[*Otros}– Emigración clandestina de Canarias a Venezuela en el barco “Juan Manuel". Testimonios inéditos (1/3)

El autor, cuyo nombre ignoro, puso como prólogo lo siguiente:

«El año 2003 participé en un proyecto a lo largo de cuyo desarrollo investigué los detalles de la emigración clandestina que llevaron a cabo miles de canarios y canarias con destino a Venezuela sobre todo en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX.

Fruto de esa investigación fue la recopilación de datos inéditos a través de las entrevistas realizadas a varios de aquellos protagonistas de un pasado tremendamente duro en la historia de nuestras islas, pasado que, en su parte económica, desgraciadamente amenaza cernirse de alguna forma y en cierto grado, sobre la realidad canaria, en particular,  y la española, en general, en estos comienzos de la segunda década del siglo XXI.

Quiero compartir con todos los usuarios de internet que estén interesados, los testimonios recogidos en aquella investigación, para que no quede en el olvido la epopeya de la que fueron partícipes involuntarios tantos compatriotas nuestros, obligados por la miseria, el hambre y la desesperanza.

Entre estos testimonios incluyo el de un familiar directo, el de mi tío Manuel Rodríguez León, hermano mayor de mi madre, emigrante clandestino en el velero “Juan Manuel”, que zarpó de la isla de La Palma en 1949. Es en homenaje a él y a todos los emigrantes, hombres y mujeres, de las Islas Canarias, que iniciamos esta sección».

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EL VIAJE DEL “JUAN MANUEL”

Mi tío Manuel (Manuel Rodríguez León), hermano mayor de mi madre fue uno de los varios miles de canarios que se lanzaron al océano para vivir la tremenda odisea de la emigración clandestina a Venezuela. Su viaje, como la mayor parte de aquellas singladuras de la desesperación, fue una suma de sufrimientos e incertidumbres, guiado solamente por la luz de un anhelo y una esperanza, como era la de mejorar de alguna forma las durísimas condiciones de vida que sufrían las islas después de la guerra civil, sumadas a las nefastas consecuencias de la conflagración de la Segunda Guerra Mundial.

Residente en Venezuela desde aquel entonces, donde ha hecho la mayor parte de su vida, me comuniqué con él haciéndole llegar el proyecto en el que me encontraba metido. Y él, amablemente colaboró con su testimonio que me hizo llegar en una carta, el cual paso a compartir.

Ficha del barco. El velero “Juan Manuel” era un balandro de poco más de 15 metros de eslora, y unas 20 toneladas de registro bruto, matriculado en Arrecife de Lanzarote. Anteriormente ya había protagonizado una intentona clandestina con emigrantes para Venezuela, pero sus organizadores habían sido detenidos por la Comandancia Militar de Marina, habiéndosele requisado las artes de pesca.

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Inicio del viaje. La segunda intentona tuvo éxito. El viaje fue organizado por un tal Esteban, cuñado de los hermanos Redondo Cruz. El barco partió del Puerto de La Luz (Las Palmas) a mediados del mes de julio de 1949, fondeando a las pocas horas detrás de La Isleta, frente al mismo faro. Allí, en el punto denominado La Puntilla, se embarcaron 43 emigrantes clandestinos y partieron en dirección a La Palma.

Salida desde La Palma. A partir de aquí doy voz a mi tío Manuel Rodríguez León, reproduciendo la carta que me remitió con los detalles de aquella aventura oceánica con destino Venezuela:

Soy natural de El Paso (isla de La Palma), donde nací en 1921. y allí viví hasta que me fui a Venezuela.

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Las razones por las cuales me arriesgué a hacer el viaje fueron porque quería ver otros horizontes, estar libre, hacer lo que yo quería, progresar y vivir mejor. Las motivaciones de los demás viajeros las ignoro.

El viaje fue organizado en la isla de Gran Canaria, los rumores que se escuchaban hablaban de que sus organizadores eran una pareja de aquella isla. Allí también fueron reclutados la mayor parte de sus cerca de 90 pasajeros.

Estábamos informados de que el barco nos iba a recoger, aunque desconocíamos el día exacto. A mí me avisó Félix Santos, compañero de viaje y vecino mío, pues vivía en el mismo callejón que yo.

Sé que el barco procedía de Gran Canaria, pero ignoro cómo se adquirió. Se llamaba “Juan Manuel” y era un velero que medía 18 metros de eslora. Desgraciadamente no recuerdo la cantidad que tuve pagar como pasaje para poder embarcar.

Salí de mi casa en la madrugada del día 5 de agosto de 1949, día de la Virgen de las Nieves, patrona de La Palma. Nos dirigimos a Puntallana, en cuya costa teníamos que embarcar. El traslado al barco se realizó en una lancha y, a causa de la precipitación del momento, mi maleta, con lo poco que llevaba, papeles y ropa, se quedó en la propia lancha, de tal forma que me vi a bordo sin otra pertenencia que la ropa que llevaba encima (1). La mayor parte de los viajeros llevaban como equipaje ropa, y otros nada.

Desde este punto de la costa de Los Galguitos (San Andrés y Sauces), un antiguo embarcadero, partió el “Juan Manuel” con destino a Dakar, primero, y a Venezuela, después.

Como ya dije, la mayor parte del pasaje procedía de Gran Canaria; palmeros éramos sólo un puñado. No había mujeres, y niños sólo dos, hijos del segundo capitán. Las edades oscilaban entre los 27 y los 40 años, menos el que hacía las veces de capitán, que tenía aproximadamente 62 años.

En cuanto a las profesiones había agricultores sobre todo, un practicante de Medicina, un exguardia de frontera, un maestro de segunda enseñanza, un herrero, etc. Junto a los canarios, había además 7 gallegos y un leonés.

Zarpamos el día 7 de agosto de 1950 y pusimos rumbo a la colonia francesa de Dakar (Senegal). Durante tres días no pude ingerir alimento alguno, lo único que hacía era vomitar debido al tremendo mareo que llevaba. En el trayecto nos metimos en un temporal tan fuerte que nos sacó de rumbo. ¡Nos salvamos de milagro! Había un gallego de mi mismo nombre que no paraba de llorar. Llegó un momento en que tanto lloro me desesperó y le dije secamente: “Sufra, pero calle”. Después de esto nos agarró una calma que no nos permitió movernos en tres días.

Las relaciones personales en el barco durante la travesía fueron normales y no hubo conflictos, a excepción de una pelea que se produjo entre dos pasajeros en una costa, poco antes de llegar a La Guaira.

Como anécdota debo referir el caso de dos pasajeros, el exguardia de frontera del que ya he hablado, y de otro que había sido contrabandista en la frontera de España con Portugal, quienes conversaban animadamente y se reían porque jamás pensaron que quienes habían sido adversarios naturales debido a sus antagónicas profesiones o actividades anteriores, pudieran entonces compartir de una manera tan amena. Debo decir, en cualquier caso, que el tal exguardia era una persona excelente.

La alimentación y el agua se mantuvieron racionadas durante el viaje. La comida estaba compuesta principalmente por arroz, gofio, papas, pescado que pescábamos en el mar, etc. En cuanto al agua, después de varios días de viaje empezó a ser racionada; la que a mí me correspondía la repartía entre los demás, pues siempre he sido poco bebedor de agua.

Tocamos tierra de Venezuela en el puerto de Carúpano. Allí estuvimos un día, y luego, en la noche, nos sacó un remolcador a alta mar al tiempo que sus responsables nos decían que no nos arrimáramos más a las costas venezolanas. Después tomamos nuevamente el rumbo por las costas venezolanas y nos dirigimos al puerto principal de La Guaira. Allí permanecimos amarrados junto a otros barcos que habían partido de Canarias con emigrantes y que llegaron antes que nosotros.

Estuvimos unos días allí porque no nos dejaban bajar, sólo lo hacíamos para comprar alimentos. Había algunos viajeros que tenían conocidos en La Guaira que los auxiliaban. Pero pasó que salían a “comprar comida” y no regresaban más. Como quedábamos pocos, un día le dije a Félix: “Mañana me voy yo”; y éste me dijo: “Yo también”. Así lo hicimos, salimos y nos quedamos en un campamento cerca de La Guaira. Las personas que estaban allí estaban haciendo una contrata, y Félix conocía al dueño. Éste no se encontraba cuando nosotros llegamos, pero los encargados nos dieron comida y alojamiento.

Al amanecer del día siguiente nos fuimos para Caracas a pie (más de 30 kilómetros). Entramos en una casa a pedir comida y allí fue donde por primera vez comí una arepa; además de esto, también nos dieron dinero para trasladarnos a Ocumare del Tuy, Colonia Mendoza, donde vivía mi tío Vicente. Una vez establecido allí, mi tío nos llevó al Instituto Agrario Nacional (IAN) donde nos arreglaron los papeles de identificación.

Ya con los papeles en la mano comencé a trabajar en las canteras de piedra de cemento de Antímano, para la Fábrica Nacional de Cemento, ubicada en ese tiempo en La Vega. Félix se quedó en Cagua con un pariente que tenía allí.

En las canteras estuve mucho tiempo, y luego pasé a trabajar de manera independiente en la agricultura, actividad que hago hasta la fecha.

Con esto finalizo mi historia (parcial) de aquel memorable viaje; me despido con esta célebre frase de Cervantes: “Con las ansias de la muerte y el pie en el estribo, gran señor esto te escribo”

Atentamente,

Manuel Rodríguez León

(1) El equipaje de mi tío fue encontrado en la costa por una familia vecina del lugar donde embarcaron los pasajeros de La Palma (El Pollo, Los Galguitos, San Andrés y Sauces) y, por las indicaciones contenidas en los papeles que encontraron, pudieron localizar la casa de mis abuelos, con quienes se pusieron en contacto para devolverlo. Desde entonces una gran amistad unió ambas familias.

Fuente

Cortesía de Fabián Trujillo Plasencia

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