[*Otros}– Por qué compró el Vaticano esclavos canarios

08/05/2017

La presencia de piratas y mercenarios portugueses y franceses en el proceso de conquista de Canarias era objeto de gran preocupación por parte de la Iglesia.

Además de los testimonios que existen por parte de los militares de aquella época, los religiosos enviados a Canarias detallaban casos horribles de esclavitud contra los isleños.

La unidad de acción política de la Iglesia ayudó a proteger a los canarios de los ataques que recibían a su integridad física y moral de la sociedad insular. Hablamos de 1434. Esta práctica la impulsaron en las islas los piratas franceses.

Hubo dos personas que expresaron y realizaron cientos o miles de gestiones para ayudar a los canarios, secuestrados, sin escrúpulos y de forma permanente, por piratas y militares. El obispo Calvetos vino a las islas en sustitución de Mendo de Viedma. Viera y Clavijo destaca de Calvetos “su amor por el ser humano” y por su estancia en Lanzarote se convirtió en un entusiasta defensor de las islas.

Era un obispo que se pateaba cada uno de los rincones de aquella Lanzarote de 1431. Y fue tal la pasión que tenía por Canarias que Calvetos tuvo la cara de presentarse en Gran Canaria, que no estaba conquistada entonces, y tutear a los jerarcas prehispánicos. Muchos de ellos se pasaron al cristianismo por su influencia.

El obispo viajero llegó a visitar La Gomera y ahí fue donde se derrumbó. Pudo ver a los gomeros esclavizados en contra del decreto suyo que prohibía esta criminal práctica comercial contra los antiguos canarios. Viera y Clavijo ya entonces dejó escrito: “Este abuso de la barbarie y de la violencia había llegado entonces a tal exceso que se hacía un comercio considerable de esclavos isleños, se ponía en arrendamiento la ganancia, y se pagaban derechos de aduana y señorío, igualmente que de los cueros de las cabras, de la orchilla y el sebo”.

Pero como los mercenarios hacían caso omiso de la autoridad religiosa, Calvetos hizo saber al Papa Eugenio IV el lío de las islas Canarias con los esclavos. El Santo Padre escuchó de fray Alonso de Idubaren, que era natural de Gran Canaria, un nativo de las islas, su testimonio, pues el religioso canario fue a Roma a explicar en persona las miserables prácticas comerciales que se hacían con su propia gente.

El Papa meditó y emitió una bula en octubre del año 1434 en la que se establecía prohibición total de tener canarios cautivos. A esa bula papal se añadió la orden a los obispos de Badajoz, Cádiz y Córdoba “para que exhortasen a los príncipes cristianos, nobles, capitanes, etc., para que, bajo pena de excomunión, devuelvan a su libertad y a sus islas a los tan injustamente cautivados”.

La Santa Sede destinó una partida presupuestaria para comprar en Sevilla a aquellos antiguos canarios que pudieron caer en manos de comerciantes sin escrúpulos. El dinero se consignó en la Cámara Apostólica ubicada en Sevilla.

Estos portugueses

Eugenio IV firmó en Florencia de 1435 la encíclica ‘Sicut Dudum’ que condena las incursiones para capturar esclavos por portugueses en las islas Canarias. Cuarenta años después, el Papa Sixto IV debió volver a repetirla en su bula ‘Regimini Gregis’ que amenazaba la excomunión de todos los capitanes o piratas que esclavizaron a los cristianos.

Y es que en Canarias se estaba produciendo un fenómeno interesante: no dejaba de crecer la cantidad de isleños que se hacían católicos desde 1430. Pero como el suelo estaba en discusión entre Portugal y Castilla, el personal militar portugués y los piratas franceses estaban descontrolados.

Llegaban los mercenarios y arrasaban haciendo redadas por los municipios canarios. El malestar de la Santa Sede llega a tal punto que el 17 de diciembre 1434 Eugenio IV anula el permiso a Portugal para conquistar las islas. Pero a los portugueses y franceses les daba igual y, de ahí que en 1435 se emitiera formalmente la bula papal. Los canarios pidieron protección al Papa en octubre de 1434, y en enero de 1435 ya estaba firmada.

El texto dice: “Ordenamos y mandamos todos y cada uno de los fieles de cada sexo, en el plazo de quince días siguientes a la publicación de estas cartas en el lugar donde viven, que se restauran a su anterior toda libertad y cada persona de cualquier sexo que una vez fueron residentes de dichas islas Canarias, e hicieron cautivos desde el momento de su captura, y que se han sometido a la esclavitud. Estas personas deben ser totalmente y perpetuamente libres, y han de ser dejar ir sin la imposición o recepción de dinero”.

Punto pelota.

La orden papal añade: “Si esto no se realiza cuando los quince días han pasado, incurren en la pena de excomunión por el acto en sí mismo, de la que no pueden ser absueltos, excepto en el punto de la muerte, incluso por la Santa Sede o por cualquier obispo español, o por el ya mencionado Fernando (Lanzarote), a menos que hayan dado primera libertad a estas personas cautivas y restaurado sus bienes”.

En 1476 Sixto IV reiteró las preocupaciones expresadas en ‘Sicut Dudum’ en otra bula papal, ‘Regimini Gregis’, donde amenazó con excomulgar a todos los capitanes o piratas que esclavizaron a los cristianos a su paso por las islas Canarias.

Fuente

Cortesía de Roberto González Rodríguez

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