[Hum}– De cómo era una boda venezolana

Conocer las tradiciones

Si existe un acontecimiento en Venezuela que marca historia, ése es el matrimonio. Trajes, arroz, fotos, lágrimas, quesos, flores, tequeños, whisky, merengue, centro de mesa, y hasta el impecable trencito, son elementos que no pueden faltar en este tipo de celebraciones. Tras la inevitable caravana de automóviles, llegan los invitados al lugar del banquete.

En esta parte del ritual siempre hay una señora que le da un coscorrón al hijito, acompañado del clásico “Si sigues, nos vamos ya para la casa”, y uno que otro barrigón que aprovecha la distracción de la gente ante la llegada de la novia para acomodarse el bojote y enderezarse la corbata.

La novia luce con heroísmo ese artefacto de tortura que la gente llama “traje de novia”, el cual está diseñado para hacerla ver lo menos parecida a ella misma que sea posible, de manera que el novio se pase la noche entera preguntándose: “¿Ésta será de verdad Margot”? Si para el recién estrenado esposo constituía un deleite la altiva figura de su amada, ahora la va a encontrar encorvada, como el campanero de Notre Dame, bajo la cola y el velo.

¿Lo sedujeron sus portentosas curvas? Pues ahora un corpiño, encasquetado gracias a una dieta líquida las últimas 72 horas, lo hará sentir que a ella le falta cintura o a él le sobra brazo. Y si él quiere darle un beso en la mejilla, doce kilos de una cosa que llaman “panqué”, le impedirán a sus labios llegar a la epidermis. Eso sin hablar de la impresión que le causa al galán ver a su novia llorando lágrimas negras, como si fuera una virgen polaca, gracias al uso de una gruesa capa de “rímel” en las pestañas.

Empieza la procesión

Ya en el banquete toca a los novios, si son de buen linaje, someterse a los rigores del “saludo”. Allí, marido y mujer, en compañia de sus respectivos padres, reciben congratulaciones de quienes van llegando, en una especie de improvisada alcabala. Luego corresponde el turno a la sesión fotográfica, la cual puede durar tres horas o setecientos rollos, lo que llegue antes.

Primero es la foto de los novios, luego la de ellos con los padres, y la de los padres, hermanos, cuñados, primeras esposas de algunos de ellos y novio de turno de la hermana menor, que es un inglés divorciado y con dos niños, lo que hace necesario la foto de los padres, los hermanos, los cuñados, el inglés y sus retoños.

La foto con la madrina, la foto con la mejor amiga de ella y el mejor amigo de él, que siempre pensó que terminarían casándose y de quien la novia todavía sospecha.

La foto con los primos, con los tíos, con los abuelos, con el entrenador de los perros y con el tipo que cuida la casa en Caraballeda.

La foto con el vecino que una vez le cambió a ella los pañales cuando chiquita, y la foto con un señor que no es de este matrimonio pero que entró a preguntar de quién era un Corolla azul, placas XCD-293, que está trancándole su carro.

Entre el calor y el sabor

Llega entonces la hora del vals. Aquí la novia debe bailar con cada una de las personas antes mencionadas, excluyendo, por supuesto, al señor del Corolla, y siempre habrá un viejito amigo de la familia que la agarrará más de lo debido.

La orquesta, con su buen gusto, comisionará al cantante para que felicite al novio, llamándolo por un nombre equivocado, y dar así comienzo al baile, siguiendo siempre al vals un pasodoble para que no haya un cambio brusco que destornille a algún viejo.

Un comando de mesoneros ubica en cada mesa un servicio completo de whisky, y por su trago no se preocupe pues siempre habrá un sujeto de ésos que corresponden a la categoría de “macho pagador de cuentas”, que le servirá a los demás, agitando la botella como si quisiera sacarle música mientras pregunta “¿Cómo lo tomas, mi caballo?”.

Entretanto las señoras se abalanzan sobre la mesa de quesos con un plato en cada mano, uno para ella y otro para el consorte, que le dijo “Negra, tráeme un quesito”, mientras campaneaba el trago con el dedo. La selección de quesos y demás viandas es arrasada, y no falta quien, abriendo la cartera, ponga un Camembert a hacerle compañia a su polvera.

Mi vida por un tequeño

En ese momento salen los pasapalos. El sonido de docenas de hombres masticando sólo puede ser aplacado por la orquesta, que no halla cómo zafarse de “el tío de la madrina del novio” que se rascó y que ha venido siete veces a pedir que le toquen “Brisas del Torbes”.

Bolitas de carne, cachapitas y minilumpias preparan el terreno y, en medio de la noche, se escucha el grito de alguna dama que, como Rodrigo de Triana, logra ver de primera lo que otros están buscando: “¡Llegaron los tequeños!”. Hay conmoción, nerviosismo y alegría. El mesonero sabe que tiene que amarrarse los pantalones o terminará rodando por el suelo, pues las masas enardecidas se abalanzan sobre él que, además de la bandeja, ahora tiene que cargar a dos señoras que le siguen, agacharse para que alcance una niñita, y atender el requerimiento de la novia que lo amonesta diciéndole “¡A la mesa de allí no le ha llevado ni un pasapalo!”.

Si uno cierra los ojos se imagina que está en un autobús, lo único que se oye en medio de los empujones es “¡Espérese, espérese!”. El último tequeño de la bandeja es siempre motivo de disputas, miradas recelosas y una que otra risita nerviosa. Al final, y como en el Oeste, gana el más rápido y no el mejor educado. También está la imagen de las servilletas en la mesa, con tres o cuatro tequeños protegidos por su dueño, quien no tiene cara de prestarse por ellos a ningún tipo de mercado negro.

Se armó un limpio

Terminada la cena llega el turno a la tradición; me refiero al “bouquet” y al “liguero”. Primero la novia, con la ayuda de la orquesta, hace un llamado a la solteras que podrían quedarse para vestir santos, y adula a las amigas que se niegan a participar porque les parece pavoso, pues ya bastante tienen con haberse ido solas a la boda y, además, encontrar que en la fiesta no hay ni un solo mortal masculino que valga la pena.

La novia se coloca de espaldas, lanza el bouquet, y Magalys lo roza, pero cae en manos de una ex del novio que, aunque lo dejó por un sueco que conoció en un simposio, terminó convirtiéndose en una buena amiga y por eso la invitaron. Le toca el turno al liguero.

El novio se arrodilla buscando sacar la prenda íntima con los dientes, según requerimiento de algunos amigos. Al fin logra su cometido luego de tragarse un poco de sucio del zapato de la muchacha, y el llamado es ahora para los solteros.

Un nuevo lanzamiento y la prenda cae en manos del hijo de la vecina, que es gago y feo. Un coro de manganzones clama a gritos por que comience la última fase del evento, donde el pobre gago tiene que ponerle el liguero a la muchacha que se ganó el ramo, que está buenísima, pero que, luego de terminar con el sueco, se curó la depresión empatándose con un policía al que, por supuesto, no le hace ninguna gracia el jueguito.

Pero ahora viene el cotillón. Agarre su pito y levántese que ya Pachi —un primo de la novia que, a pesar de ser gordito, es simpatiquísimo y bien rumbero— va a organizar el trencito. Procure apoyar las manos en alguna cadera que le resulte interesante porque en minutos usted será succionado por una fila de personas que, a un mismo compás, pegan un brinco y estiran la pata, confiados en que el alto estado de intoxicación etílica imperante resguarde sus identidades al día siguiente.

Último acto

Con la fiesta prendida, hace su entrada triunfal un grupo de tambores. Aquí a las niñas bonitas, a los posgraduados bostonianos, al fino sibarita y a la pelirroja más presumida se les sale el negro como por arte de magia sin que puedan, ni quieran, evitarlo. Se sueltan las corbatas, vuelan los tacones, los picones se agudizan, y el sudor abunda; ahora se puso buena la cosa y, mientras todos ponen de manifiesto su exuberancia, uno que otro borracho echa el primer camarón de la noche, babeando el mantel entre cabeceada y cabeceada.

Con la partida de los novios, los invitados van dejando la fiesta, aunque siempre hay el que pretende ver el amanecer a través de su vaso de whisky, la dama que vomita porque ella nunca toma tanto, y el valentón que, ante el menor motivo invita, a “arreglar esto como los hombres”…

Y ustedes, ¿conocen a los novios? Seguro que a esta fiesta ya fuimos cada uno de nosotros, ¿o no?

Una respuesta a “[Hum}– De cómo era una boda venezolana

  1. De que eran buenos, no lo podemos negar. Y digo “eran” porque tengo tiempo (años hace) que no asisto a una boda en Venezuela.

    Buen resumen, y buena fotografía y radiografía del evento. ¡Qué tiempos aquéllos!

    Gracias por traerme esos recuerdos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *