[*Otros}– Emigración clandestina de Canarias a Venezuela en el barco “Anita”. Testimonios inéditos (3/3)

Ficha de barco”Anita”. Velero aparejado de balandra, de 19,5 metros de eslora y 6 de manga, con 46 toneladas de registro bruto dedicado a vivero. Había sido vendido por don Juan Silva Baños a Edmundo Hernández Padrón, vecino de Arrecife (Lanzarote).

Testimonio de Sr. D. Saturnino Álvarez Álvarez

Me llamo Saturnino Álvarez Álvarez. Nací en Breña Baja el 21 de noviembre de 1930. Corría el año 1950 y en aquel tiempo aquí, en la isla de La Palma, había demasiadas dificultades y hambre. Por otra parte yo había cumplido los 19 años de edad y estaba cercano el momento de ser llamado para entrar al cuartel y hacer el servicio militar, algo que no deseaba. A los de mi quinta nos iban a dar destino el primer domingo del año siguiente.

Cuando comuniqué a la familia mi intención de embarcar,  todos en mi casa se opusieron, especialmente mi madre, a quien no vi más después de irme porque murió, yo creo que en parte por los sufrimientos que le provoqué.

El proyecto de salida de un velero para Venezuela llegó a mi conocimiento porque los que organizaban los viajes hacían propaganda de ello y la gente se iba enterando.

La primera vez que intenté salir fue en un barco que llamaban el “Paco” (“Paco Bonmanty”). Nos avisaron para embarcar por Los Sauces, pero una vez allá nos apresó la Guardia Civil. Posteriormente, el 14 de agosto, en un segundo intento, cuando nos disponíamos a salir por Fuencaliente,  nos sorprendió de nuevo la Guardia Civil. En Los Sauces apresaron únicamente al pasaje y nos llevaron a un local que había, creo que era el Casino, donde cobraron 50 pesetas de multa a cada uno.

En Fuencaliente cogieron tanto al pasaje como al barco, luego nos trasladaron a la plaza del pueblo y también multaron a todos con otras 50 pesetas por cabeza. Poco tiempo después, los mismos que habían organizado el fracasado intento del “Paco Bonmanty”, prepararon el viaje del “Anita”.

En Santa Cruz de La Palma había una casa donde se pagaban los pasajes, allí nos hacían un recibo a cada uno. Me costó 6.000 pesetas, eso entonces era bastante dinero y todo el mundo no lo tenía, pues hay que pensar que en aquella época un obrero ganaba apenas un duro diario (5 pesetas). A mí me las prestó una tía mía que había vendido hacía poco un pedazo de tierra en Las Martelas y disponía del dinero.

Después de lo sucedido el 14 de agosto, nos quedamos en Fuencaliente. Estuvimos esperando en la costa hasta el día 19, en que finalmente logramos zarpar desde la zona de El Banco. El “Anita” medía 17 metros de largo por 6 de ancho y tenía tres palos; disponía de velas, pero no de motor. El palo mayor estaba malamente asentado sobre cubierta, con un tornillo aquí y otro allá.

A bordo subimos en total 119 pasajeros. Cuando llegó a Fuencaliente, el “Anita” ya había recogido a algunos pasajeros en La Fajana de Franceses, en Garafía. Había palmeros —la mayoría—, algunos de Tenerife, otros de Gran Canaria y hasta unos pocos madrileños.

Estos últimos se enteraron de que aquí salían barcos para América y vinieron con el objetivo de intentar embarcar. Entre ellos había uno que hablaba siete idiomas y fue del que nos valimos cuando llegamos a la Guayana inglesa. Otro, que se llamaba Rodrigo, fue escribiendo en un diario todo lo que sucedía en el viaje. Había también un maño, quien una vez, cuando estábamos en La Orchila, fue perseguido por una vaca y se pasó toda una noche subido a un árbol.

Durante la travesía unos iban sobre cubierta del barco y otros en las bodegas. Aquí dormíamos sobre unos sacos colocados sobre los viveros donde iba el agua. Toda ella —los 17.000 litros que iban en aquellos viveros— se estropeó. Escapamos con la que había en unos bidones que estaban encima. Guisábamos con agua salada.

A la salida de La Palma el viento fue muy favorable y avanzamos bastante. Después de esto tuvimos 19 días de calmas; si no hubiera sido por este inconveniente habríamos llegado a Venezuela en veinte y pocos días.

El capitán se llamaba Antonio Afonso y era de El Llanito, en Las Breñas; los marineros procedían de Tenerife. Sin embargo quien nos salvó de verdad fue un maestro de Tenerife que se llamaba Don Severiano (Severiano García M.). Resulta que el capitán tenía la intención de ir a no sé qué país de América, donde ya había estado, y estaba cambiando la ruta, pero aquel se dio cuenta, de forma que destituimos al capitán y nombramos patrón a este maestro. Después de esto, al capitán le desmontamos el camarote para usar la leña para cocinar. El capitán, cuando llegó a Venezuela, el jodido, se enchufó en el yate de Don Armando Yanes, el “Benahoare”, donde estuvo trabajando bastante tiempo haciendo la ruta entre Puerto Cabello y La Guaira.

Durante el viaje, todos los días nos informaban de la situación del barco, las millas recorridas, etc.

La comida no era nada  buena, aunque gofio y garbanzos sí que sobraron. Ésta era preparada por Miguel Sanfiel, de Los Sauces, y uno de Tenerife que se llamaba Domingo, esos dos eran los cocineros.

Después de los días de calma, se presentó un tiempo favorable para navegar, lo que nos permitió progresar bastante bien. A los 36 días de haber zarpado de La Palma nos cruzamos con un barco llamado “Argentina” —el primero que encontrábamos— que nos ayudó maravillosamente. Al verlo se le hicieron señas y pusieron la bandera a media asta, lo cual hizo que acudiera nuestro encuentro. Aquel barco se puso junto al “Anita”, mientras nosotros permanecíamos en cubierta, casi todos sin camisa, en calzoncillos o pantalones cortos, y barbudos; parecíamos medio salvajes.

El peninsular que sabía idiomas fue quien se entendió con el capitán del buque. Nos dieron un montón de agua, carne, huevos, y hasta dólares; de toda vaina nos dieron allí. Estuvimos dos días y dos noches friendo carne porque, si no lo hacíamos así, se nos estropeaba.

El “Argentina” era un barco de turistas, y cuando se despidió dio una vuelta en torno nuestro haciendo sonar sus sirenas. A todos  se nos puso un nudo en la garganta y nos salieron las lágrimas, ¡de buena gana nos hubiéramos subido a aquel barco! Nos informaron también de que estábamos apenas a tres días de navegación de la Guayana y que si necesitábamos más ayuda que nos fuéramos allí, lo cual hicimos finalmente.

En la Guayana bajaron solamente el capitán, el peninsular que hacía de intérprete y uno que se llamaba Ismael, quien, debido a la “securas” que llevaba, había bebido tanta agua que se enfermó y le entraron unas fiebres tremendas. Tuvieron que desembarcarlo y trasladarlo a un hospital. Por esta razón, para dar tiempo a que se recuperara el enfermo, estuvimos allí tres días. Posteriormente nos dirigimos a La Guaira, tardando en llegar unos tres o cuatro días. Entramos por un golfo, frente a Barlovento, donde el barco tampoco caminaba.

Durante todo el viaje las relaciones entre los pasajeros fueron normales. Mientras el barco avanzaba, todo el mundo estaba contento, pero cuando por las calmas permanecíamos casi parados, la gente estaba que explotaba por cualquier cosa. Uno de los pasajeros, Orestes Orribo, en tales circunstancias era un polvorín, tenía un carácter bastante resabiado y si alguien en esos días pasaba a su lado y lo rozaba, poco menos que lo tiraba al mar.

Cuando llegamos a La Guaira fondeamos en la bahía y más tarde vinieron a vernos varios amigos. Al día siguiente las autoridades sacaron el barco más afuera y nos fondearon frente a Aviación. Allí estuvimos tres o cuatro días y luego nos llevaron para la isla de La Orchila. Mientras estábamos en la bahía vimos hundirse al “Serrano” (Delfina Noya), velero que había salido de La Palma antes que nosotros.

El viaje hasta la Orchila fue jodido, horrible. Ese fue el día de tiempo más malo que tuvimos en todo el viaje. Hasta el capitán del remolcador llegó a exclamar “¡Esta gente, que en 47 días no han tenido ningún tropiezo, se van a ahogar aquí a 10 millas de La Guaira!”. Era tanto el empuje del viento que en varias oportunidades nuestro barco se puso delante del remolcador, de forma que éste tenía que maniobrar dando la vuelta para que el cable no se enredara en el velero. A bordo del “Anita” iban dos guardias y otros dos en el remolcador.

Una vez en La Orchila hicieron una especie de balsa con unos bidones y unas tablas encima para bajarnos. Colocaron dos guayas (sogas), con una se tiraba desde tierra, y con la otra se tiraba desde el barco; en cierta ocasión uno de los bidones se escapó, y varios, yo entre ellos, tuvimos que ir nadando hasta la playa. El que no sabía nadar casi perdió las uñas agarrado a aquellas tablas.

En La Orchilla estaban los pasajeros que habían llegado en el “Telémaco” desde La Gomera, los del “Doramas”, que al igual que nosotros habían partido desde La Palma, y un grupo de hombres, mujeres y niños —matrimonios con sus hijos—, que habían venido en un barco pequeño desde Tenerife.

En La Orchila lo que más comíamos eran caraotas negras (judías) y arroz blanco Esta comida, además de leche en polvo en sacos, nos la proporcionaban los venezolanos. A mí me dieron unas diarreas que casi me muero. Por la noche dormíamos en unas vaqueras que tenían construidas allí.

Un día llegó un submarino mexicano y nos preguntaron que por qué estábamos allí, hablaron con los responsables nuestros y al día siguiente salía publicada en la prensa la noticia de que el gobierno mexicano estaba dispuesto a hacerse cargo de nosotros.

Llevábamos en la isla seis semanas, cuando mataron a Delgado Chalbaud. Ese mismo día nos sacaron de allí a todos los agricultores que veníamos en el “Anita”. Los que tenían otras profesiones se quedaron allí tres meses. Nos llevaron a El Trompillo, al Centro de Recepción de Inmigración, para arreglar los papeles. De aquí nos mandaron a la Central Matilde, a cortar caña. Este era un trabajo muy duro, pero por lo menos perdimos el miedo a las culebras. Aquí estuve trabajando dos semanas y desde que gané un poco de dinero —nos pagaban seis bolívares la tonelada— me largué.

Cuando tenía cogidos unos montones de caña —o “burros”, como les decían allí—, le dije a un compañero de Mazo que se hiciera cargo de aquello porque yo me iba. Fui a Chivacoa y pregunté cuánto valía el pasaje en guagua de allí a Caracas, la hora de salida y el tiempo que se tardaba. Me dijeron que la guagua salía a las tres de la mañana y que tardaba unas seis o siete horas, como así fue.

Para poder cogerla tuve que salir de madrugada con la maleta al hombro por un camino adelante, pues la “alcabala” (puesto de la Policía al lado de las carreteras) estaba un poco lejos, junto a la carretera central; iba por la cuneta para que no me vieran, cruzando “ranchos”, desde donde a cada rato me salían al paso fieros perros ladrando.

Según llegué a la “bomba” (gasolinera) de Chivacoa, apareció la guagua preguntando por los pasajeros que iban para Caracas. El conductor agarró mi maleta y me dijo “apúrese”. Subí en la guagua y, cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con cuatro o cinco compañeros que habían venido conmigo en el “Anita”, entre ellos Antolín y Feliciano, de San Antonio, que era practicante. Cuando los vi me pareció que había encontrado a mi padre, ¡fuerte alegría!

Yo tenía la dirección de unos primos míos que vivían en Caracas, y Antolín tenía la un hermano suyo. Cuando llegamos a la ciudad tomamos un taxi y fuimos a casa del hermano de Antolín. Le pregunté dónde quedaba la casa de mi primo Juan y me comunicaron que no estaba demasiado lejos. Allí pasé un rato hasta que me llevaron a casa de mi primo, donde me quedé.

Esto era por la época de Navidad. Empecé a buscar trabajo, pero no lo conseguía por ninguna parte; por fin conseguí unos días de trabajo en una bloquera y después me fui para La Guaira, donde entré a trabajar con el señor Franco, un margariteño. De aquí fui para Filas de Mariche.

Llevaba dos años allá cuando llegó un hermano mío, dos años menor que yo. A él no le gustaba nada trabajar en la albañilería y esas cosas, y siempre me decía “Si no vamos para el campo, me mandas para Canarias otra vez”. Conseguí una tierra a negocio y empezamos a trabajar en ella. Algún tiempo después compré una finca en Palo Negro a un tal Modesto, que era de los Dos Pinos, y la casa de uno que llamaban Cipriano. A la agricultura estuve dedicado todo el tiempo restante que pasé en Venezuela, donde estuve durante 25 años.

Estando allá me casé por poderes, después de lo cual vine tres veces a Canarias. En una de esas oportunidades, en el año 1967, compré unos terrenos en Fuencaliente, los cuales trabajamos yo y mi hermano, convirtiéndolos en una finca de plátanos. Cuando tenía terminada la finca, entró a gobernar en Venezuela Carlos Andrés Pérez, político que a mí nunca me gustó. Decidí entonces regresar a Canarias, para lo cual vendí la casa y los terrenos que tenía allá.

Desde esas fechas vivo bien en La Palma, pero no por eso he perdido el enorme cariño que le tengo a aquel país, y día a día sigo su actualidad.

Fuente

Cortesía de Fabián Trujillo Plasencia

2 Respuestas a “[*Otros}– Emigración clandestina de Canarias a Venezuela en el barco “Anita”. Testimonios inéditos (3/3)

  1. Alberto Lema S.

    Don Carlos Padrón: saludos y que estés bien.

    ¡Qué buenas historias de vida las de esos inmigrantes, tan osados como cautelosos, que labraron con su odisea y trabajo estas tierras, hoy lamentablemente arrasadas por la desidia!

    Ahora que estás allá en tu terruño, disfrútalo igual que lo hicieron estos pioneros que una vez llegaron a esta Tierra de Gracia llena de oportunidades que jamás será igual que antes.

    Abrazos a ti y a Chepina.

  2. Gracias, Alberto. Y sí, la tortilla se volteó y por acá hemos encontrado muchos venezolanos que, por suerte, para llegar hasta aquí no tuvieron que hacer el viaje en uno de esos veleros.

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