[SE}– El mosquito que cambió la Historia

06/03/2017

Borja Cardelús

Tras la violenta batalla de Mauvila contra los indios de Florida, la exploración de Hernando de Soto por el Este de los Estados Unidos se convierte en un errático vagabundeo, con unos soldados que, perdida la esperanza de encontrar vestigios de oro, soportan estoicos los embates de las alimañas, las lluvias torrenciales, el frío del invierno, las enfermedades y el hambre.

Poco que ver con el estereotipo de un ejército conquistador. Y han de soportar, además, las asechanzas de los nativos, que mantienen su belicosidad extrema hacia esta hueste de intrusos, y a cada nueva escaramuza le corresponde un goteo de hombres y caballos muertos, y un nuevo paso en la desesperanza.

Solo el capitán general, Hernando de Soto, mantiene el plan en su cabeza. Su rastreo no es errático, sino que tiene un propósito: localizar los mejores lugares para asentar a los pobladores españoles en un futuro próximo. Cruzan ríos de difícil vado, pero el grado superlativo de la dificultad se alcanza cuando avistan el majestuoso Misisipi.

Sin entretenerse admirando sus dimensiones colosales, se aplican a cruzarlo. Ante el asombro de los indios, que consideraban infranqueable el río, los españoles improvisan barcas con los materiales a mano y salvan el río en el punto de Memphis, para continuar la exploración en la contra orilla.

Pero las tierras del otro lado del Misisipi no convencen al Adelantado, y retorna al entorno del río, porque ha tomado ya la decisión de establecer allí el inicial núcleo poblador, para extender luego pueblos, misiones y ranchos hasta el Atlántico. Por el momento navegarán corriente abajo y regresarán con el grueso colonizador.

Una fiebre…

Y es entonces, momento culminante, cuando, dicen las crónicas, que De Soto «se vio aquejado de una fiebre». La cree pasajera el Adelantado, pero al tercer día arrecia, y sabe que ha sido afectado por la malaria. Lejos de mejorar, su salud se agrava, y ahora intuye que su muerte está próxima.

Llama a sus soldados, designa a Luis de Moscoso su sucesor como capitán de la tropa, se despide uno por uno de sus soldados, que lloran amargamente pues idolatran a su noble capitán, y rinde la vida a punto de cumplir los 42 años. Un augur le había profetizado tiempo atrás que no llegaría a cumplir esa edad.

Sus apenados soldados le entierran en los playones de la ribera. Pero los indios de los contornos sospechan que algo raro está ocurriendo en el campamento español. Vigilantes, desde hace días han captado el nerviosismo de los soldados, y ahora les intriga no ver a su jefe, aureolado ya entre los nativos con los ribetes del mito.

Temiendo los españoles que adivinen su muerte y desentierren el cadáver para profanarlo, lo que en su creencia les serviría para asimilar su fuerza, resuelven trasladarlo y sepultarlo en un lugar seguro. Vacían un tronco de encina, lo lastran con piedras y colocan el cuerpo de De Soto en él.

A la hora del crepúsculo navegan hasta el centro del río, y en una solemne y lúgubre ceremonia entregan el tronco al abrazo del agua, y el cuerpo del capitán general flota un momento antes de hundirse en las aguas que él avistó. El Misisipi, el Padre de las aguas, fue la grandiosa tumba del Adelantado Hernando de Soto, probablemente la espada más noble de cuantas viajaron al Nuevo Mundo.

Regreso a Nueva España

Sin su capitán como guía, los españoles al mando de Moscoso no piensan en otra cosa que en regresar a Nueva España. Los supervivientes de la otrora flamante expedición arman unas precarias embarcaciones y descienden río abajo. La vuelta será dramática, porque las canoas indias los persiguen y asaetean continuamente, las bajas se suceden y lo que llega a México es un hatajo de famélicas, quebrantadas figuras humanas.

Con el cuerpo de De Soto, quedaron enterrados sus sueños colonizadores. Sólo su energía y su convicción hubieran hecho posible el poblamiento de esa región inédita, desde el Misisipi al Atlántico. Tras su muerte, quedó esa tierra vacía durante medio siglo, a disposición de otros ocupantes.

Y queda flotando una última pregunta: ¿qué hubiera sido de la historia y del destino de no haberse interpuesto en ella aquel mosquito que transmitió a Hernando de Soto la malaria? Siempre resulta aventurado vaticinar lo que pudo ser, aunque hay algo cierto: las regiones de Norteamérica que ocupó España, carentes del atractivo del oro, lo fueron por el empeño personal de algunos líderes: Menéndez en Florida, Oñate en Nuevo México, Serra en California. Vivo De Soto, España hubiera poblado el Este de los Estados Unidos.

Y, conociendo el celo de España a la hora de defender sus reinos, los colonos de Jamestown y los pioneros del Mayflower, ni siquiera hubieran podido poner un pie en tierra, y habrían sido reexpedidos a Inglaterra. La historia hubiera sido otra…

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