[SE}– La inutilidad de argumentar con citas y aforismos

2017-01-06

Erasmo de Rotterdam llegó a dudar de la utilidad del debate cuando los oponentes tenían muy asentadas ciertas ideas o creencias.

Sucede muy a menudo que nos vemos enfrascados en debates muy sesudos acerca del fondo moral o ideológico de tal o cual autor, filósofo, artista, político o religioso.

En tales discusiones es habitual que esgrimamos alguna cita extraída de cualquier rastro escrito dejado por el personaje en cuestión: cartas, diarios, obras publicadas, manuscritos o incluso afirmaciones de terceros.

Erasmo de Rotterdam, maestro humanista del debate y eterno enemigo de las “inconmovibles afirmaciones”, llegó a dudar de la utilidad del debate cuando los oponentes tenían muy asentadas ciertas ideas o creencias. En la maravillosa biografía del humanista (escrita por Stefan Zweig) queda muy bien reflejado ese postrero escepticismo de Erasmo.

Es cierto que Erasmo vivió y sufrió el gran debate con Lutero, cargado de vívida fe y de violencia dialéctica (esta última siempre por parte de Lutero). En aquella época, exactamente en 152, Lutero escribe a un amigo, refiriéndose a Erasmo: “La verdad es más importante que la elocuencia, y la fe más grande que la sabiduría”.

Con esas premisas, el debate sólo busca ratificar una idea sobre la que ya se está convencido o, a lo sumo, acercar al contrario a nuestra posición. En muchos casos lo que realmente se busca es la aniquilación, física o intelectual, del contradictor.

Schopenhauer llegó a identificar hasta 38 estratagemas en el arte de tener razón. Lo problemático, y de ahí el escepticismo postrero del gran Erasmo, es cuando ambos oponentes pretenden lo mismo, sin la más mínima voluntad de acercar posiciones. Entonces el dialogo es de sordos y no conduce a ningún acuerdo, digan lo que digan Apel y Habermas con su ética dialógica.

¿Alguien se imagina que es posible el dialogo con un nazi fanático acerca de la igualdad de los seres humanos? ¿Es posible discutir con un fundamentalista que la mujer no es inferior al hombre? ¿Sirve de algo el debate con Bildu y todos aquéllos entes que califican de “muerte política” los viles asesinatos perpetrados por sus terroristas?

Lutero, un verdadero e irreductible fanático, en una carta remitida al ya anciano y tolerante Erasmo le aconseja precisamente que no se desgasten en debates inútiles pues “hubo ya bastantes mordiscos, y ahora tenemos que andar con cuidado de no devorarnos unos a otros y nos quebrantemos”.

Fruto de aquella polémica es la mejor obra de Lutero, “De Servo Arbitrio” (tratado de la Servidumbre de la Voluntad), pero en esa época Erasmo ya era consciente de la inutilidad de la controversia y del daño irreparable al que había llevado un debate tan estéril. La Rochefoucauld, un maestro del aforismo, constató varios siglos después que “el entendimiento es siempre la víctima del corazón”.

Con las citas pasa algo parecido, pues muchas veces las usamos como “argumento de autoridad” para sostener una tesis o idea en la que creemos. La cita fundamenta o refuerza nuestro apriorismo y nos exime de dar razones. Creo que sostener un debate sobre tales bases es inútil y a menudo insuficiente y ello por varias razones:

1. La evolución

El ser humano evoluciona, y con el paso de los años cambia de opinión y parecer. Un signo de inteligencia es precisamente esa transformación, y, cuando se trata de grandes figuras del pensamiento, esa evolución ideológica es casi obligatoria.

Uno no se imagina a un Kant con todo su cuerpo doctrinal ya escrito o pensado en sus primeros escritos. Su filosofía, al igual que su “ethós”, es algo que se fue construyendo a diario durante toda su , y el Kant de 17 años (y sus escritos) no tiene quizás mucho que ver con el Kant anciano que paseaba sus canas con meridiana puntualidad en su pueblo.

Agustín de Hipona en sus años mozos era alguien poco recomendable, según el mismo reconoce en sus “Confesiones”. ¿Y qué decir de Ignacio de Loyola? Y ambos llegaron a ser santos de la Iglesia Católica. Tampoco era el mismo el Orwell de “El camino a Wigan Pier” y el Orwell de “1984”. Entre medio hay un Orwell que en 1937 vive desde el POUM la Guerra Civil española y comprueba en la carne de sus compañeros —Andreu Nin y otros troskistas— el horror del comunismo estalinista en España. Lo mismo vale para Schopenhauer, Nietzsche o Camus. La lista es tan extensa como la historia del pensamiento.

En el largo intervalo de tiempo que media entre la cita extraída de una obra de juventud y una obra póstuma, es más que probable que el autor se retracte o matice sus primeras ideas. Aludir como argumento de autoridad tal cita o usarla para tachar a su autor de “racista”, “machista”, “misógino”, “papista”, “comunista” o “nazi” puede ser un grave error o una notable injusticia pues ignora la evolución de nuestras ideas y creencias. Basta repasar nuestros propios diarios de juventud o nuestras viejas anotaciones de libros o películas para darnos cuenta cuanto hemos cambiado y qué poco nos queda de nuestro primer sentir.

2. La ubicación de la cita

La ubicación de la cita en el conjunto de la obra y el contexto histórico en el que fue escrita son factores que pueden suponer enormes matizaciones al sentido de la frase.

Pero conocer el contexto en que fue escrita supone un profundo conocimiento de la vida y obra del autor, y eso, desgraciadamente, está al alcance de muy pocos. Hay que tener en cuenta que —especialmente hoy en día, cuando la gran cultura de antaño desaparece y se transforma en pura divulgación o en píldoras aisladas de sabiduría— es muy fácil poder acceder (internet) a una fuente infinita de citas y aforismos de todo tipo.

Algunas son bellas, brillantes y formativas, otras triviales y acaso solo recicladas por la autoridad de quien las firmó, y otras en muchos casos o son apócrifas o ignoran o no indican la obra de la que están extraídas, lo que imposibilita la necesaria comprobación y contextualización cuando se quiere afinar el significado y autenticidad de la cita.

3. El volumen total de la obra y escritos del autor

Obviamente no es lo mismo apoyarse en aforismos de un autor con escasa obra conocida (pienso en Celso o Joseph Joubert) que hacerlo en otros muy prolíficos (Lope de Vega o Faulkner). En el prolífico será siempre posible encontrar una idea y su contraria, precisamente sobre la base de la evolución humana desarrollada en mi primer punto.

4. El estilo literario, el lenguaje y la traducción de la obra

Una cita puede ser claramente tergiversada cuando esta extraída de obras religiosas, esotéricas, místicas, poéticas o simbólicas, y cuya interpretación literal puede llevar a grave error.

¿Es posible una interpretación literal de “El Cantar de los Cantares”, de “Las Moradas” o de “El misterio de las catedrales”, de Fulcanelli?

Por esa razón es tan sencillo encontrar en los grandes libros sagrados extractos que a lo largo de los siglos han servido tanto para justificar y alentar los crímenes más salvajes, cuanto para la misericordia y el amor más sublime.

5. El ejemplo vital del autor citado

Es preciso recordar que alguien puede ser capaz de escribir aleccionadores tratados de moral y bellos poemas, pero en su vida privada haber sido un perfecto canalla o un cínico total.

El estoico moralista Séneca tiene en su agitada vida política algunos hechos poco edificantes, y llegó a ser el tutor de un joven Nerón de 17 años, una tutoría que, dada la trayectoria de Nerón, en los próximos años no parece que fuera especialmente provechosa.

Heidegger y Sartre, cada uno a su manera, supieron convivir y hasta justificar los dos grandes totalitarismos del siglo XX, algo que de algún modo debiera mantenernos alerta al leer sus obras.

Por todas éstas razones creo que apoyarse en citas de famosos autores para sostener un criterio puede resultar elegante y hasta relevante, pero su uso y validez debería ser siempre bien ponderados por quien las usa o recibe a modo de saetas. Al fin y al cabo Ambrose Bierce en su magistral “Diccionario del Diablo” definía la erudición como “El polvo sacudido desde un libro a un cráneo vacio”. Y Bierce fue siempre, en su vida y en su obra, un cínico redomado y un implacable observador de nuestras incoherencias.

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