[SE}– Juan Andrés, el jesuita expulsado de España por Carlos III que dio una lección de cultura a Europa

25/01/2017

Manuel P. Villatoro

Un auténtico abanderado de la Ilustración española en el exilio.

Además de un hombre con la capacidad de pintar con palabras pensamientos desconocidos para la época. Pero la vida del escritor y religioso Juan Andrés y Morell ha caído en el olvido (como la de tantos otros genios de la historia de nuestro país) en las últimas décadas.

Y eso, a pesar de que su existencia supone la perfecta unión entre aventura y avance. Aventura, porque fue expulsado de la Península por Carlos III cuando éste abolió la Compañía de Jesús en España. Avance, debido a que escribió más de una veintena de obras reconocidas internacionalmente sobre temas tan variopintos como la observación científica o la historia de la literatura.

Por todo ello (y aprovechando que este año recordamos el bicentenario de su muerte) su legado y su importancia en el devenir del Viejo Continente están siendo reivindicados en «Juan Andrés y la Escuela Universalista Española», un congreso que se celebra los días 24, 25 y 26 de enero en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid.

El mismo evento va acompañado de una exposición que acoge la Biblioteca Histórica de la UCM y que se extenderá hasta mediados de junio. En ella, se pueden ver 121 piezas relacionadas con la Escuela Universalista (la corriente de pensamiento que creó Juan Andrés junto a otros tantos intelectuales de la época) y del propio autor.

Un jesuita convencido

Juan Andrés nació en Planes (Alicante) allá por febrero de 1740. Mientras Blas de Lezo llevaba a cabo su defensa contra el inglés en Cartagena de Indias, nuestro protagonista se fue curtiendo tanto en el mundo religioso como en el literario de manos de la Compañía de Jesús de Valencia.

Poco tiempo después, en 1754 (cuando no sumaba ni una veintena de primaveras a sus espaldas), ingresó en la Orden. «Dentro de un marco común de la doctrina, los jesuitas de Aragón poseían matices diferenciadores. […] No era inusual entre los jesuitas valencianos y catalanes encontrar Padres que mostraran interés por las ciencias naturales y las matemáticas, buen dominio de las lenguas clásicas, una aproximación crítica a la Historia, y un cierto distanciamiento de la tradición escolástica», explica el catedrático Enrique Giménez López en su dossier «Juan Andrés. Viajero neoclásico».

La dura expulsión

Su siguiente década la pasó aprendiendo entre los libros de sus mentores, todos ellos poseedores de una biblioteca envidiable. Mientras, sus pasos le llevaron a dar clases de retórica como catedrático en la Universidad de Gandía, dirigida entonces por jesuitas. Todo parecía dicha en su existencia. No obstante, a Juan Andrés le esperaba tras la esquina una triste fortuna.

Y es que, en abril de 1767, el monarca español Carlos III promulgó la «Pragmática», un texto en el que establecía la expulsión de la Compañía de Jesús de España bajo el siguiente título: «Pragmática sanción de su Magestad en fuerza de ley para el estrañamiento de estos de reynos a los Regulares de la Compañía, ocupación de sus Temporalidades, y prohibición de su restablecimiento en tiempo alguno, con las demás precauciones que expresa».

En la actualidad, son muchos los expertos que coinciden en que se les obligó a marcharse del país de improviso y en pocas horas para, de esta forma, evitar una revuelta social de sus partidarios.

Ni Juan Andrés ni sus compañeros supieron jamás las causas que llevaron a Carlos III a cargar contra ellos. ¿Desconfianza? ¿Riquezas? Oficialmente, el texto de la «Pragmática» era demasiado vago para averiguar sus motivaciones. Algo que, según se cree, el rey no hizo en vano.

Así rezaban las líneas del documento en relación a este enigma: «Por gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi corona…». El país se sumó de esta forma a Portugal y Francia, regiones que ya les habían expulsado de sus fronteras en 1758 y 1764.

Igual que sardinas

La expulsión de Juan Andrés se materializó a principios de abril de 1767. El día 03, Viernes de Pasión, las autoridades se personaron en el colegio de los jesuitas e informaron a la Orden de que deberían abandonar el país en 24 horas. Aquel día, Gregorio Mayans (uno de los maestros de nuestro protagonista) envió una carta a un sacerdote residente en Segorbe explicando los pormenores del viaje que se les planteaba.

En ella, se deshizo en elogios hacia su pupilo: «Sepa usted que Juan Andrés es persona de mucho juicio y bondad, y muy bien instruido en las letras humanas, y nobles prendas». Para su desgracia, aquella opinión no le valió al ilustrado para quedarse en el país que le había visto nacer, y fue enviado, como el resto, a las playas de Salou (en Cataluña), lugar donde les esperaban varios buques para llevarles hasta aguas italianas, donde serían acogidos.

Concretamente, fue embarcado junto a otro medio millar de religiosos en unas barcazas en las que viajaron apretados, sin apenas comida, y como ovejas.

«Carlos III era un rey profundamente cristiano, pero tenía unos criterios políticos problemáticos y recibió muchas presiones en referencia a los jesuitas; luego sufrió pesar por lo sucedido. A Juan Andrés, por ejemplo, le envió varios libros de regalo en el exilio» explica, en declaraciones a ABC, Pedro Aullón de Haro (Catedrático de la Universidad de Alicante y comisario de la exposición).

Tal y como afirma el experto, el clérigo era ya entonces bien considerado entre los estudiosos de la época. Tanto que algunos llegaron a solicitar que se hiciera una excepción con él y no se le expulsara de España. Los ruegos no sirvieron de nada, pues tanto Juan Andrés como un amplio elenco de jesuitas abandonaron el país. Entre ellos se encontraban personajes a los que, a día de hoy, también se rinde tributo en el simposio celebrado en la UCM. Ilustrados tales como Lorenzo Hervás, Antonio Eximeno o el Padre Isla. Además de otros tantos llegados desde las Américas y todas las regiones bajo dominio español.

Intelectuales en el exilio

En palabras de Aullón, se cargó contra estos intelectuales en el peor momento: «La expulsión de los jesuitas vino a destruir el sistema educativo español. Se sucedió durante un momento en el que habíamos alcanzado un alto nivel científico gracias a personajes jóvenes, muchos jesuitas, con un gran porvenir». El experto, incluso, baraja lo que otros tantos autores defienden: que, desde entonces, nuestro país jamás se ha recuperado a nivel educativo de aquel golpe.

Fernando García de Cortázar (catedrático en Historia Contemporánea, colaborador de ABC y uno de los participantes en el congreso de la UCM), recuerda por su parte que estos jesuitas tuvieron que pasar también por la penuria de ser extinguidos como Orden por el Papa en 1773. «A partir de entonces empezaron a funcionar como abates», señala.

Juan Andrés y sus compañeros de Orden fueron recibidos a pesar de todo en Italia, región en la que pudieron desarrollar sus teorías y dar forma a una tardía Ilustración española desde el exilio. «Fueron sus protagonistas. En España no triunfó por las coacciones del poder político, pero sí lo hizo a hombros de estos personajes en Italia», destaca García de Cortázar.

Expulsión de los jesuitas- ABC

En cierto modo, el verse privados de su patria les valió a los jesuitas, como élite intelectual de la época, para reunirse y crear desde nuevos programas de estudios, hasta una cultura que quedó plasmada a partir de entonces en multitud de obras.

«El exilio les sirvió para ser más prolíficos y trabajar pensando en España. Produjeron una gran obra cultural que es española. España está donde están sus libros y sus estudiosos», añade el catedrático.

En palabras de este experto, quedaron dispersos y en una situación difícil, pero en un nuevo mundo que les ofrecía una riqueza bibliográfica fuera de lo normal. Algo que les ayudaría a crecer de una forma más que considerable a nivel intelectual. «Fueron la expresión de esa gran cultura jesuítica que abandonó España, pero que siempre la llevó en el corazón», completa.

Aunque no todo fueron alegrías ya que, además de vagar por Italia durante bastante tiempo hasta que fueron acogidos en diferentes zonas, muchos no tuvieron la suerte de ser contratados como profesores (el trabajo que ejercían anteriormente) y se vieron obligados a malvivir. «A pesar de todas estas dificultades, la Compañía de Jesús produjo una obra cultural de primerísimo orden en estos años. Su resultado se puede ver hoy en la exposición», añade García de Cortázar.

Juan Andrés, en Italia

Juan Andrés fue uno de los que más suerte tuvo ya que, tras pasar primero por Ferrara (al norte de Italia) y llegar después a la vecina Mantua, entró al servicio del marqués de Bianchi. «Fue contratado como bibliotecario y profesor del que era uno de los personajes más ilustrados y valiosos de la época.

Éste le acogió en su casa como si fuera un familiar más, lo que le permitió disfrutar de unos años de paz», añade Aullón. Motivado por el ansia de sabiduría de su nuevo mentor, y ayudado por su gran biblioteca, nuestro protagonista logró convertir el palacio de los Bianchi en un centro de peregrinación intelectual.

Italia, su acceso a la cultura, y la escasez de coacciones sirvieron también a Juan Andrés para dar rienda suelta a todo su potencial cultural. Así, creó obras de gran importancia internacional como «Saggio de la filosofía del Galileo».

Este texto fue publicado en Mantua en 1776 y destacaba la importancia de estudiar la naturaleza en base a la experiencia y a la observación. El prolífico jesuita también fue el autor de una carta que abordaba la forma correcta de educar a los sordomudos en Europa.

Eximeno- ABC

Pero estos trabajos no fueron los únicos. En 1782, por ejemplo, escribió el primer tomo de su «Dell’origine, progressi e stato attuale d’ogni letteratura». Un estudio sobre el origen, el progreso y el estado de toda la literatura de entonces.

Así rezaba el prefacio del texto: «Ésta es una historia crítica de las vicisitudes que ha sufrido la literatura en todos tiempos y en todas las naciones; un cuadro filosófico de los progresos que desde su origen hasta el día de hoy ha hecho en todos y cada uno de sus ramos; un retrato del estado en que se encuentra actualmente, después del estudio de tantos siglos; una perspectiva, digámoslo así, de los adelantos que le faltan hacer todavía».

«Juan Andrés hizo también la primera Historia universal y comparada de las Letras y las Ciencias», añade Ullón.

Con todo, y como ya se ha señalado, Juan Andrés no fue el único ilustrado jesuita en el exilio. Entre los más destacados religiosos expulsados por Carlos III destacaron tres figuras.

La primera de ellas fue Lorenzo Hervás, quien elaboró el primer catálogo de las lenguas. «Lo hizo en el exilio y gracias a que coincidió en Italia con los jesuitas que habían sido expulsados de los dominios españoles en América. Tuvo una repercusión universal», añade García de Cortázar. El segundo fue el musicólogo Antonio Eximeno y, finalmente, destacó también el Padre Isla. Este escribió «Fray Gerundio de Campazas», una crítica contra algunos predicadores de la época.

Todos ellos formaron lo que, a día de hoy, se conoce como la Escuela Universalista. Una forma de pensar y estudiar el mundo que supone uno de los momentos más elevados de la cultura hispánica y, en general, del humanismo moderno. Una tendencia cultural que se basaba en la idea de que el progreso sociopolítico se debía sustentar en la evolución de la ciencia y de la cultura.

«En total fueron 30 autores más otros tantos precedentes. Es una verdadera ilustración científica, y no política, creada por cristianos. Esta escuela cambia la idea que tenemos de cultura moderna, que ya no se puede explicar con el enciclopedismo francés o la ilustración alemana. El concepto tendrá que reconstruirse con ella», determina Aullón.

Últimos años

Mientras su lista de obras aumentaba, Juan Andrés comenzó una serie de viajes por Italia y Austria con el objetivo de hacer acopio de datos en sus diferentes bibliotecas. Travesías que dejó plasmadas en varios textos y obras. Aquellos largos paseos por Europa debieron abrirle el apetito de conocer mundo, pues en 1793 y 1794 recorrió también Alemania, Suiza y Austria junto a uno de los hijos del marqués de Bianchi.

Por desgracia, el inicio de la Revolución Francesa le dejó atrapado en Mantua. Con todo, pudo huir a Roma y, desde allí, al Ducado de Parma. «Gracias a su prestigio, Andrés fue requerido por el Emperador austríaco Francisco I a reorganizar la Universidad de Pavía en 1799, pero ocupada nuevamente la ciudad por los franceses se reintegró a Parma para tomar posesión del puesto de Bibliotecario Mayor del Ducado» señala, en este caso, Giménez en su obra.

A pesar de su huida constante de Napoleón, fue «atrapado» por la Revolución en Nápoles allá por 1806. No obstante, con los galos siguió ejerciendo su trabajo de director de la Real Biblioteca. Así, hasta que murió el 12 de enero de 1817 prácticamente ciego.

Durante su exilio, pudo regresar dos veces a España, en 1798 (cuando Carlos IV abrió la puerta a los desterrados) y en 1814 (cuando se restauró la Orden). Sin embargo, se negó. «No fue una venganza. Estaba bien situado en Italia, se sentía como un exiliado y estaba cómodo», añade García de Cortázar.

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