[*Opino}– El maltrato feminista, un tabú silenciado

20-04-2017

Carlos M. Padrón

Aunque escrito hace ya más de cuatro años, el que sigue es un artículo que por fin se atreve a denunciar la violencia feminista, o sea, lo opuesto a la llamada, y tan voceada y publicitada, violencia machista.

Felicito al Sr. José Luis Cano Gil por haber puesto el dedo en la llaga al señalar, entre otros comportamientos de la mujer que maltrata a su marido, los siguientes, que he visto en más de una de ellas:

* La necesidad de huir de su familia.

* El apenas casada comenzar a descargar sus amarguras, inconscientes y sin resolver, contra su chivo más cercano: su marido

*  El culpar de forma exclusiva, desproporcionada y permanente, a su marido de los problemas inherentes a toda convivencia, presentándose ellas mismas como las “víctimas” ajenas e inocentes de los siempre “graves” defectos de su pareja.

* El denunciar que, en los casos leves, estas mujeres son simplemente mandonas, exigentes, manipuladoras y desdeñosas con sus parejas, y que cuando, en cambio, su narcisismo ya es patológico —cuando, por ejemplo, sufren un verdadero trastorno de personalidad, etc.—, su violencia emocional resultará terrible, y también puede ser física (amenaza con objetos punzantes o armas, etc.).

* El que se repliega para protegerse: “¡Sólo vas a lo tuyo, me tienes abandonada, nunca me has querido”. De modo que, haga él lo que haga, ella siempre encontrará la manera de deformar la realidad para justificar su compulsiva necesidad de agredirlo y humillarlo.

* El que no renuncian a los bienes —dinero, lujos, prestigio social, amistades— que su marido pueda proporcionarle.

* El que argumentan que el marido debe mantenerla en “justa compensación por lo mucho que sufre por su culpa”, o porque “ya hace bastante cuidando de la casa… aunque tenga un servicio que la cuide por ella”.

* El que puede reaccionar de dos maneras principales: o aumentará sus malos tratos contra el marido durante meses (por mucho que éste vuelva a su lado y se disculpe continuamente), o exigirá el divorcio inmediatamente. Y ambas reacciones demuestran su nulo interés inconsciente por comprender y reparar el matrimonio.

* El que, en realidad, nunca dejaron de ser niñas solitarias y desesperadas, pues, por muchas razones, casi siempre su infancia fue vacía, desdichada, llena de desamor e incluso de malos tratos.

* El que, aunque cambiaran mil veces de marido, mil veces volverían a utilizarlo para exorcizar sus demonios, que sólo largas y costosas terapias podrían erradicar. Pero no las harán pues, en definitiva, ellas no creen tener tienen ningún motivo para cambiar.

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16-12-2012

José Luis Cano Gil

La mujer maltratadora. El tabú silenciado

Todos conocemos el grave problema del maltrato psicológico y físico de las mujeres por parte de muchos hombres.

Sin embargo, hay también otra desgracia, extremadamente frecuente, que es la violencia psíquica (y también física) de la mujer contra el varón. Contra su pareja. Como ya existe abundante información sobre el primer tema, examinaremos aquí con algún detalle el segundo -un drama tabú-, a fin de obtener una visión más completa del maltrato doméstico. (1)

Es un hecho que, para desdicha de sí mismas y de quienes las rodean, numerosas mujeres se casan no tanto por amor a su pareja —y ni siquiera desde un amor al hombre en general o con suficiente aptitud para la convivencia o la maternidad—, cuanto por motivos neuróticos o conveniencia práctica (necesidad de huir de su familia,  soledad, embarazo no deseado, interés económico, imitación o presión social, etc.) (2). Es fácil entender que, desde tales premisas, tras las primeras semanas de romance y en cuanto la mujer “toma posesión” de su nueva situación de casada, muchas de ellas comenzarán a descargar sus amarguras, inconscientes y sin resolver, contra su chivo más cercano: su marido. Los hijos son víctimas propiciatorias aún más fáciles, pero éste es otro tema (3) ). Comenzará así la pesadilla oculta de los hombres maltratados.

La conducta de estas mujeres es siempre la misma: culpan de forma exclusiva, desproporcionada y permanente a sus maridos de los problemas inherentes a toda convivencia, presentándose ellas mismas como las “víctimas” ajenas e inocentes de los siempre “graves” defectos de su pareja.

No hay diálogo, no hay autocrítica, no hay humildad, no hay disculpas; la percepción de la mujer siempre es inequívoca y furiosa: “¡Es por tu culpa, eres un egoísta, eres un inútil, eres un idiota, eres un desagradecido!”, etc.; y desfoga contra él toda su rabia y su desprecio. Si el marido se muestra cariñoso: “¡Eres un pesado, eres un crío, siempre estás con el sexo, sólo piensas en ti!”, etc. Si se defiende hostilmente: “¡A mí no me hables así, ¿qué te has creído?, te denunciaré!”, etc. Si se repliega para protegerse: “¡Sólo vas a lo tuyo, me tienes abandonada, nunca me has querido”, etc. Y si el hombre, demasiado inmaduro y dependiente de la figura femenina —su fantasía maternal y sexual—, renuncia definitivamente a sí mismo y se somete patológicamente a su mujer, entonces ella aún lo desprecia más: “¡Eres un blando, un inepto, un calzonazos. Me das asco!” De modo que, haga él lo que haga, ella siempre encontrará la manera de deformar la realidad para justificar su compulsiva necesidad de agredirlo y humillarlo. (4)

En los casos leves, estas mujeres son simplemente mandonas, exigentes, manipuladoras y desdeñosas con sus parejas (5). Cuando, en cambio, su narcisismo ya es patológico (p.ej., sufren un verdadero trastorno de personalidad, etc.), su violencia emocional resultará terrible (6), y también puede ser física (bofetadas, arañazos, patadas, golpes con objetos, amenaza con objetos punzantes o armas, etc., e incluso homicidio).

Pero no suelen hacer nada para separarse de sus “odiadas” víctimas; ni tampoco renuncian a los bienes —dinero, lujos, prestigio social, amistades— que sus maridos puedan proporcionarle. Por otro lado, algunas de estas mujeres, aun pudiendo trabajar, no quieren hacerlo; o, si trabajan, guardan su dinero para sí mismas negándose a veces a compartir los gastos domésticos. Argumentan que el marido debe mantenerlas en “justa compensación por lo mucho que sufren por su culpa”, o porque “ya hacen bastante cuidando de la casa”.

Al margen del machismo implícito en tales excusas, vemos claramente que su pretensión de “lavar” con dinero los asuntos conyugales y neuróticos —o, digámoslo sin ambages, su afán de castigar o vengarse del marido beneficiándose de su dinero—, no evidencia sino su deseo inconsciente de vivir a sus expensas, es decir, de depender y explotarlo emocional  y económicamente (7). Cuanto más dinero gane el hombre, más feroz puede ser dicha dependencia explotadora.

Ante semejante situación, muchos hombres buscarán, consciente o inconscientemente, el amor y el sexo en otra parte, es decir, tenderán a ser infieles. Cuando son descubiertos —lo que suele ocurrir, a veces porque ellos mismos buscan inadvertidamente el castigo que creen merecer—, la brutalidad se cierne sobre ellos. La esposa engañada, fuera de sí, gritará: “¡Ajá, ya lo sabía yo, eres un cerdo, todos los hombres sois iguales, ¿quién es esa puta?, ¡ella se va a enterar!”, etc.; y escenificará todo tipo de escándalos familiares y públicos, manipulará y se entrometerá en las vidas de terceros, etc. La exageración de su respuesta dependerá también de su educación, su familia y su clase sociocultural.

Ahora bien, ¿son los celos o el dolor ante el posible abandono lo que motiva estos estallidos, como ellas creen? En absoluto. Lo que sufren estas mujeres es la humillación insoportable de su narcisismo burlado, y la no menor frustración de haber perdido el control absoluto sobre la vida y la conducta de su marido. Éste no sólo ha escapado del redil —aunque sea brevemente—, sino que la otra mujer podría quitar a la esposa el cetro de su dominio patológico.

Y si esto llegara a suceder, ¿cómo podría sobrevivir emocional y económicamente la maltratadora? Hay un fondo de terror y envidia en la furia de la engañada. Llegada a este punto, puede reaccionar de dos maneras principales: o aumentará sus malos tratos contra el marido durante meses (por mucho que éste vuelva a su lado y se disculpe continuamente), o exigirá el divorcio inmediatamente.

Ambas reacciones demuestran su nulo interés inconsciente por comprender y reparar el matrimonio. Los procesos legales de separación tenderán a ser extremadamente conflictivos, abusivos y, a veces, con la alianza del prejuicio social —que hoy favorece ideológicamente a la mujer— cruelmente injustos contra el varón.

Muchos hombres, naturalmente, no soportarán este infierno (8). Algunos buscarán alivio en el alcohol, las drogas, la prostitución, el trabajo o los amigos —dando así más pábulo a su mujer—, o desarrollarán trastornos psicológicos (depresión, problemas laborales y sociales, dificultades sexuales, etc.), sin atinar, desde luego, a divorciarse.

Pese a sus tormentos, siguen siendo infantilmente dependientes de su verduga, a la que sienten inconscientemente como una madre justiciera que, en realidad, “suele tener razón y les da su merecido” (9). Son hombres inmaduros, depresivos, inhibidos, sin autoestima —aunque pueden tener gran éxito en lo profesional y social—, y sufren en secreto hasta que se sienten definitivamente confundidos, culpabilizados, anulados por la esposa. Ya no saben qué sienten, qué piensan, qué desean hacer ellos mismos —y no la voz dictadora— con su matrimonio y con su vida.

No les cabe esperar ninguna comprensión por parte de la sociedad, que contempla su problema con indiferencia, incredulidad o humor. Después de todo, ¿no es perfectamente normal —y muy “latina”—la relación entre la mujer “de carácter” y el pobre diablo sumiso? ¿No se explicaron siempre chistes e historias,  e incluso se realizaron grandes obras de arte al respecto? Además, ¿no es cierto que es feo quejarse, y que “los hombres no lloran”, y que “las mujeres son más sensibles y amorosas que los varones”? “Mientras la sangre no llegue al río”…. Así, paradójicamente, tanto por prejuicios machistas como feministas el tormento emocional masculino, simplemente, “no existe”.

El tabú de la mujer maltratadora no sólo es perjudicial para los hombres, sino también, obviamente, para las propias mujeres, que jamás llegan a concienciar y resolver su neurosis. No son tiránicas porque sean “malvadas”, sino porque nunca dejaron de ser niñas solitarias y desesperadas. Por muchas razones, casi siempre su infancia fue vacía, desdichada, llena de desamor e incluso malos tratos. Aunque cambiaran mil veces de marido, mil veces volverían a utilizarlo para exorcizar sus demonios, que sólo largas y costosas terapias podrían erradicar. Pero no las harán pues, en definitiva, ellas no tienen ningún motivo para cambiar; es el hombre quien paga —en este caso— el precio más caro. De modo que, en general, tendrá que ser sólo él quien, con ayuda de psicólogos o abogados, luche por su felicidad.

Ojalá, en fin, este artículo contribuya un poco a bosquejar la magnitud de un problema que, por negado, es doblemente dramático (10).

***

1. Ver “La violencia doméstica”, donde esbozamos una exposición general del tema (Zona de Autor). Ver también nota 10.

2. Esto es también aplicable a muchos hombres, aunque las consecuencias suelen ser diferentes por las causas psicodinámicas expuestas en “Hombres y mujeres: Manual de Instrucciones” (Zona de Autor)

3. Es un tabú extremadamente silenciado el de la brutalidad emocional e incluso física de algunas mujeres contra sus hijos. 

4. Lo que caracteriza al maltratador/a no es que el otro/a no pueda ser también problemático/a (recordemos que, a veces, el maltrato es mutuo), sino que se siente por encima de toda autocrítica, de modo que cualquier posibilidad de comprensión, diálogo y negociación por su parte está descartada de antemano. En realidad, su necesidad primordial inconsciente esculpar a la víctima de su propia infelicidad intrínseca. Ver “El narcisismo” (Zona de Autor)

5. Un ejemplo real en la calle: una pareja joven -de unos 25 años- sale de unos grandes almacenes. Hace mucho frío. Él va cargado con cuatro grandes bolsas y ella, vestida con aire “sexy”, camina a su lado con las manos cómodamente embutidas en su pequeña cazadora blanca. De pronto, una pareja de “Testigas de Jehová” les intercepta, cambian unas palabras y le entregan a la chica una pequeña revista. Las “Testigas de Jehová” se van. En seguida, la revista cae de la mano de la mujer y ésta, metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos, se detiene y ordena al chico: “Cógela”. Éste, refunfuñando, deja trabajosamente las bolsas en el suelo, recoge la revista y se la entrega. 

6. Burlas, críticas, insultos, denigración en público, difamación, indiferencia, coacciones, amenazas, prohibiciones, castigos, chantaje emocional y sexual, acoso físico y telefónico, mentiras, venganzas, destrozo de objetos personales de la víctima, acusaciones falsas, celos paranoicos, envidias patológicas, lavado de cerebro,  manipulación de parientes y amigos, manipulación de los hijos, etc.  

7. El/la narcisista, por definición, no puede vivir sin aferrarse y dominar/explotar al otro/a. 

8. Por no hablar de las terribles consecuencias sobre los hijos. 

9. A veces, en efecto, estos hombres sufrieron madres muy similares.

10. El actual “pensamiento único” sobre la violencia de “género” ignora deliberadamente el sufrimiento masculino. Desde 2006 se oculta en España toda información oficial sobre la violencia femenina contra los hombres. Por otro lado, se considera ideológicamente “machista” a cualquier violencia cuya víctima es la mujer, sin distinguir entre el mero maltrato/sexismo sociocultural, y la violencia derivada de problemas neuróticos y familiares, que afectan por igual a hombres y mujeres y requieren un abordaje totalmente distinto. 

Fuente

Cortesía de Natividad Recio

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