[SE}– La contaminación del océano llega a los 10.000 metros de profundidad

13/02/2017

El abismo Challenger, en la fosa de las Marianas, es el lugar más profundo de la Tierra.

Para descender hasta este remoto punto del Océano Pacífico situado a unos 11.000 metros de profundidad, el hombre ha tenido que diseñar sofisticados vehículos. Sólo tres personas lo han conseguido: Don Walsh y Jacques Piccard en 1960 a bordo del batiscafo Trieste, y James Cameron en 2012 en el submarino Deepsea Challenger.

La contaminación generada por la actividad humana, sin embargo, es ya de tal magnitud que está llegando con sorprendente facilidad a las fosas submarinas más profundas, como acaba de demostrar un equipo de investigadores británicos.

Según relatan en un estudio publicado esta semana en Nature Ecology & Evolution, han encontrado «niveles extraordinariamente altos» de sustancias contaminantes en animales que viven en dos de las fosas más profundas del océano, la mencionada fosa de las Marianas y la de Kermadec, a 10.047 metros.

Se trata de unos pequeños crustáceos conocidos como anfípodos capaces de vivir a miles de metros de profundidad y muy voraces, pues comen prácticamente todo lo que encuentran. En concreto, algunas de las criaturas analizadas para este estudio habitan a 10.000 metros de profundidad en zonas que, además, se encontraban a unos 7.000 kilómetros de distancia de las zonas industriales más próximas.

Lo llamativo de este estudio, según señalan sus autores, no es sólo que animales que viven en zonas tan profundas hayan estado expuestos a sustancias contaminantes generadas indudablemente por la actividad humana, sino también los altos niveles de polución detectados. Y es que según aseguran, esos niveles son comparables a los de Suruga Bay, una de las zonas industriales del noroeste del Pacífico más contaminadas.

“Seguimos pensando en las profundidades del océano como un reino remoto y prístino, a salvo del impacto humano, pero nuestra investigación demuestra que, tristemente, esto no podría ser más incierto”, ha declarado Alan Jamieson, investigador de la Universidad de Newcastle y autor principal de este estudio.

Sustancias prohibidas desde los 70

Los organismos de los crustáceos contenían Compuestos Orgánicos Persistentes (COPs), algunos de los cuales fueron prohibidos hace décadas debido al gran impacto ambiental que causaban. Pero, debido a sus características, persisten muchos años en el ambiente.

Los COPs son sustancias que normalmente han sido sintetizadas, es decir, no se dan en la Naturaleza de una manera natural, y son resistentes a la degradación o se degradan muy lentamente, por lo que tienden a acumularse. Entre ellos figuran algunos pesticidas, bifenilos policlorados (PCB) y polibromodifenil éteres (PBDE).

Los bifenilos policlorados (PCB) fueron masivamente utilizados por la industria para fabricar aislantes para equipos eléctricos. Sin embargo, su producción se prohibió a finales de los 70 en EEUU y en la actualidad su uso no está permitido en la mayor parte del planeta, pues se trata de sustancias muy nocivas para el medio ambiente.

Según datos ofrecidos por este equipo de investigadores, desde los años 30 del siglo pasado hasta finales de los años 70, cuando fueron vetados, la producción total de PCB en esa región fue de 1,3 millones de toneladas. Parte de esa cantidad habría llegado a la naturaleza por distintas vías, como accidentes industriales, vertidos y filtraciones.

Por otro lado, los polibromodifenil éteres (PBDE) son muy utilizados como retardantes de llama en plásticos y espumas. Otros estudios han detectado restos de estos productos en todo tipo de ecosistemas terrestres y marinos —incluso en el Ártico— y en numerosas especies animales, como las ballenas.

Acumulación a través de la cadena alimentaria

Los animales analizados fueron recogidos durante inmersiones en el Océano Pacífico realizadas con submarinos diseñados por el propio Jamieson. El vehículo robótico recogió muestras de dos especies de crustáceos endémicas de la fosa de Kermadec (Hirondellea dubia y Bathycallisoma schellenbergi) a una profundidad de entre 7.227 y 10.000 metros de profundidad, y de la especie Hirondellea gigas en la fosa de las Marianas, a profundidades de entre 7.841 y 10.250 metros.

Los autores creen que lo más probable es que las sustancias contaminantes llegaran a esas fosas por la acumulación de basura que contenía plástico y a través de animales muertos que habrían consumido fragmentos de plásticos y que, al hundirse, se convirtieron a su vez en comida para estos crustáceos marinos y otros animales que habitan en ese remoto ecosistema.

Su siguiente objetivo será intentar entender las consecuencias de esta contaminación y qué efectos puede tener en otros ecosistemas más amplios, pues al ir acumulándose las sustancias químicas a través de la cadena alimentaria, cuando alcanzan el fondo del océano su concentración es mucho mayor que la que hay en la superficie del mar .

“Nuestra investigación muestra que las profundidades del océano no sólo no son lugares remotos, sino que están fuertemente conectados a las aguas más superficiales, lo que significa que todo aquello que arrojamos al fondo del mar volverá a la superficie algún día con otra forma”, advierte el científico.

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