[CT}– Mi cerebro cree que estoy muerto: el síndrome de Cotard

13 febrero 2017

Walter Farah Calderón

¡Neuronas al poder!

Aquel hombre siempre había mostrado tener su cabeza bien puesta, hasta que, durante aquel fatal accidente de tráfico, su cráneo se separara de su columna vertebral.

No sólo no falleció, sino que sobrevivió, con su cerebro intacto, lo cual muestra que el cráneo es, entre otras cosas, un gran recipiente, lo que podría sonar a mal gusto si no fuera porque abre la posibilidad de concebir la actividad cerebral fuera del mismo. Por supuesto, en la mirada atónita de quienes presenciaron aquel accidente quedará fijo para siempre el uso del concepto más arcaico, nunca tan actual como aquel día, el etimológico, el del cerebro como “lo que lleva la cabeza”.

Y así, en una extraña vorágine desfilan las sorpresas, una tras otra, incluyendo las psicológicas y filosóficas. Para entreverlo, a veces los neurólogos, cuyas investigaciones están aumentando, no tienen más remedio que acudir a los bancos de cerebros, como el Harvard Brain and Tissue Resource Center, que envía unas seis mil muestras de tejido de cerebro de personas sanas o con enfermedades mentales o físicas, a investigadores en todas partes del planeta, sin apenas dar abasto, un cuadrito de un centímetro de la región solicitada.

¿Mi cerebro sabe que existo?

En 2013, un equipo de investigadores, formado entre otros por Adam Zemar (Profesor de Neurología Cognitiva de la Universidad de la Escuela Médica de Exeter) y Steven Laueys de la Universidad de Lieja (Bélgica), realizó la primera exploración PET [NotaCMP.-Tomografía por emisión de positrones] en un paciente con síndrome de Cotard (DOI: 10.1016/j.cortex.2013.03.003), enfermedad conocida originalmente como “delirio de la negación”, cuyo primer registro procede de 1880.

Fue precisamente ese año cuando el psiquiatra Jules Cotard, a quien la enfermedad debe su nombre actual, presentó el caso de una paciente que afirmaba estar “sin cerebro, nervios, pecho o entrañas, y era sólo piel y hueso” y afirmaba “que ni Dios ni el Diablo existen y que ella no necesitaba comida, porque era eterna y viviría para siempre”.

Más contemporáneo es el caso del paciente a quien se le aplicó un PET en 2013. Tenía 48 años, sin historia médica previa, aparte de una corta enfermedad depresiva, fue atendido por un psiquiatra después de un intento de auto-electrocución. Ocho meses más tarde afirmaría que su cerebro había muerto.

El tratamiento psicotrópico tuvo poco efecto terapéutico. La aplicación al paciente de cuatro instrumentos, el Beck Depression Inventory, el Beck scale for suicide ideation, la Hamilton Rating Scale for Depression, y la Hamilton Anxiety Rating Scale, revelaron una depresión severa combinada con ansiedad leve.

Estaba convencido de que sufría muerte cerebral, de que estaba muerto, que no necesitaba comer ni dormir, y que contaba con un cerebro muerto en un cuerpo vivo. Reconocía que sus habilidades para ver, oír, pensar, recordar y comunicarse demostraban que su mente debía estar viva, pero no podía explicar cómo, pues su cerebro, ¿estaba muerto?

Era, por decirlo de alguna forma, un muerto en vida. Una especie de zombi, como destacaría la prensa, sin poner atención al detalle técnico de que el paciente no era un muerto volviendo a la vida, sino un vivo sabiéndose inexistente, no por razones filosóficas, sino neurológicas.

Los resultados del PET que se le realizó, contrastados con pacientes de control sanos, mostraron hipometabolismo cortical en un extenso set de regiones medias y dorsolaterales, en un patrón más severo y extendido que en un trastorno depresivo mayor.

Lo que aquel PET demostraría es que la profunda perturbación de la experiencia y del pensamiento del síndrome de Cotard, se refleja en las mismas regiones cerebrales responsables de la conciencia y de nuestro sentido permanente del yo, la llamada zona “modo de red por defecto”.

Conclusiones

Es la interacción de nuestro cuerpo con el entorno lo que genera la actividad cerebral. Si por alguna razón esa interacción falla ahí — por ejemplo, en las zonas con bajo metabolismo, como en el síndrome de Cotard—, nuestra propia sensación de existencia puede desaparecer por completo.

Y así como los viejos nobles no vieron rodar sus cabezas bajo el infalible tajo de la guillotina, y como el hombre mencionado al comienzo sí pudo contar, no una sino muchas veces, la historia de cómo en aquel accidente otros casi salieron con la suya en sus manos, la pregunta de donde proviene la experiencia de que existo remite a la relación evolutiva e individual con nuestro entorno, gracias a un conjunto de redes neuronales especializadas con el tiempo.

Muy allá, uno podría imaginarse a un grupo de esas redes neuronales, las especializadas en la reflexión, el pensamiento, la existencia, el ser o no ser, por encima de las demás, las filósofas neuronas, dominando el mundo, platónicas dirían los clásicos; ilustradas, replicaría Federico II.

Sería un mundo de otro mundo, donde durante la mañana elaborarán y ejecutarán las sinapsis del día, en la tarde se relajarían y, en la noche, bajo los efectos de algún estímulo adicional, harían aquello para lo que realmente estaban hechas, para pensar sobre el ser y el no ser, sin dejar rememorar aquellos, los viejos tiempos, donde ellas eran aun presas de los seres vivos y, decía la leyenda, a veces rodaban por ahí, accidentalmente.

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