco para albergar una red fluvial. De hecho, nadie lograba ver los canales que Lowell había dibujado. Así pues, ¿cómo los veía él? “Hay marcas en la superficie de Marte, y creo que éste es un caso de mirar algo durante tanto tiempo, y con tanta diligencia, que Lowell se convenció a sí mismo de que los canales estaban ahí, cuando no era así”, dice Hall. “Como científico, sé que es un error muy común: debemos ser muy cuidadosos buscando la respuesta que está ahí, no la que pensamos que debería estar”.

Inspiración para La guerra de los mundos

Los canales de Lowell ejercieron una poderosa influencia en la iconografía popular de Marte. “Inspiró a muchos científicos y escritores de ciencia ficción, y contribuyó inmensamente al interés público en la astronomía y el cosmos”, valora Hall. Incluso H. G. Wells, el autor de la invasión marciana literaria más renombrada, La guerra de los mundos (1898), describiría la teoría de su “amigo” Lowell como “muy convincente”. Todavía en 1950, Ray Bradbury rescataría la imagen de los canales en sus Crónicas Marcianas.

Aunque los canales y la civilización marciana de Lowell fueron rápidamente descartados por la comunidad científica, lo cierto es que la confirmación visual definitiva de que todo aquello era una fantasía no llegaría hasta la obtención de las primeras imágenes de la superficie por la sonda Mariner 4 de la NASA en 1965. Paradójicamente, al mismo tiempo el agua marciana comenzaba a convertirse en una realidad: en 1963, un estudio confirmaba que la atmósfera de Marte contiene vapor de agua, algo que muchos científicos ya habían descartado.

Desde entonces, la búsqueda de agua en Marte se ha convertido en una intensa saga científica. En 2004, el rover Opportunity de la NASA confirmó in situ que nuestro planeta vecino conserva abundantes huellas geológicas y geográficas de un pasado húmedo con ríos y océanos. Poco después, alguien dejó una copa de champán en el mausoleo de Lowell. En 2008, el robot Phoenix verificaba directamente la presencia de agua congelada bajo una fina capa de suelo en el Ártico marciano.

Sin pruebas de agua líquida

El agua líquida se ha mostrado más esquiva. Entre el intenso frío marciano y la débil atmósfera que reduce el punto de ebullición del agua pura a los 10°C, una fase líquida sólo podría darse de modo fugaz y en casos especiales, como en forma de una salmuera muy concentrada.

Esto es precisamente lo que en 2011 sugirió un estudio dirigido por la NASA y la Universidad de Arizona. Según los investigadores, unas marcas estacionales en las laderas, similares a torrenteras y bautizadas como Recurring Slope Lineae (RSL), son producto del vertido de agua líquida con un alto contenido en sal. En 2015, los científicos apoyaron su hipótesis con un análisis del espectro de los depósitos que revelaba la presencia de sales hidratadas.

Pese a ello, el debate prosigue. El pasado agosto, un análisis térmico de imágenes tomadas por la sonda orbital Mars Oddysey llegó a la conclusión de que el contenido en agua de las RSL es similar al de “las arenas desérticas más secas de la Tierra”, en palabras del coautor del estudio Christopher Edwards, de la Universidad del Norte de Arizona.

“Algún tipo de actividad relacionada con el agua todavía podría ser un factor responsable de las RSL en el extremo ladera arriba, pero el tono oscuro del suelo no está asociado con grandes cantidades de agua, líquida o congelada”, dijo Edwards, para concluir: “No deberían descartarse mecanismos totalmente secos para explicar las RSL”.

Autorretrato de la nave Curiosity que la NASA envió a Marte. Crédito: NASA

La respuesta podría estar al alcance de Curiosity, el último rover enviado por la NASA a Marte. El robot se encuentra actualmente en una zona de posibles RSL, y la NASA acaricia la idea de aproximarlo a una de ellas para una inspección cercana.

Pero, ¿y si realmente hubiese agua líquida? ¿Y si albergara vida microbiana? La posibilidad de que los microbios residuales presentes en el Curiosity pudieran contaminar un emplazamiento marciano propicio para la vida complica la decisión. En cambio, hay algo bastante más claro: si finalmente en Marte existieran flujos de agua habitados por marcianos de algún tipo, Lowell merecería otra copa.

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